Ana Sánchez Resalt :::: El despido de 50 oficiales de la Flota Báltica, entre ellos el comandante y vicealmirante, el pasado 29 de junio despierta los recuerdos de las purgas en el Ejército Rojo. En esta ocasión, sin embargo, el Ministerio de Defensa habría actuado justificadamente.

El término “purgas” ha estado históricamente vinculado a los capítulos de represión, violencia y muerte vividos en la URSS de los años 30, bajo mandato de Stalin. Comenzaron como medio para eliminar del Partido a elementos ajenos o peligrosos, a funcionarios y dirigentes “díscolos” de alto y medio rango, y también a científicos, profesores, artistas, miembros del Ejército Rojo, de la Armada, historiadores, filósofos, etc. Nadie escapaba a esta campaña de hostigamiento, represión y persecución política e ideológica que alcanzaría su máximo apogeo y culmen violento en la época conocida como el Gran Terror (Bolshoi Terror) o la Gran Purga (Bolshaya chistka), entre 1936 y 1938[1].

Una consecuencia de las purgas de los años 30 se reveló en los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Ejército Rojo resistía a duras penas las embestidas de la Wehrmacht: carecían de personal cualificado y experimentado, militares que pudieran haber participado en la Primera Guerra Mundial, en la ruso-japonesa o en la Guerra Civil. Habían sacrificado la experiencia en favor de la obediencia y la fe ciega (trabajas por la propaganda), y aunque al principio les reportara continuos fracasos y numerosas pérdidas, a largo plazo se demostró la opción más acertada: para soportar una guerra tan cruenta, era mejor un militar fiel y abnegado, dispuesto a entregar su vida por la causa de la defensa de la patria, que uno con experiencia.

Sin llegar a los extremos de brutalidad de aquel entonces, parece que Rusia ha recuperado la vieja y denostada práctica de las purgas, por lo menos en lo que a cifras y aleatoriedad se refiere: a finales de junio de 2016 se anunció el despido o expulsión del Ejército de unos 50 oficiales, militares de medio y alto rango pertenecientes a la Flota del Báltico.

OTAN y Rusia: las tensiones se elevan

Los días 8 y 9 de julio de 2016 se celebró en Varsovia la Cumbre de la OTAN, donde se decidió reforzar las fronteras de países como Estonia o Polonia con más tropas estadounidenses y británicas. Rusia considera estos últimos movimientos de la organización trasatlántica y sus aliados una provocación ante la que no pueden permanecer impasibles.

Las tensas relaciones de Rusia con EE.UU. y UE, agudizadas tras la anexión de Crimea en 2014, hacen que el país permanezca en un constante estado de alerta. El despliegue de escudos antimisiles y tropas extranjeras en las fronteras bálticas y de los países del Este tampoco contribuye al apaciguamiento de las tensiones entre ambos “contendientes”. Con el fin de que estas amenazas (ya sean supuestas, imaginarias o reales) no pillen con la guardia baja al Gobierno ruso, las Fuerzas Armadas se refuerzan cada año en los presupuestos estatales, toda vez que el Ministerio de Defensa está entre los prioritarios del Gobierno de Putin[2].

Para contrarrestar estos posibles peligros, las Fuerzas Armadas rusas han de estar siempre listas para entrar en acción y convenientemente formadas y equipadas. La Marina, como los demás ejércitos rusos, ha de tener todas sus flotas plenamente operativas en varios puertos: Flota Báltica (con puestos en Kaliningrado -entre Polonia y Lituania- y en Kronstadt -cerca de San Petersburgo-), Flota del Mar Negro, Flota del Pacífico, Flota del Norte (la más numerosa e importante) y la Flotilla del Caspio. Con el despliegue de tropas extranjeras en las fronteras estonias, la Flota Báltica y sus destacamentos en tierra han adquirido un nuevo y relevante papel en el ordenamiento defensivo del país.

Flotas de la Marina rusa. Fuente: RIA
Flotas de la Marina rusa (2013). Fuente: RIA

“Purgas” en la Marina Rusa del siglo XXI

El Ministerio de Defensa que dirige Serguéi Shoigú[3] ha vivido en los últimos meses algunos pequeños contratiempos, fruto de la inestabilidad internacional (participación en conflictos internacionales, búsqueda de alianzas geopolíticas, enfrentamientos dialécticos con países occidentales,  sanciones, etc.) y la compleja situación local (caída del valor rublo frente al dólar, bajada del precio del petróleo, estancamiento de la economía, conflictos internos, terrorismo regional, etc.) que atraviesa el país. En este complicado contexto se ha producido un caso llamativo y altamente atípico: la destitución de unos 50 oficiales de la Flota Báltica.

El pasado 29 de junio, Shoigú anunciaba la destitución de dos altos mandos de la Flota del Báltico: el vicealmirante de la Flota, el comandante Víktor Kravchuk, y el jefe del estado mayor de la Flota, el contraalmirante Serguéi Popov. El motivo, según comunicó el propio ministro, grosso modo: no ejecutaron diligentemente su trabajo (Moskovsky Komsomolets, 29.6.2016; Polit.ru, 29.6.2016; Nóvaya Gazeta, 29.6.2016).

Estas destituciones fueron el resultado de una investigación interna llevada a cabo entre mayo y junio de este mismo año, propiciada por algunas denuncias y sospechas de mala praxis en el seno de la Flota Báltica.

Según el comunicado oficial, los despidos se habrían producido como resultado de las “serias negligencias en la preparación militar para el combate, en las actividades diarias de las tropas, no llevar a cabo todas las medidas necesarias para la mejora de las condiciones de la instalación del personal, la falta de preocupación por los subordinados, y también la alteración de los informes sobre el estado real de los asuntos [de la Flota]”. No se ofrecían ejemplos concretos de estas alteraciones y negligencias.

El descuido de las obligaciones, la falsificación de informes y la despreocupación por la situación de los marineros bajo su supervisión parecen motivos más que suficientes para destituir a sus dirigentes. Lo que sorprende es el alto número, sin precedentes en la historia de la Marina rusa (sin contar la época soviética).

¿Qué otros motivos hay detrás de esta “limpieza”? 

Los motivos oficiales ofrecidos por el Ministerio de Defensa serían sólo el alegato políticamente correcto para justificar esta destitución en masa. Desde distintos medios de comunicación apuntan otras razones:

– Un submarino ruso accidentado. Algunas fuentes aseguran que el accidente de un submarino en abril de 2016 podría haber desencadenado el despido masivo. Según informa el portal Fontanka.ru, un submarino de la Flota del Báltico habría chocado con un buque polaco, que le habría causado graves daños. Los altos mandos de la Flota habrían intentado esconder el suceso a la dirección de la Marina, lo que habría dado lugar a una posterior investigación en profundidad, origen de las subsiguientes “purgas”. El Ministerio de Defensa desmintió el accidente, hecho público por los medios de comunicación polacos.

– Fallos en la dirección y preparación de la Flota Báltica. El comandante Serguéi Kravchuk era el encargado de controlar y organizar todas las fuerzas y acciones de la Flota Báltica (fuerzas aéreas, terrestres, baterías de defensas costeras, sistemas de misiles, misiones de expedición, preparación para el combate, etc.). Diversos informes apuntarían a que habría fallado en la ejecución de las labores encomendadas, pese a que meses antes ya habría recibido una advertencia para enmendar las faltas en su gestión. La posición estratégica de la Flota Báltica (con bases en Rusia y en territorio continental europeo) genera gran inquietud en la OTAN, y, al mismo tiempo, Rusia se muestra altamente recelosa ante los movimientos de contingentes militares de la organización cerca de sus fronteras; ambos son conscientes de los riesgos militares de la zona. Bajo el liderazgo de Kravchuk, la Flota habría evidenciado una fatal falta de control y combatividad (al parecer, bastante evidentes según los expertos), escenario insostenible para una flota estratégica como la Báltica. Acusado de dirigir y gestionar la Flota “a la antigua”, su falta de carácter resolutivo y capacidad de adaptación a las demandas actuales, su incapacidad para elaborar nuevas estrategias y gestionar eficazmente los recursos y personal de la Flota, y la falta de preparación del personal, habrían sido cruciales en su despido.

Víktor Kravchuk, ex comandante de la Flota Báltica
Víktor Kravchuk, ex comandante de la Flota Báltica

– Vinculación de altos mandos con casos de corrupción. Al parecer, Kravchuk podría haber tenido alguna relación con Víktor Bogdan, empresario ruso conocido como el “rey del ámbar”, quien habría estado robando petróleo destinado a la flota. Además, en la estación de Kaliningrado se había proyectado la construcción de viviendas, barracas y otros servicios para el 11º Cuerpo del Ejército, pero el dinero destinado a esa acción habría desaparecido y ahora los marineros y soldados estarían malviviendo en pésimas condiciones.

– Dimisión en abril del jefe de la Marina rusa. Desde finales de 2015 corrían rumores acerca de la dimisión del almirante Víktor Chirkov, que finalmente se hizo efectiva en abril de 2016: el comandante en jefe de la Marina de Rusia dimitía “por motivos de salud” (en enero había sido sometido a una operación, sin especificar motivos o gravedad). No hubo comentarios oficiales sobre su dimisión. Poco tiempo después, Vladímir Korolev (quien dirigía la Flota del Norte, la más importante de la Armada rusa) era ascendido al puesto de comandante en jefe. Desde su aparición en puestos importantes dentro de la estructura de la Marina en 2009, Kravchuk ha estado ligado al nombre de Víktor Chirkov. En 2012, cuando Chirkov fue ascendido a comandante en jefe de la Marina, Kravchuk pasó a ocupar el puesto de líder de la Flota del Báltico en sustitución del propio Chirkov. Considerado por muchos como su protegido, desde diversas fuentes apuntan a que su ascenso se habría debido a su amistad con que fuera comandante en jefe de la Marina. Tras la marcha de su mentor, Kravchuk quedaba desprotegido.

Destructor "Nastoichivy", perteneciente a la Flota Báltica
Destructor “Nastoichivy”, perteneciente a la Flota Báltica

– Fallos estructurales y logísticos. Las carencias estructurales y estratégicas en la gestión y funcionamiento de la Flota, la desatención en el abastecimiento y condiciones de vida de las tropas, la falta de preparación de operaciones de expedición, de combate, entrenamientos, el negligente uso de los recursos de la Flota, etc. lastran las flotas rusas, en mayor o menor medida. Este aspecto habría quedado en evidencia, sobre todo, durante las acciones de Rusia en Siria. Las operaciones en Siria requieren la movilización inmediata y efectiva de las tropas rusas con todo su equipamiento, punto en el que las flotas, especialmente la báltica, habrían mostrado debilidades y falta de preparación. Asimismo, en agosto de 2015, los dragaminas “Leonid Sobolev” y “Serguéi Kolbasev” no habrían dado resultados satisfactorios en la búsqueda de minas, aunque los informes oficiales afirmaban que había alcanzado los objetivos planteados (este es un ejemplo de ese “embellecer la realidad” de los informes criticado por el Ministerio de Defensa). Si tenemos en cuenta que el Mar Báltico es estrecho y poco profundo, esta acción de reconocimiento y limpieza no debería haber supuesto ningún problema para los buques antiminas rusos. Por último, a pesar de que hace pocos años se incorporaron nuevas corbetas a la Flota (en el Proyecto 20380), se denuncia que aún se utilizan las viejas, mucho peor equipadas y menos operativas, y las nuevas, además, no habrían sido desplegadas en el Mar Mediterráneo o en el Océano Índico ni una sola vez desde que los nuevos barcos fueron remitidos a la flota.

Todo así, parece que, en esta ocasión, la “purga” en el Ejército ruso estaría convenientemente motivada y justificada. No obstante, observamos una doble intención en esta acción: además de para deshacerse de elementos tóxicos de la Marina, sirve para lanzar un mensaje aleccionador, ejemplarizante y disuasorio. No hay que olvidar que la Flota Báltica no es la más importante, ni en número ni estratégicamente, de las flotas rusas, por lo que el despido masivo podría ser más bien una advertencia destinada al resto de comandantes y altos mandos de las demás flotas rusas para que tomen medidas para optimizar su trabajo, maximizar los recursos de los que disponen, mejorar las condiciones de sus subordinados y aplicarse en la preparación para el combate de sus tropas. En un escenario de tensa calma, sería un error mostrar debilidad o falta de preparación. No hay que olvidar que, en muchas ocasiones, saber aparentar es tan poderoso como ser realmente, y que una importante herramientas de la propaganda de guerra (aunque no estemos realmente en una guerra) es la exhibición del propio poderío armamentístico y preparación militar ante el enemigo.

— NOTAS —

[1] El periodo más violento de esta época se conoce como “Yézhovshchina”, en referencia a Nikolái Yézhov, líder del NKVD durante esa época, quien dirigió la campaña. Entre el invierno de 1937 y octubre de 1938, unas 750.000 personas fueron sujeto de ejecuciones sumarias, y más de un millón, sentenciadas a campos de trabajo (HARRIS, J. The Great Fear: Stalin’s Terror of the 1930s. Oxford: Oxford University Press, 2016). Con el paso del tiempo, esta limpieza se extendió y embruteció, y las ejecuciones sumarias, arrestos, deportaciones, torturas, el miedo y las amenazas se extendieron por todo el país y a todos los estratos sociales. Todo aquel que supusiera una grave amenaza (real o no) para el proyecto bolchevique o socialista, para el régimen soviético o para el líder del Partido, inmediatamente se convertía en objetivo de estas ”limpiezas”. Sin embargo, en 1937 ya no había un sustento lógico al miedo por la supuesta amenaza interna o externa a la revolución bolchevique, al régimen o al propio Stalin. El sistema estaba consolidado e institucionalizado, y el pueblo vivía en un nuevo imaginario (re)construido por las autoridades soviéticas desde 1917 desde la educación -a todos los niveles- socialista. El Terror continuó su inercia de violencia y brutalidad en un estado totalitario que, aunque poderoso y centralizado, mostraba también las debilidades y la desorganización propias de una nación de ingentes dimensiones, que se veía en la constante necesidad de controlar pequeñas rebeliones y protestas y responder a las demandas de los muy diversos grupos étnicos y nacionales que componían la república.

[2] Según el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), la Federación Rusa continúa entre los países que más dinero dedican al gasto militar tras Estados Unidos y China. En 2015, sin embargo, Rusia se situó en cuarto puesto en esta lista, por detrás de Arabia Saudí. La inestabilidad de la zona y los conflictos internos, la caída del precio del petróleo y del rublo frente al dólar podrían estar entre los motivos para que el presupuesto de este año haya aumentado menos que otros años. En 2015, el presupuesto aumentó con 7,5% con respecto a 2014 y alcanzó los 66, 4 billones de dólares. Los datos con los que cuenta el SIPRI apuntan a un descenso del presupuesto en 2016. En contraste, los países limítrofes con Rusia y Ucrania (Estonia, Lituania, Letonia, Polonia, Rumanía y Eslovaquia) han aumentado o prevén aumentar sus presupuestos, preocupados por el devenir de la crisis en Ucrania. La instalación de un sistema antimisiles de la OTAN en Rumania y en otras áreas de Europa, o el despliegue de tropas en la frontera estonia, son considerados por Rusia movimientos no amistosos de Occidente. Por su parte, la OTAN y sus aliados también dan muestra de su inquietud ante los movimientos del ejército ruso, por lo que han reforzado sus sistemas de seguridad y defensa en la zona Báltico-Norte, que implica la participación de todos los países del Báltico y del Norte, también del Este de Europa, preocupados por la supuesta amenaza expansionista de Rusia después de la anexión de Crimea en 2014.

[3] Serguéi Shoigú goza de la confianza y el apoyo de parte de la población, tal y como demuestran las encuestas del centro Levada, donde aparece desde 2013 en segunda posición como político que más confianza atrae por parte del pueblo, tras el mismísimo Putin. Riguroso, poco amigo de los medios de comunicación, de órdenes y declaraciones lacónicas, lapidarias y firmes, es uno de los miembros del gobierno con más años de carrera, y ya se oyó su nombre como candidato a suceder a Yeltsin allá por 1999. Fue el encargado de dirigir el difícil Ministerio de Emergencias hasta ser nombrado ministro de defensa en 2012.

 

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