Marta Ter :::: El pasado mes de enero fui a Chechenia. Justo cuando estaba en el aeropuerto de Moscú, recibí una llamada: “Marta, lo siento, no podrás quedarte en casa como te había prometido. He tenido que dejar Chechenia urgentemente, mi vida está en peligro”.

Así es como me recibía de nuevo Chechenia, con amigos que debían huir de allí por denunciar prácticas del régimen de Ramzán Kadírov. En este caso, mi amigo había hecho público cómo un colega suyo supuestamente había muerto tras recibir una brutal paliza por haber hecho comentarios en las redes sociales que no habían sido del agrado del entorno de Kadírov.

La dura vida de los disidentes

En Chechenia no existe prensa libre. Ni oposición política. Las ONG saben cuál es su papel y lo acatan. Como único espacio de libertad sólo quedan las redes sociales, y quien las usa para expresar su disconformidad con ciertas políticas sabe que esto entraña un grave peligro tanto para para él como para su família. En el mejor de los casos puede recibir una paliza, o en el peor de ellos, la muerte o la desaparición forzada. También son prácticas comunes el escarnio público, la quema de los domicilios de los díscolos, o ser encarcelados por cargos falsos.

El último caso de escarnio público ha sido el de Ramadán Dzhalaldinov, residente de Kenhi, un pueblo de las montañas chechenas. En abril subió un vídeo a Youtube en el que pedía ayuda a Vladímir Putin para resolver la deplorable situación de su pueblo y criticando la pobre gestión de las autoridades chechenas.

Tras publicar el vídeo,  Dzhalaldinov empezó a recibir amenazas de muerte. Decidió huir a la vecina Daguestán. La noche del pasado 12 de mayo, varios hombres irrumpieron en la casa de  Dzhalaldinov y la incendiaron, dejándola reducida a cenizas.

Luego, las fuerzas de seguridad chechenas rodearon el pueblo de Kenhi e interrogaron a todo el mundo sobre el paradero de Ramadan Dzhalaldinov. Supieron que se encontraba en Daguestán y el 15 de mayo intentaron secuestrarle en la mezquita.

Finalmente, Dzhalaldinov se disculpó públicamente ante Kadírov. Sin levantar la mirada del suelo, Ramadán se retractó ante las cámaras de su vídeo colgado en Youtube, asegurando que «había sido un gran error». Pidió perdón reiteradamente por ello al Presidente checheno y aconsejó al público que no cometiera su mismo error. Este vídeo se emitió en la televisión chechena. Kadírov aceptó las disculpas de Dzhalaldinov y, en un gesto magnánimo, aceptó que él y su familia volviesen a Kenhi.

Al mismo tiempo, Kadírov lanzaba una advertencia a los chechenos refugiados en Europa: “Tengo conocimiento de todos vuestros comentarios, sé de todos los perfiles de Instagram o Facebook que utilizáis. Tenemos guardados todos vuestros comentarios, y sabemos quiénes sois… y tarde o temprano responderéis por cada una de vuestras palabras”.

El código de honor

El honor ocupa un lugar fundamental en la imaginación Chechena. Las costumbres y tradiciones que ocupan un lugar central en el estilo de vida checheno están consagradas en el “Nokhchallah”, un código de conducta que reúne todas las características del carácter específico checheno.

La hospitalidad, el respeto a los mayores, la valentía y la preservación del honor son algunos de los pilares básicos del “Nokhchallah”. Según la tradición, las ofensas graves al honor son resueltas con sangre.

Sin embargo, Kadírov está desarticulando este código de honor que enseña a los chechenos cómo deben vivir. Cada vez de forma más habitual, Kadírov utiliza la humillación pública como un castigo para todos los que osan criticarle, y la gente no tiene la posibilidad de restituir la ofensa.

Este castigo fue usado en primer lugar contra los familiares de los sospechosos de ser militantes islamistas, forzando a sus padres a confesar frente a las cámaras lo mal que les habían educado cuando eran niños. Pero poco a poco, el escarnio público está empezando a normalizarse.

En diciembre de 2015, Adam Dikayev, un bloguero checheno, se burló de un vídeo compartido por Kadírov en el que se le veía haciendo ejercicio físico con una camiseta de Putin. Poco después del comentario de Dikayev, un vídeo circuló en Instagram en el que aparecía Dikayev en ropa interior –una humillación grave en Chechenia- retractándose de sus críticas y expresando su apoyo a Putin: “desde ahora, Putin es mi padre, mi abuelo, mi zar”.

Esa misma semana, Aishat Inaeva, una trabajadora social, sufrió escarnio público después de que circulase un archivo de audio en WhatsApp en el que se quejaba del gobierno. Ella y su marido fueron reprendidos por Kadírov en un encuentro cara a cara en la televisión chechena. Visiblemente avergonzada, Inayeva se retractó de todo lo que había dicho y su marido se disculpó por ella.

Usando la humillación como método, las autoridades empañan el honor no sólo de una persona en particular, sino también de toda su familia. Hoy en día, no hay forma de hacer frente a estas ofensas infringidas por las autoridades.

Actuando de este modo, Kadírov ha quebrado el sistema ético que ha regulado a la sociedad chechena durante siglos. Honor, dignidad y libertad han perdido su significado bajo el gobierno de Kadírov.

Su dictado ahora trata de controlar nuevas formas de vida. Pero la humillación de aquellos que no obedecen puede tener un efecto boomerang contra Kadírov y su régimen si alguna vez se vuelve más débil.

Puede consultarse el texto original, publicado en inglés y en Al Jazeera, aquí.
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