Miguel Vázquez Liñán :::: Dice el refrán: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Los medios de comunicación hegemónicos en Rusia han invertido mucho tiempo, antes y también después de las últimas elecciones, dando tantos detalles sobre la “limpieza” de los comicios, que uno empieza a pensar que ha habido tongo.

Por otro lado, las cifras de participación dejan a las claras el interés generado por estas elecciones: si la cifra general no llega al 50%, en Moscú y San Petersburgo ronda el 30%. Hay quien dirá que el desencanto, fundado, en la “democracia representativa” no es exclusivo de Rusia, y ese alguien tendrá razón. Si añadimos que en aquel país no hay espacio mediático más que para el partido Rusia Unida (sí, ese, el de Putin) y para el propio presidente, omnipresente en cada informativo de las grandes cadenas de televisión (por las que se informan, según las encuestas, entre el 85 y el 95% de los rusos), entenderemos que pocos vieran en estas elecciones una oportunidad para cambiar, si es que lo que querían era cambiar, el estado de cosas en la Federación Rusa.

Rusia Unida consiguió una mayoría absolutisima, faltaría más. Ahora podrá, aún con menos problemas que antes, hacer los cambios constitucionales necesarios para preparar lo que haya de venir tras las presidenciales de 2018. Entran en la Duma también los de siempre: los “comunistas” (¿lo son?), el Partido Liberal Democrático de Zhirinovski (como es sabido, ni liberal ni demócrata) y Rusia Justa, que se presenta como socialdemócrata heredero de los eseristas de principios del siglo XX. En el Cáucaso, zona de conflicto crónico, los resultados dan también las cifras habituales. En Chechenia, por ejemplo, Rusia Unida obtuvo el 96% de los votos y en Daguestán el 89%.

Las élites rusas no necesitan trucar las elecciones para ganarlas. Si ha habido chanchullos, no es probable que éstos hayan cambiado notablemente el resultado. La celebración de elecciones generales, no lo olvidemos, es “una” forma de participación política, pero allí donde son la única, mal andamos si de lo que se trata es de construir una democracia real: ¿la queremos? ¿Está en los planes de las autoridades rusas? No lo creo, al menos no tengo a qué agarrarme para creerlo; más aún, sobran los ejemplos para sostener lo contrario; citemos algunos: empezando por lo mediático, la estructura de medios sigue ofreciendo un panorama de extraordinaria concentración: los grandes canales de televisión no se libran (ni parecen intentarlo) del férreo control oficial, mientras que las organizaciones no gubernamentales que intentan hacerse oír (como Memorial o el Levada Center) son acusadas de trabajar para el enemigo (Occidente, por supuesto). Las leyes “moralizantes” que castigan la homosexualidad o cualquier comportamiento “contrario a la ortodoxia” (marcada por una Iglesia en auge y con mucho poder) son características esenciales del llamado “neoconservadurismo” ruso, al que el propio Putin dice estar afiliado. Ese neoconservadurismo, muy agresivo con cualquier opción de izquierdas, combina tímidas medidas sociales con una retórica patriótica y militarista que ha acabado dando buen rédito electoral. No parece que la “nueva” Duma vaya a cambiar nada de esto.

Así las cosas, Siempre nos quedará, además, la duda, de qué habrían votado los rusos (y esto no es un problema sólo de aquel país), si las diferentes propuestas políticas existentes tuvieran su espacio en los medios (no sólo para ser demonizadas). Quizás deberíamos hacerle la pregunta a Piotr Tolstoi, presentador estrella del programa “Política”, magazine orgullosamente putinista, emitido por el Canal 1 de la TV rusa y hoy, después de las últimas elecciones, diputado de Rusia Unida. Seguro que él tiene la respuesta: haber sido propagandista ejemplar del régimen sí tiene recompensa en la Rusia del siglo XXI.

Anuncios