Adrián Tarín :::: Las elecciones del pasado domingo en Poniente arrojaron el resultado esperable, en medio de ese largo y apacible verano que nunca parece acabar. Los partidarios del rey revalidaron su mayoría absoluta y el proyecto de Vladímir Putin continúa más vivo que nunca. Un Vladímir Putin hecho a sí mismo, sin genealogía noble, que tuvo que fabricarse su propio blasón y que no dudó en traicionar a quienes le auparon al poder. Un Petyr Baelish astuto y sagaz. Un animal político con cuya habilidad desnudó a su antecesor, una suerte de Robert Baratheon enrojecido por el vodka. En Desembarco del Rey están de banquete, y nada indica que por allí ande un “matareyes” suelto. Lejos parece quedar, en 2011, la embestida de Stannis en la Plaza Roja, y desde 1917 no hay Khaleesis en Poniente. El trono de hierro, forjado con las espadas de Masjádov, Politkóvskaya, Litvinenko, Berezovsky, Estemírova y Nemtsov, está a buen recaudo.

Pero el caluroso verano se extiende también hacia los límites del muro, donde unas tierras tradicionalmente gélidas se ven hoy como un caluroso y vivo pasto verde. Ramzán Kadírov venció con más del 95% de los votos, resultado nada sorprendente desde que ocupa el trono. Es el indiscutible rey en el (Cáucaso) Norte, a pesar de que su rival daguestaní le anda a la zaga desde que se le ocurrió amenizar el escrutinio con apagones eléctricos.

El reinado de la casa Kadírov se remonta a 2003, cuando su padre, Ajmat, accedió al trono auspiciado por Baelish. Fueron años duros en Invernalia, donde todavía tenía sentido temblar frente a los caminantes blancos. De hecho, en pleno desfile de la Victoria, la gran boda roja, la cabeza de Ajmat Kadírov rodó por los suelos como si se tratara de un Stark cualquiera. “Valar Morghulis”, gritaron los caminantes blancos. La explosión no permitió oír los primeros acordes de las Lluvias de Castamere.

Pero con Ramzán las cosas son diferentes. Seguramente debió decir eso de “El Norte recuerda”, y su cóctel de reconstrucción megalómana y represión sin límites le han permitido gozar de un reinado más o menos apacible. Ya pocos temen al invierno y los caminantes blancos, aunque cambiaron de piel, siguen cayendo uno tras otro. Kadírov los mantiene más allá del muro, en el Levante sirio, donde parece más fácil seguir devorando a los salvajes. Pero el rey en el Norte, más temido que amado, debería de tener siempre presente el amargo final de Joffrey. Toda una lección contra el despotismo.

Tras una transición convulsa asistimos a la década más calma de Poniente. Tanto en Desembarco del Rey como en el Norte la oposición parece más débil que nunca: los dothraki siguen sin atreverse a nadar, tras el Mar Angosto; la oligarquía hostil, en el cómodo exilio de Braavos;  ¿y qué hay de Sansa, de Arya, de Daenerys o de Margaery? Nada. No existen. Todos saben que el trono ruso es cosa de machos.

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