Marta Ter :::: Hoy, 23 de febrero, se conmemora el 72 aniversario de la deportación del pueblo checheno e ingush a Asia Central, llevada a cabo en 1944. Desde que Rusia conquistó el Cáucaso en el siglo XIX, el pueblo checheno ha sufrido periódicamente represiones organizadas desde Moscú y, de todas ellas, probablemente la deportación en masa de toda la población en 1944 es el hecho que más les ha marcado.

El trágico episodio ocurrió en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, cuando Stalin decidió liquidar a cuatro naciones del Cáucaso Norte, bajo la falsa acusación de colaboracionismo con los nazis. Toda la población chechena, ingushetia, karachai y balkar fue deportada en masa a Asia Central y Siberia en operaciones de una gran eficiencia llevadas a cabo por la NKVD (precursora del KGB).

La operación comenzó en enero de 1944. Decenas de miles de soldados soviéticos entraron en Chechenia con el pretexto de que venían directamente del frente y necesitaban descansar de la guerra. Gran parte de los soldados fueron acogidos en hogares particulares de chechenos de todas las ciudades y pueblos de la pequeña república caucásica, sin levantar ningún recelo.

Dos meses después, el 23 de febrero, Día del Ejército Rojo, todos los hombres chechenos fueron convocados, en los edificios del Soviet local, para conmemorar esa fecha. Sin sospechar nada, acudieron de forma voluntaria. Una vez aislados de sus familias y agrupados bajo vigilancia, se les anunció la deportación de toda la población chechena, acusada de traición y colaboracionismo con el enemigo alemán. Nadie entendía nada: los alemanes no habían pisado nunca Chechenia y muchos soldados chechenos habían sido condecorados por su destacada labor en el Ejército Rojo.

Mientras tanto, los soldados soviéticos recorrían Chechenia, casa por casa, para trasladar mujeres, niños y ancianos hacia las estaciones de tren más cercanas. Les comunicaron que serían deportados y que debían coger ropa y comida para un par de días, lo que duraría el viaje hasta llegar al nuevo destino.

Desde los lugares de montaña más remotos era difícil transportar a la población hacia las estaciones del llano, debido a la nieve. En muchos casos, se ordenó eliminar a la gente en el lugar. En el pueblo de Khaibakh, por ejemplo, se reunió a sus 704 habitantes en un granero y fueron quemados vivos.

En las estaciones ferroviarias, se llenaron a rebosar cientos de vagones de ganado y, en condiciones infrahumanas, 387,230 chechenos atravesaron la estepa rusa en pleno invierno. El trayecto no duró los dos días anunciados, sino que se prolongó un mes. Se estima que un 30% de los deportados murió de frío y de hambre durante el trayecto.

Desde entonces, el recorrido que hicieron las caravanas de deportados se conoce entre los chechenos como la “Ruta de la Muerte”.

Después de haber expulsado a los chechenos y a los otros pueblos norcaucásicos de las tierras de sus ancestros, el régimen soviético borró de los mapas los nombres de las repúblicas liquidadas y destruyó los signos de su cultura, sin preservar ni cementerios ni mezquitas. Finalmente, envió a miles de rusos, ucranianos, georgianos y osetios a ocupar las casas que habían quedado vacías.

Los chechenos vivieron en tierras extrañas, en medio de una población hostil que los veía como colaboracionistas, como enemigos, hasta 1957, cuando el presidente Jrushov y su política de desestalinización permitió que los pueblos deportados volvieran a sus tierras. El retorno, sin embargo, fue duro, al encontrarse con sus casas ocupadas por los nuevos colonos.

El trauma de esta tragedia es profundo, no sólo en la generación que sobrevivió al trayecto de la “Ruta de la Muerte” y en la nacida en el exilio, sino también en sus descendientes.

Lo que sucedió con los chechenos y con las otras etnias del Cáucaso Norte fue un crimen del que nadie, ni en la URSS ni en el extranjero, sabía nada. No fue hasta 1991 que Moscú rehabilitó oficialmente al pueblo checheno, reconociendo la falsedad de las acusaciones de Stalin. Y en 2004, sesenta años después de la deportación, el Parlamento Europeo reconoció que lo ocurrido había sido un genocidio.

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