Carles Bagés :::: Entre las Repúblicas de Azerbaiyán y Armenia, en el Cáucaso sur, se mantiene abierto y activo uno de los conflictos más antiguos del espacio post-soviético: el control del territorio de Nagorno-Karabaj. Actualmente esta región forma una República “de facto” que no está reconocida por ningún país de la ONU. Azerbaiyán exige sus derechos sobre la zona, que ya estaba bajo administración de Bakú durante la época soviética y que la República de Armenia protege con su ejército. 

 El pasado mes de abril se desencadenó la escalada más violenta desde el cese provisional de las hostilidades declarado en 1994, con enfrentamientos armados en distintos puntos de la línea de contacto. Sin embargo, la tensión había aumentado hacía algún tiempo. Lejos de Karabaj, en la zona noreste de Armenia (noroeste de Azerbaiyán), cerca de la frontera con Georgia, se han producido enfrentamientos desde setiembre de 2014 en los cuales se empezó a disparar contra civiles de la zona de forma aleatoria, causando diversas bajas en ambos lados de la frontera. Las poblaciones limítrofes viven en un pánico general y sufren unas condiciones de vida muy duras.

 La preocupación sobre la cuestión hizo que diferentes actores de la sociedad civil se movilizasen para denunciar los hechos, así como para ayudar a las poblaciones que más sufren los efectos de estos enfrentamientos, en las regiones de Tavush i Qasakh, en Armenia y Azerbaiyán respectivamente. En este sentido, en abril de 2015 se lanzó un proyecto financiado por el Gobierno Suizo que mediante la coordinación de la organización británica Saferworld, tenía la intención de dar apoyo a las acciones de dos organizaciones en ayuda de las poblaciones civiles de los dos lados. Civil Society Institute de Armenia y Society for Humanitarian Research de Azerbaiyán empezaron el trabajo para mejorar la calidad de vida de las poblaciones y comunidades más afectadas, las situadas más cerca de la frontera. Las actividades fueron dificultadas en Azerbaiyán pidiendo este gobierno informes periódicos de estas por poder considerarlas “colaboración con el enemigo”. A finales del año pasado se paró el programa sin que todavía esté claro como continuarlo por el aumento de la tensión en la zona.

 En un primer estudio se detectó que las necesidades de las poblaciones son diversas, pero la primera de ellas es la paz. En un encuentro público celebrado en Yerevan el diciembre pasado de la parte armenia del proyecto, donde se encontraban los donantes y diferentes actores involucrados, aparecieron varias posiciones al respecto de esta situación. Por un lado los alcaldes, que manifestaron la opinión de sus ciudadanos que no quieren abandonar su tierra, pero explicando a los asistentes que la vida se hace muy difícil en estas circunstancias. Las posibilidades de cultivo se han reducido significativamente debido a que muchas tierras están bajo la línea de fuego del ejército enemigo, cosa que afecta duramente a la economía. Infraestructuras como la electricidad y el agua tienen deficiencias debido a la imposibilidad de los técnicos de trabajar en estas condiciones. Muchas veces los vecinos sólo disponen de dos horas al día de suministro. También carreteras y caminos han sido dañados. Los efectos psicológicos son otro gran problema, por ejemplo, los colegios y guarderías tienen que tener las ventanas y postigos cerrados por el miedo a recibir disparos, hecho que afecta tanto a niños como padres. Los medios de subsistencia en estas circunstancias son muy penosos.

 En la reunión surgieron discrepancias diversas, por ejemplo debido a la insistencia de los militares en formar a los jóvenes de corta edad en técnicas militares en la misma escuela secundaria, para poder hacer frente a una posible invasión azerí. Delante de las protestas de los alcaldes sobre la situación que viven, un representante de la compañía estatal de telecomunicaciones les recordó la situación de guerra y que tienen que estar preparados para cualquier cosa poniendo el ejemplo de Israel: “allí no preguntan si pueden cultivar o no”, dijo, dejando caer la máxima romana seguidamente “si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepárate para la guerra).

 Los dos países continúan dominados, en parte, por élites salidas de la Unión Soviética y que tuvieron un papel importante en la guerra del 1988-94. De hecho los dos presidentes actuales de las dos repúblicas participaron directamente en ella. Sehr Sargsyan, Presidente de Armenia, cambió la constitución a final del año pasado con un más que dudoso referéndum, criticado por la oposición y organizaciones internacionales, que le permite perpetuarse en el poder. Después de varias manifestaciones de protesta infructuosas, esta vez la gente casi ni protestó. La vida es cada vez más difícil en esta república y la mayoría de jóvenes solo aspira a emigrar.

 Ilham Aliyev, su homólogo azerí, cambió también la constitución hace pocos años. Con la bajada de los precios del petróleo su gobierno ha empezado a ser cuestionado y las protestas se han generalizado. En el último año, la moneda nacional, el manat, ha perdido un 100% de su valor respecto al dólar. El grueso de la sociedad está sufriendo una crisis que parece no afectar a una elite dirigente enriquecida que durante los años de bonanza ha administrado las enormes ganancias del petróleo gastando dinero en  proyectos considerados inútiles  por la mayor parte de la población. Además el Gobierno de Aliyev ha sido criticado por encarcelar a opositores, periodistas y activistas por los derechos humanos, manteniendo el país bajo un régimen de control casi dictatorial.

 Una vez más, a finales del año pasado, el Consejo de Europa recordó en un comunicado la resolución 1416 de 2005. En dicha resolución ya se especificaba que las dos repúblicas fueron aceptadas en dicho consejo en enero de 2001 bajo la promesa de resolver pacíficamente el conflicto. El hecho de matar civiles indiscriminadamente va demasiado lejos, subrayó el comunicado.

 Puede ser que el conflicto de Nagorno-Karabaj sea una cuestión generacional. Como se ha dicho buena parte de las élites dominantes todavía hunden sus raíces en la era soviética. Estas han sabido perpetuarse en el poder pese a la desintegración del socialismo y adaptarse al mundo capitalista manteniendo su posición, pero eso si, creando un particular tipo de capitalismo autoritario, diferente en cada caso. Quizás el precio que sus poblaciones han tenido que pagar ha sido demasiado alto, los gobiernos han sido incapaces de solucionar el problema más grave que les afecta: la guerra.

 Parece que sólo cabe esperar que la mediación internacional, después del último y desafortunado choque del pasado abril donde alrededor de 200 personas perdieron la vida, ayude a superar el bloqueo, que ya hace muchos años que dura. Aunque teniendo en cuenta la actual tensión entre Turquía y Rusia, que también son partes afectadas, podría ser justo lo contrario y Azerbaiyán, alentada por el gran momento que vive Turquía en el contexto internacional, podría lanzar una gran ofensiva sobre los territorios que reclama como suyos.

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