Miguel Vázquez Liñán :::: El año nuevo se presenta intenso en lo que respecta a las relaciones entre la Federación Rusa y Occidente (entendiendo que Occidente es ese término que suele servirnos para designar a Europa y Estados Unidos). El jefe de la inteligencia estadounidense, el general James Clapper, afirma que fueron los rusos los que hackearon los correos electrónicos del partido demócrata y que dicha acción fue “un acto de guerra”. El caso traerá cola, ya que se acusa directamente al Kremlin de interferir en las elecciones estadounidenses. Es muy probable que así haya sido (tratar de influir en resultados electorales no es una práctica precisamente nueva) y, si alguien puede descubrirlo, son los servicios de inteligencia de EEUU, que tienen sobrada experiencia interviniendo en elecciones.

Por su parte, las autoridades rusas y los medios que ellas financian acusan a Occidente de fomentar la rusofobia y la propaganda antirrusa. No les falta razón: Rusia aparece en los grandes medios occidentales casi en exclusiva como un estado agresor, y el asunto va más allá de los informativos: falsos documentales como el producido por la BBC y titulado “The Third World War: Inside the War Room” o series como la noruega “Occupied” dibujan a un Kremlin con ansias expansionistas y que no se detiene ante nada. El discurso exterior de Moscú, eso sí, hace poco para desmentir esa imagen.

El Parlamento Europeo, a su vez, ha aprobado recientemente un informe en el que se equipara la amenaza que supone, en términos de información, la Federación Rusa y el Estado Islámico, lo cual no es precisamente un gesto amigable por parte de Bruselas, que ha puesto en marcha mecanismos de propaganda dirigidos especialmente hacia Rusia, como el East StratCom Task Force. Rusia, claro, se da por aludida y responde aumentando su presupuesto propagandístico y reforzando medios como Russia Today o Sputnik, además de mantener sus habituales campañas de intoxicación en las redes sociales.

Es lo que parece. La guerra de propagandas está en marcha y, como en toda guerra, lo mejor es no fiarse demasiado de lo que cuentan los bandos: hoy resulta más difícil que ayer encontrar datos fehacientes y análisis equilibrados (lo que no significa equidistantes) de lo que está ocurriendo entre Rusia y Occidente y, si todo sigue como hasta ahora, mañana será aún más complicado que hoy.

Las élites de la Rusia actual no tienen ningún proyecto político atractivo que ofrecer, a no ser que queramos abrazar el tradicionalismo más rancio, que conjuga fórmulas autoritarias de gobierno con la moral eclesiástica de una Iglesia Ortodoxa en ascenso. Por su parte, la Unión Europea, a la que resulta difícil llegar a acuerdos que no sean el de vaciar el continente de refugiados, está dividida también en este asunto. Las cosas se ven muy diferentes desde Letonia que desde Lisboa, y es comprensible. Desde Riga o Tallin se siente muy cercano el aliento de un vecino que ya invadió una vez su territorio y que intenta, a menudo, manipular políticamente a las minorías rusas que viven en sus territorios. Para completar el cuadro, es necesario recalcar que los gobiernos de Letonia y Estonia están lejos de haber hecho todo lo posible para lograr una convivencia saludable entre las diferentes comunidades que habitan en estos países.

Una vez comenzada la batalla informativa, son los sectores políticamente más “duros” los que suelen tomar posiciones de mando en todos los bandos en conflicto. Por ejemplo, el informe de la Unión Europea al que hacíamos referencia, titulado “On EU strategic communication to counteract propaganda against it by third parties” ha sido coordinado por la europarlamentaria polaca Anna Elżbieta Fotyga, miembro del partido “Ley y Justicia”, cuyo proyecto para Polonia no difiere demasiado del que propone Putin para Rusia. Eso sí, Polonia y Rusia tienen tantas cuentas pendientes, y se necesitan tanto como enemigos, que difícilmente podrán llegar acuerdos de cualquier tipo. Lo mismo parece ocurrir, como hemos ya apuntado, en las repúblicas bálticas, mientras que en Hungría e incluso en Italia, por ejemplo, la popularidad del presidente ruso parece ir en ascenso, lo mismo que entre los votantes de Donald Trump o Marine Le Pen. En España no parece que nos estemos enterando de gran cosa: nuestros medios de comunicación no prestan especial atención a la información internacional, y Rusia suele aparecer exclusivamente en los medios españoles como el “poli malo” de conflictos como Siria o Ucrania. Digámoslo todo: en la mayor parte de los casos, los medios en los que Putin aparece como el “poli bueno” suelen merecer aún menos confianza.

Por supuesto, hay argumentos diferentes para sostener posiciones diversas en este conflicto. No repetiré las razones para no fiarnos del discurso del Kremlin, porque ya las hemos detallado en más de una ocasión desde el Observatorio Eurasia, pero sí conviene recordar que toda guerra propagandística busca situarnos en la trampa de tener que elegir entre dos polos opuestos. Y, a menos que suenen los tambores de guerra, esta dicotomía es falsa. Hay siempre otras opciones: el proyecto político que representa Putin no es el único que se propone desde la ciudadanía de aquel país, aunque el Kremlin se haya encargado de reducir las alternativas a su mínima expresión. Debemos dar mayor espacio mediático a esas alternativas. Existen también, por supuesto, otras Europas posibles más allá de la que Merkel o Le Pen representan. Necesitamos conocerlas; cualquier cosa menos creernos obligados a elegir entre Vladímir Putin y Jarosław Kaczyński.

Así que uno de los objetivos del Observatorio Eurasia para este 2017 ha de ser el seguimiento permanente de esta guerra de propagandas, con la denuncia constante de sus mentiras y medias verdades, así como dar el espacio debido a proyectos verdaderamente alternativos a aquellos que hoy ocupan las primeras páginas de los grandes medios de comunicación. Dichos proyectos, hoy hegemónicos, buscan esencialmente mantener a las elites dirigentes (no sólo políticas, sino también empresariales) en sus sillones y utilizar el discurso del miedo para que asintamos a cualquier política que socave, aún más, nuestros ya escuálidos derechos.

A ello nos ponemos.

 

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