Miguel Vázquez Liñán :::: Tras el asesinato de Borís Nemtsov, hace ahora un año, Ramzán Kadyrov se apresuró a ofrecer a los medios de comunicación, su interpretación de los hechos; una versión poco original, basada en algunos de los lugares comunes de la propaganda del Kremlin. A grandes rasgos, Kadyrov venía a decir lo siguiente: el crimen pudo ser organizado por los servicios secretos estadounidenses y ucranianos, con la ayuda de terroristas chechenos. Con la seguridad que da la impunidad, Kadyrov no aportó nada parecido a una prueba que pudiera sostener dicha acusación.

Siguiendo un guión que conocíamos de casos como el asesinato de Anna Politkovskaya, la policía rusa no tardó en mostrar, con la habitual ayuda de los canales estatales de televisión, a un puñado de chechenos que, al parecer, fueron los ejecutores del crimen. Esos mismos canales, recordémoslo, son los que durante los últimos años difundieron “informaciones” que invitaban a pensar en Nemtsov y otros miembros de la oposición, como en quitacolumnistas vendidos a Occidente y, “por lo tanto”, traidores a su propio país. A esta imagen, hegemónica en la Rusia de hoy, apuntaba Kadyrov, sin mencionarla, en sus declaraciones. El líder checheno enmarcó inmediatamente el asesinato: esto es lo que pasa a quienes trabajan para Occidente; cuando ya no son útiles vivos, sus amigos occidentales son capaces de cualquier cosa, incluso de hacerlos desaparecer y usar el asesinato para desestabilizar a Rusia.

También como en el caso de Politkovskaya, los presuntos ejecutores proceden del Cáucaso Norte, en especial de Chechenia. No deja de ser triste que, en una sociedad rota como la chechena, sea tan fácil encontrar a quien esté dispuesto a apretar el gatillo, ni que en Rusia sea tan complicado llegar hasta el final en las investigaciones que afectan a periodistas, defensores de derechos humanos o políticos que denunciaron las corruptelas de las élites del país.

Nemtsov era uno de ellos. Fueron públicos sus enfrentamientos dialécticos con Ramzán Kadyrov, lo que en la Rusia de hoy resulta un acto de valentía política. En los comienzos de la segunda campaña chechena, que a la postre fue crucial para el ascenso de Vladímir Putin a la presidencia, Nemtsov estuvo entre quienes, a contracorriente, en un contexto en el que el odio étnico y la identificación entre chechenos y terroristas era la norma, apostó por una política diferente, hoy olvidada, que pretendía eludir una guerra que, entonces, se presentaba como la única salida.

De hecho, la Historia tiene a menudo mala memoria cuando se refiere a proyectos “fracasados”, es decir, que tuvieron poco recorrido o considerados poco influyentes en lo que ocurriera posteriormente. Pero en aquel momento, el de los inicios de la segunda guerra chechena, denunciar, como hiciera Nemtsov, los excesos del ejército ruso, la situación de los refugiados chechenos, así como abogar por las negociaciones con el que fuera presidente de Chechenia, Aslán Masjádov, era reivindicar un giro copernicano en la política oficial del Kremlin.

No todo fueron luces en las propuestas sobre Chechenia del entonces diputado Nemtsov, pero tuvo entre sus aciertos el haber sabido diferenciar entre las posiciones de Shamil Basáev, organizador de actos terroristas como el asalto al teatro Dubrovka de Moscú, en 2002, o la masacre de la escuela de Beslán en 2003, y el citado Masjádov, que condenó contundentemente dichos atentados. Nemtsov entendió que el apoyo a las negociaciones con los chechenos llamados entonces “moderados” (encabezados por Masjádov), podría haber aislado a los seguidores de Basáev y facilitado una salida negociada al conflicto. De hecho, el propio Nemtsov encabezó, en el año 2000, una serie de conversaciones con parlamentarios chechenos (del Parlamento elegido en 1997), no exentas de gran valor simbólico en un momento en el que cualquier contacto con las autoridades chechenas era interpretado por el Kremlin, y los medios bajo su control, como un acto de traición. Ya en ese año, el gobierno ruso había comenzado su política de “chechenización” del conflicto y, para liderarla sobre el terreno había elegido a Akhmad Kadyrov, padre del actual presidente checheno.

Desde entonces, y hasta su asesinato en febrero de 2015, la denuncia de Borís Nemtsov al autoritarismo de Kadyrov y a la corrupción que preside la actual relación entre Moscú y Grozny fue permanente. Personalmente, estoy ideológicamente lejos de Nemtsov. Ni soy un “liberal” ni comparto, de hecho, la habitual división que periodistas y académicos hacen de la clase política rusa entre “liberales” y “putinistas”, que considero, cuando menos, reduccionista; pero, en un contexto de silencios cómplices y de adulación al poder, la posición valiente de políticos como Borís Nemtsov es hoy esencial para poder mirar hacia adelante, en Rusia, con un mínimo optimismo.

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