Miguel Ángel Pérez Martín (Observatorio del Derecho Humano al Agua) :::: Desde la desaparición de la política de bloques en el escenario internacional mucho se ha hablado en think tanks y medios de comunicación sobre “la ruta de la seda”; una ruta que uniría a Europa y Asia y que tendría su gran epicentro en Asia Central. Desde allí, las mercancías procedentes de Asia-Pacífico se distribuirían hacia Europa, Mediterráneo y África. Esta ruta, desde los tiempos de Marco Polo, ha fascinado a dirigentes políticos y agentes económicos.

En 1904, el político y geógrafo inglés Halford John Mackinder denominó a Asia Central como el corazón continental del mundo, un corazón que a su juicio era necesario controlar para mantener la hegemonía mundial británica sobre las rutas comerciales transcontinentales, puesto que la construcción de ferrocarriles en Eurasia y el posterior transporte de las materias primas asiáticas por parte de Rusia, podrían hacer peligrar su supremacía comercial en Asia, basada en las rutas transoceánicas que tenían como destino la India. No sólo las teorías mercantilistas inspiraban a Mackinder en sus teorías geopolíticas sobre Asia Central, también la seguridad jugaba un importante rol en su pensamiento. Siguiendo con sus razonamientos, Europa a lo largo de su historia había recibido numerosas oleadas de pueblos turco-mongoles; en consecuencia, el control de Asia Central es clave para prevenir futuras invasiones desde el flanco este europeo.

Este binomio (competición económica y seguridad) sigue animando parte del pensamiento de políticos y especialistas en sus reflexiones sobre Asia Central, dando lugar a una reedición de la geopolítica Mackinderiana denominada “el nuevo gran juego”. Hoy la región parece representar para algunos especialistas y think tank un nuevo dorado del petróleo y el gas, y también un espacio que puede engendrar peligrosos grupos terroristas que podrían actuar en suelo europeo para crear un nuevo califato en tierras cristianas. Ambas visiones resultan exageradas a todas luces. En 2015 Turkmenistán, el único país con posibilidades de exportar grandes cantidades de gas, fue el sexto del mundo en reservas, mientras que Kazajistán, el país con mayores reservas de crudo de la región, ocupa el doceavo lugar del mundo. Aunque la producción de gas y petróleo centro-asiático puede tener una gran importancia a nivel regional, el centro energético global sigue gravitando y gravitará en las próximas décadas en torno al Golfo Pérsico, que cuenta con más de la mitad de reservas de hidrocarburos del mundo.

En cuanto a la posibilidad de que algunos países de Asia Central se convirtieran en Estados que apoyasen el terrorismo internacional, también es una posibilidad remota a medio plazo. Los Estados centroasiáticos se proclaman laicos y se hallan enormemente preocupados por el auge de grupos terroristas en Afganistán. Todos los países de la región, excepto Turkmenistán que tiene como principio fundamental de su política exterior el no-alineamiento, forman parte de diversas alianzas de seguridad patrocinadas por Rusia (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva), China y Rusia (Organización de Cooperación de Shanghai) o Estados Unidos y Europa (Organización del Tratado de Atlántico Norte).

Según Mackinder y sus actuales seguidores en referencia a las grandes posibilidades que ofrece el corredor logístico Asia-Europa, hay que aclarar que son simplemente eso, posibilidades, pero de difícil realización. De hecho, el corredor de transporte que conecte el Pacífico con el Atlántico vía Asia Central ya existe; el Transiberiano une el Pacífico con el Báltico, pero algunos de los que suelen hablar de crear esta “gran ruta de la seda” tienen en mente, al igual que Mackinder, evitar su paso por territorio ruso. Mientras, crear otra ruta logística proveniente de China hasta Europa en condiciones de competir con la actual ruta transoceánica Europa-Asia es una fantasía. Algo así (China-Asia Central-el Caspio-el Cáucaso-el Mar Negro-Oriente Medio-Turquía-Europa del Este) exige una costosa red de transporte intermodal que combine el transporte por mar, ferrocarril y carretera. Sus actividades tendrían que hacer frente a unas condiciones de seguridad difíciles y costosas dada la gran cantidad de conflictos no apaciguados en la zona (Afganistán, Iraq, Siria, Cáucaso Norte, Nagorno-Karabaj, Ucrania). Y lo más importante, una red intermodal de tal magnitud exige una armonización e integración política y económica de todos los países de paso, de la cual adolecen y tardarían décadas en concretar. Más efectivo y realista sería coordinar la construcción de pequeñas rutas logísticas regionales que satisfagan las necesidades locales, y que finalmente converjan en una gran ruta trasncontionental.

Por lo tanto, la propuesta de ciertas rutas logísticas, la exageración de la prestaciones energéticas de este entorno y la teorías sobre la posibilidad de conversión de los Estados centro-asiáticos en difusores del islamismo radical, en mi opinión, obedecen más a la necesidad de algunas grandes potencias de justificar ante su opinión pública su implicación económica y militar en la zona que una preocupación real por mejorar el bienestar de los habitantes de esta región.

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