Ana Sánchez Resalt :::: Alexánder Etkind, profesor de Historia de Relaciones Ruso-europeas en el European University Institute de Florencia, visitó Sevilla para participar en las II Jornadas Internacionales sobre Memoria y Comunicación, celebradas los días 28 y 29 de noviembre en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla. Durante su visita, el Observatorio Eurasia  pudo compartir unas palabras con el investigador ruso, con el que hablamos de memoria y políticas memorialísticas en Rusia.

Para entender el trabajo de Etkind y lo que vamos a tratar en este artículo, es necesario acercarnos distinción entre algunos conceptos clave: melancolía, duelo, memoria colectiva y memoria individual.

En relación al par “memoria colectiva – memoria individual”, la distinción es bastante clara: la memoria individual es nuestra memoria personal, propia, particular y no compartida; cada persona tiene “su” memoria. Por otro lado, cuando hablamos de memoria colectiva no nos referimos a la suma de las memorias individuales, sino a la “recreación” de una memoria para un grupo de gente concreto. Siguiendo a Maurice Halbwachs, toda memoria es una construcción social y los individuos no pueden recordar de forma coherente si no es dentro de contextos grupales. Así, esta memoria colectiva será también una memoria cultural, porque también incluiría valores, ideas o, incluso, ideologías.

Portada del libro "Warped Mourning. Stories of the undead in the land of the unburied", de Alexánder Etkind
Portada del libro “Warped Mourning. Stories of the undead in the land of the unburied”, de Alexánder Etkind

Como decíamos, para abordar el tema de la memoria es útil distinguir también entre duelo y melancolía, entre duelo “sano” y melancolía “patológica”. Como aclaró Etkind durante su intervención en las II Jornadas Internacionales de Memoria y Comunicación, la melancolía se correspondería con “la imposibilidad de diferenciar entre el pasado y el presente”. Para Freud, la alternativa al luto o al duelo es la melancolía, pero para el psicólogo y profesor ruso, la alternativa al duelo, teniendo en cuenta los condicionantes específicos en la Unión Soviética y la Federación rusa, es el “duelo deforme” (“warped mourning”): el objeto familiar que pertenece al pasado regresa una y otra vez, aunque con diferentes formas (en el caso de la IIGM en la URSS y hablando de literatura, tenemos ejemplos como Todo fluye de Vasili Grossman, Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn, las memorias de Nadezhda Mandelshtam, los poemas de Ajmátova, o las novelas de Dombrovsky, entre muchísimos otros). Cuando la pérdida no es reconocida (porque la víctima no ha sido correctamente rehabilitada, porque no se saben los motivos de su desaparición o dónde está su cadáver), queda reprimida, atrapada, y, de este modo, vuelve una y otra vez adquiriendo múltiples formas, amenazando con representarse como lo “ominoso”: “cuando los muertos no son enterrados adecuadamente y pasan el proceso de duelo, se convierten en los no-muertos” (Etkind, 2009). Y es esto, precisamente, lo que sucede con una dolorosa infinidad de víctimas del régimen soviético, especialmente de la época del Terror estalinista. Muchos ciudadanos soviéticos desaparecieron y el Estado, que era la única fuente de información sobre su paradero y destino, jamás informó sobre ellos: si estaban vivos, en campos de trabajo o en cárceles, cuál era su culpa y cuál su condena, etc.  La herida queda eternamente abierta, porque la incertidumbre genera desasosiego y dolor por lo no reparado. Las víctimas no están, no se pueden enterrar, no pueden llorarlas; el duelo no es completo.

“La Gran Guerra Patriótica se ha convertido en el único común denominador para la identidad de todos los rusos”

Como discurso construido, la narración de la Historia depende de múltiples variables, principalmente: quién lo construye, qué parte de la Historia selecciona y con qué objetivo.  El caso de la memoria corre en paralelo y añade aún más interrogantes, a saber: ¿por qué se recuerdan y conmemoran unos acontecimientos, o se ignoran o tergiversan otros?, ¿quién tiene la potestad de ejercer el liderazgo del discurso sobre la memoria histórica en cada país?  La profesora Monika Palmberger nos proporciona algunas claves para indagar sobre estas cuestiones: recordamos para dar significado al presente y, de este modo, obtener poder sobre el futuro. Por lo tanto, ningún recuerdo (ni ningún olvido) es accidental ni incidental. Esto nos conduce a la lógica reflexión de que quien domine el discurso oficial de la memoria, marcará el devenir de la construcción identitaria en el país. Es así como la memoria pasa a convertirse en una afilada arma (que no “herramienta”) en el proceso de construcción identitaria de los todos los países.

Monumento conmemorativo a las víctimas del Gulag, en Moscú
Monumento conmemorativo a las víctimas del Gulag, en Moscú

Aquellos grupos que poseen poder cultural, político, intelectual o social son los que podrán promover una “memoria oficial” y, además, monopolizar el discurso de la memoria en el país, que, hoy día, y en el caso concreto de Rusia, parece exclusivamente centralizado en la Gran Guerra Patriótica. Sin embargo,  “no toda la Gran Guerra Patriótica es orégano”; hay partes del recuerdo de este conflicto bélico que las autoridades rusas prefieren extirpar de la memoria histórica y, por consiguiente, del proceso de construcción identitaria: “el estado postsoviético trata, en cierto modo, de deshacerse de la ideología marxista”, subrayando valores y características más universales, como el patriotismo o la unidad. Como nos contaba Etkind, los líderes rusos “aún se centran demasiado en el pasado del país” para la construcción de su identidad, especialmente en la IIGM: “No hay ninguna fiesta nacional que se celebre tanto como el Día de la Victoria. Parece que se ha convertido en el único común denominador para la identidad de todos los rusos”.

Menciona también el profesor ruso otros acontecimientos históricos relevantes que tienen que ver con el pasado lejano, como los tiempos de Iván el Terrible, el Periodo Tumultuoso, los eventos del siglo XVII, la ocupación de Crimea en siglos pasados: “El Estado está dispuesto a celebrar esta clase de grandes eventos, pero para muchos, muchos rusos no significan demasiado”. Es así que “la política rusa está aún saturada con debates intelectuales y emocionales sobre el pasado histórico. El presente está sobresaturado de pasado” (Etkind, 2004), lo que genera más conflictos y hace que la memoria de este pasado pueda ser utilizada “contra el pasado de otros”.

Parece fuera de duda que el liderazgo del discurso memorialístico actual en Rusia está en manos de grupos anejos al poder, así como la posibilidad de implementar cualquier tipo de medidas políticas que pudieran contribuir a completar el proceso de duelo de la sociedad rusa. No obstante, el Estado parece no estar muy por la labor de contribuir al desarrollo de políticas sobre memoria histórica en Rusia: “No hay políticas de memoria en Rusia, pero sí hay algunas iniciativas, sobre todo por parte de la sociedad civil, grupos de voluntarios, sociedades memorialísticas y muchos otros. Algunos de ellos tienen bastante éxito, pero raramente reciben algún apoyo por parte del Estado. Las preocupaciones del Estado tienen más que ver con las fiestas nacionales”, nos comentaba Etkind.

“Las artes de la memoria son diversas”

“The arts of memory are diverse” (Etkind, 2004). El pasado puede volver a nuestras vidas a través de la publicación de libros, memorias, estudios; a través de la erección de monumentos, memoriales; mediante debates académicos o en las redes sociales; a través de películas, series y programas de televisión; con una visita a una exposición o la asistencia a una obra de teatro, etc. Al promover algunos temas y obstaculizar otros, las autoridades rusas estarían redireccionando la memoria.

Dentro de los discursos promovidos por el Estado encontramos varios ejemplos interesantes (ya citamos algunos en relación a la recuperación del pasado soviético y presoviético en los discursos del presidente Putin).  En septiembre de 2007, el Ministerio de Educación aprobaba la utilización en los colegios rusos de un nuevo libro de historia: “Noveishaya Istoria Rossii 1945-2006” (“Historia moderna de Rusia, 1945-2006”). Como describe Vázquez Liñán (2010), la editorial, Proveshchenie, explica en su web el objetivo de este libro: contribuir a la conversión de los estudiantes en “patriotas, portadores de los valores de la sociedad civil, conscientes de su participación en el destino de Rusia”. Aunque el libro comienza en 1945, hay espacio para mencionar el legado de Stalin, no como dictador, sino centrándose en sus logros como cabeza del Gobierno y del Partido. Otro ejemplo en esta línea lo encontramos en la narración de la historia propuesta por la serie de televisión “Istoriya Gosudartstva Roosiiskogo”, a partir del trabajo del historiador ruso Nikolai Karamzin, narrado por el músico y líder del grupo de rock DDT, Yuri Shevchyuk.

Pero también existen otras formas no patrocinadas por el Estado que contribuyen a la recuperación de “otras memorias” y al proceso de duelo “sano”, entre ellas, los trabajos de Memorial de divulgación y recopilación de información y documentos de las víctimas de la represión estalinista, o el proyecto conocido con el nombre de Poslednii Adres “(La última dirección”), una iniciativa llevada a cabo por un grupo de personas que, a instancias de los familiares o conocidos, instala placas con el nombre y datos de personas desaparecidas en los lugares en los que se les vio por última vez, o en los que vivieron.

Placa del proyecto "La última dirección". Fuente: www.poslednyadres.ru/
Placa del proyecto “La última dirección”. Fuente: http://www.poslednyadres.ru/

Sin embargo, las políticas de memoria y los memoriales de las víctimas del régimen soviético son todavía insuficientes e inadecuadas, por lo que queda lejos el momento en el que  los “no- muertos” (“the undead”) consigan encontrar su lugar para el reposo eterno. Pero, ¿será posible completar con éxito el trabajo de duelo cultural en Rusia, sustituir ese duelo “deforme” por un duelo “sano”? Y, sobre todo, ¿quién podría encargarse de completar ese trabajo? Alexánder Etkind se muestra moderadamente optimista: “El gobierno actual no es capaz de terminar nada, ni esta tarea ni muchas otras. Pero hay algunos grupos de voluntarios, gente muy eficiente que es capaz sortear la burocracia rusa y poner en marcha iniciativas muy útiles como el proyecto de “La última dirección”. En cierto modo, estas pequeñas placas funcionan como monumentos a las víctimas. Si permanecen en los muros de algunas ciudades provinciales o donde sea, los niños sabrán de qué va todo esto, qué significa. Así es como funciona la cultura. Los muertos no puede ser revividos, pero la memoria y el luto se puede completar”.

— REFERENCIAS —

Etkind, Alexánder. “Hard and Soft in Cultural Memory: Political Mourning in Russia and Germany”. Grey Room, nº 16, Memory/History/Democracy, verano 2004, pp. 36-59

 _____“Stories of the Undead in the Land of the Unburied: Magical Historicism in Contemporary Russian Fiction”. Slavic Review, vol. 68, nº 3, otoño 2009, pp. 631-658.

_____Warped Mourning: Stories of the Undead in the Land of the Unburied. Stanford: Stanford University Press, 2013.

Vázquez Liñán, Miguel. “History as propaganda tool in Putin’s Russia”. Communist and Post-Communist Studies, vol. 43, nº 2, junio 2010, pp.167-178.

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