Adrián Tarín :::: El pasado 14 de marzo el presidente ruso Vladímir Putin anunció ante los medios de comunicación que su campaña militar en Siria había terminado. Una vez más, el Comandante en Jefe hizo gala de su astucia y su hábil manejo de los tiempos, sabiendo cuándo debía intervenir y cuando, en cambio, dar un paso al costado.

Es necesario recordar aquí que lejos de retóricas “antiterroristas”, el máximo sentido –y también su máxima victoria- de los bombardeos rusos en Siria fue disputar la hegemonía internacional a Estados Unidos y sus aliados en la particular “guerra de posiciones” geopolítica. Desde la invasión de Iraq en 2004 hasta el derrocamiento de Gadafi en 2011, la deriva internacional había sido implacable contra los intereses rusos. No obstante, en el último lustro –con algunos espasmos previos en el breve conflicto entre Rusia y Georgia de 2008- Putin ha conseguido revertir la situación, sobre todo gracias a la crisis ucrania, cuya anexión de Crimea no ha sido contestada, y a su apoyo a Bachar al-Asad.

El presidente sirio, allá por 2011, veía de reojo a Ben Alí, Gadafi y Mubarak, y pocos imaginaban que hoy estaría rehabilitado como la única esperanza contra el yihadismo regional. Gran parte de ello se lo debe a Putin, que no sólo conserva un aliado eternamente agradecido en la “zona caliente”, sino que mantiene intacta su base militar de Tartu. Putin es hoy más escuchado que nunca, lo que demuestra lastimosamente que, por muy valiosos que sean los aportes postestructurales sobre el consenso, todavía queda espacio para la “política del boxeo”.

Pero además, su retirada también resulta un ejercicio de poder inteligente. Algunos de los más importantes objetivos de la operación rusa en Siria se han cumplido, y quizá por eso ya no tenga tanto sentido permanecer allí. Asad sigue en pie, Rusia ha dado un golpe en la mesa y también ha hecho las delicias de una derecha populista sedienta de machos alfa así como de una izquierda regresiva que abandonó la militancia socialista a favor de la antiestadounidense. Por si fuera poco, incluso sus ahora aliados norteamericanos podrían haber asesinado al líder checheno del Estado Islámico Omar al-Shishani.

Además, Putin debía conocer tan bien como otros que, bombardeando tierra musulmana, estaba jugando con fuego. Desde la caída del primer proyectil, Rusia ha sufrido el importante sabotaje de Sharm el-Sheij y a punto estuvo de entrar en conflicto militar abierto con Turquía después de que éste derribara ilegítimamente un avión militar ruso que penetró durante pocos segundos en el espacio aéreo otomano. Y, aunque es cierto que la acción defensiva rusa está dando sus frutos en el Cáucaso Norte, reduciendo cada vez más el número de ataques y reprimiendo con dureza a la insurgencia, en el último año está teniendo que enfrentarse a un nuevo enemigo: la filial del ISIS en el Cáucaso, Vilayat Kavkaz (VK).

Aunque esta organización ha crecido a costa del Emirato del Cáucaso (EC) y, por tanto, lo ha debilitado, el futuro de los nuevos invitados es impredecible. En los últimos meses se han multiplicado las amenazas verbales y ha sido capaz de ejecutar a varias personas, la última en este mismo mes de marzo, así como atacó una zona turística, primero, y luego un puesto policial en Derbent, Daguestán. No puede afirmarse que la campaña en Siria determine un posible aumento de actividad yihadista en Rusia, pero desde luego la retirada contribuye a apaciguar los ánimos. Rusia siempre ha sido un objetivo del yihadismo moderno y bombardear “tierra sagrada” no ayuda, precisamente, a mejorar su imagen de “infiel”. Incluso sirve de coartada a excéntricas asesinas para decapitar niñas y exhibirlas en pleno Moscú.

Así, Putin vuelve a mover ficha y a adelantarse a sus adversarios, con la sensación de haber hecho los deberes. Los soldados rusos se despiden de Siria con concentraciones “espontáneas” de civiles en Damasco que ondean la tricolor junto a retratos del líder de la Federación. Un líder que parece hacer gala del dicho “la realidad supera la ficción”, mejorando en cinismo y estrategia al brillante Petrov de House of Cards.

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