Miguel Ángel Pérez Martín (Observatorio del Derecho Humano al Agua) :::: La muerte del presidente uzbeko Islam Karimov supone el inicio de una nueva etapa para el contexto político centro-asiático de la próximas décadas. Uzbekistán  es un país clave para la frágil estabilidad que gobierna los países de este entorno. Es el país más poblado de la zona con diferencia, casi 30 millones, triplicando la población de cualquiera de sus vecinos. Tayikistán y el  sur de Kirguistán dependen en gran medida de las redes de transporte logísticas y energéticas uzbecas mientras su ejército no tiene competencia en la región. Su influencia y poder siempre se han dejado sentir más allá de sus fronteras o, al menos, así lo han manifestado sus vecinos kirguizos, tayicos o turkmenos, que frecuentemente han acusado al gobierno uzbeco, con Karimov a la cabeza, de estar detrás de complots para derrocar a sus gobiernos y manipular en su favor los graves conflictos internos.

Mientras que Uzbekistán es temido por sus vecinos, en el ámbito internacional la situación es diferente. Rusia y China consideraron al régimen de Karimov un pilar clave en la región contra el radicalismo islamista, e igualmente la Unión Europea y los Estados Unidos, aunque estos actores han mantenido al menos un espíritu más critico motivado por las constantes violaciones de los derechos humanos que protagonizan sus servicios de seguridad, y el escaso compromiso de su élite política con la democratización de su país. Todos los rankings internacionales sobre libertades públicas clasifican a Uzbekistán como uno de los países más autocráticos del mundo. La muerte del presidente Karimov preocupa, pues, tanto a nivel regional e internacional, aunque por razones diferentes. A nivel regional, la principal incógnita para sus vecinos es si el posible sucesor de Karimov va a intensificar las ambiciones regionales de su predecesor (participación en la guerra civil tayica, minado unilateral de fronteras, cierres arbitrarios de fronteras, corte de suministros energéticos a sus vecinos, reivindicaciones territoriales y fronterizas), mientras que en el ámbito internacional Rusia, la Unión Europea y China temen que la ascensión de un nuevo líder uzbeco débil, incapaz de mantener el equilibrio entre los diversos clanes regionales, motive la fragmentación del país y facilite la expansión del avance talibán afgano y otros grupos radicales islamistas. En este volátil contexto, los diversos clanes que tienen como principales bases de poder las ciudades de Taskent, Samarcanda y el valle de Ferghana tratan de colocar a sus líderes en la carrera sucesoria, proceso que según la constitución se dirimirá en próximas elecciones que tendrán lugar dentro de tres meses. Se abre, pues, un delicado proceso de transición política que afectará no solo al futuro inmediato de Uzbekistán, sino también al de Asia Central en su conjunto.

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