El pasado domingo 5 de marzo, el diario español ABC publicó un reportaje sobre la figura de Ramzán Kadírov, actual presidente de la República de Chechenia, en el que entrevistaron a nuestros investigadores Marta Ter y Adrián Tarín. Reproducimos el texto en cuestión:

Kadirov, el «emir» checheno de Putin que contiene el yihadismo con su dictadura del terror

F. J. Calero :::: Con 20 millones de musulmanes en el país, de los que 2.400 han partido al «califato» -solo tunecinos y saudíes lo superan- y con territorios donde impera la sharía. No es Egipto ni Marruecos, tampoco los Emiratos ni Pakistán. Es la Federación Rusa, donde la región del Cáucaso Norte -con Chechenia a la cabeza- ha pasado de ser uno de los polvorines del mundo tras la desintegración de la URSS a levantarse como muro de contención de Moscú frente al yihadismo de Daesh y Al Qaida. Uno de los virreyes del Kremlin, Ramzan Kadirov, le ha declarado la guerra al wahabismo al mismo tiempo que impone el velo a las mujeres y ha permitido la poligamia entre otros «mandamientos» de una ley islámica selectiva que rige la vida de la población.

«Sí, la sangre me llega hasta los codos, pero no me avergüenzo, maté a gente mala y mataré a los enemigos de la república», espetó Kadirov a Natalia Estemirova, activista rusa pro derechos humanos que terminó siendo secuestrada y posteriormente asesinada por una banda de chechenos tras denunciar la imposición del velo a las mujeres. Fue en 2009 y supuso, según calificó la ONG Human Rights Watch, un descarado intento de silenciar a los que «dicen la verdad» sobre las violaciones de los derechos humanos en Chechenia. El todavía joven dirigente político -de 40 años y en el poder desde los 30- de esta república de la Federación Rusa cuenta con un «ejército» propio de unos 20.000 hombres, conocidos como los ‘kadyrovsty’, muchos de ellos excombatientes de las dos guerras de la Chechenia postsoviética.

«Kadirov controla a miles de luchadores de élite que pueden enfrentarse al Kremlin si así lo desea. Gobierna con mano de hierro una tierra que no está sujeta a la ley rusa, sino a la ley islámica», dice a ABC Maxim Suchkov, profesor asociado de la Universidad de Pyatigorsk State, situada a tan solo 280 km de Grozni, la capital de la exrepública soviética con una de las mezquitas más grandes del mundo. «Se ha convertido en un muro de contención de Chechenia. Lo pusieron en el poder como a cualquier otro en el Cáucaso Norte, pero se ha montado a su alrededor un ejército paramilitar que rinde cuentas solo a Kadirov», agrega en conversación telefónica la investigadora del Observatorio Eurasia Marta Ter. «Algunos de ellos habían cometidos crímenes, asesinado a soldados rusos, muchos de ellos fuera de las reglas de la guerra, y lo que hizo Kadirov fue amnistiarlos: ‘Tú te vienes a este grupo de élite que voy a formar, te perdonaré los cargos y tanto tú como tu familia estaréis tranquilos’». Sustituirlo desde Moscú no es tan fácil «gracias al terror generalizado de su Gobierno, que ha hecho que el terrorismo desaparezca en Chechenia: es terror de estado contra el terrorismo yihadista, dos violencias cara a cara», incide. La corrupción en esta república lleva a que los jóvenes tengan que pagar sobornos para conseguir un trabajo.

Esta semana hace dos años era asesinado a las puertas del Kremlin el opositor ruso Boris Nemtsov, crítico con la corrupción del Kremlin y los abusos en Chechenia, en un crimen presuntamente perpetrado por mercenarios chechenos parte de una red vinculada con Kadirov. El principal sospechoso, Zaúr Dadayev, que formó parte de las fuerzas especiales chechenas, se desdijo de la confesión en la que reconocía estar detrás de la muerte del líder político por haber insultado tanto al presidente checheno como al islam. El juicio a Dadayev y otros cuatro hombres chechenos empezó en octubre en un tribunal militar en Moscú. Además la Interpol emitió una orden de busca y captura contra el también checheno Ruslán Mujudínov, antiguo miembro del batallón «Séver» y presunto organizador del asesinato. Dadayev ha denunciado haber sido torturado mientras estaba bajo custodia policial. «¡Que interroguen a Kadírov!», rezaba una de las pancartas enarboladas frente a la sede del tribunal.

Putin condecoró a Kadirov como «héroe de Rusia» en enero de 2005 por su implicación en la guerra chechena, un gesto que sorprendió a la comunidad internacional y a organizaciones de defensa de derechos humanos. Muchos chechenos odiaban a su padre -que también contaba con un ejército personal- por haber apoyado a los rusos en un conflicto en el que solo su primer capítulo –del 11 de diciembre de 1994 a agosto de 1996– se cobró la vida de entre 50.000 y 100.000 civiles, de una población que pasa por poco el millón de habitantes. La guerrilla separatista chechena mató a Kadirov padre en un atentado contra el estadio de Grozni, en mayo de 2004, en el que también fallecieron otras treinta personas.

En el último lustro el número de ataques terroristas en el Cáucaso del Norte se ha reducido a la mitad año tras año, pero la situación sigue siendo tensa, según el Servicio Federal de Seguridad (FSB). Para Adrián Tarín, autor de «La Yihad en Rusia» -que pronto se publicará en España-, el principal «culpable» es el propio Vladímir Putin y su «chechenización», con la que trató de atenuar la acusación promovida por el nacionalismo local de «colonialismo ruso» colocando a chechenos prorrusos en el poder de la República. «Esta es una práctica que hunde sus raíces en el zarismo, cuando se instauró un “islam oficial” sostenido por muftíes vinculados a las administraciones imperiales», apunta el investigador.

Importante rol en la guerra de Siria

De los cerca de 2.500 rusos que se han integrado en las filas del autodenominado Estado Islámico, la gran mayoría procede de Chechenia. Un informe del instituto International Crisis Group responsabiliza a Rusia y en particular a esta república caucásica de abrir sus fronteras y alentar a los yihadistas nacionales para sumarse a la guerra en Siria, y así alejar de casa el terrorismo antes de los Juegos Olímpicos de Invierno que se celebraron hace tres años en Sochi, ciudad balneario encajonada entre las montañas nevadas del Cáucaso y el mar Negro.

«Muslim al Shishani, uno de los primeros combatientes chechenos que emigraron a Siria, reconoció en un vídeo hace algunos meses las dificultades de combatir en casa frente a las oportunidades de hacerlo en el Levante. Esas dificultades que reconocía Muslim tenían que ver con la represión generalizada de Kadirov hacia los salafistas, sean éstos o no parte de las guerrillas», explica Tarín. Según relata Marta Ter, en una visita el año pasado al Daguestán -la mayor república rusa del Cáucaso Norte- una mujer le contó que había conocido a una persona que había estado en Siria y que, al volver, lo detuvieron y lo condenaron. «Me dijo algo así como ‘un antiguo amigo del pueblo me comentó que estaba en Siria y me animó a ir allí. Este amigo del pueblo era policía, que indica que estaban vinculados al proceso», sostiene.

Una investigación reciente del periódico ruso Novaya Gazeta reveló que miembros de la inteligencia rusa y chechena estaban enviando directamente a Siria a los yihadistas del Cáucaso para calmar el frente local, en una jugada que responde de los intereses compartidos entre Moscú y Damasco. Muchos discuten esta versión del fenómeno yihadista. «Un antiguo portavoz de la nacionalista República Chechena de Ichkeria, Mairbek Vatchagáev, me negó personalmente que aquello estuviese ocurriendo. Como mucho de lo que ocurre en este conflicto, es difícil conocer la verdad de manera transparente», subraya Tarín.

Medida antiyihadista: quemar la casa familiar

El Gobierno de Kadirov ha impuesto medidas extremas tras cada atentado: desde quemar la casa de la familia vinculada al terrorista a directamente expulsarla del territorio. «La persecución a los familiares es terrible sin tener en cuenta que normalmente el terrorista ha sido ya aniquilado», comenta Ter. Amnistía Internacional ha reiterado sus denuncias de violaciones graves de los derechos humanos en Chechenia, incluidas las desapariciones forzosas y las presuntas ejecuciones extrajudiciales cometidas en el curso de las operaciones de seguridad. «Kadirov ha sido instrumental en las políticas del Kremlin también en Oriente Medio. Rusia desplegó fuerzas chechenas porque son suníes y representan al país. Después de recapturar Alepo, Rusia envió tropas de mayoría chechena suní para transmitir tranquilidad a una población local, molesta con la llegada de fuerzas chiíes leales a Bashar al Assad», asevera Suchkov.

De los cuatro líderes destacados que tuvo Vilayat Kavkaz -la filial regional de Daesh- desde su fundación solo queda vivo uno -precisamente, el comandante de mayor rango en Chechenia, Aslán Biutukáyev-, explica Tarín. La situación en el Emirato del Cáucaso, el grupo relacionado con Al Qaida, es todavía más precaria.

Kadirov pretende ser el líder de los chechenos en el mundo, apunta Suchkov. Para ello, una de sus armas más letales es su cuenta de Instagram con más de dos millones de seguidores, desde donde señala a sus enemigos, se fotografía con Putin, presume de tres hijos luchadores de artes marciales mixtas (MMA) en la televisión y posa marcial con su larga barba. El culto a la violencia lo acompaña de la defensa a ultranza del sufismo -según él tradicional de la región- frente al wahabismo enemigo de su pueblo, pese a la buena relación de su familia con la monarquía de los Saud. «Mucha gente en Chechenia era laica hasta las guerras tras tantos años de la URSS, sobre todos los mayores. Ha forzado una vuelta al islam tradicional pero a la manera que a él le interesa», apostilla Ter.

Kadirov aparenta rendirle pleitesía a Putin cada vez que pone pie en Moscú. Quién se debe más a quién es una pregunta que se suelen hacer los analistas sobre el caso checheno, un polvorín congelado por esta pareja de machos alfa. La dependencia llega a niveles que el Kremlin toleró que uno de los jefes ‘kadyrovsty’, Nazhud Guchigov, contrajera matrimonio por segunda vez con una menor. Si Vladímir Putin cae en desgracia y Kadirov continúa aún en el poder -sostiene Tarín-, Kadirov radicalizaría su posición y pondría en graves problemas a Moscú. Quienes le conocen tienen claro que Kadirov le debe lealtad a Putin, no a Rusia.

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