Ana Sanchez Resalt :::: Esta es la historia de la directora de la Biblioteca de Literatura Ucraniana de Moscú, Natalia Sharina, bajo arresto domiciliario desde el 29 de octubre de 2015 por almacenar en ella “literatura prohibida”. Memorial la considera una “presa política”; las autoriadades rusas, una extremista dispuesta a socavar la idílica, aunque débil, hermandad entre rusos y ucranianos.

Una de las maneras más efectivas de controlar lo que se puede conocer es restringir el acceso a la información. Eso “que se puede conocer” es lo que nos permite crear el mundo en el que vivimos, dar sentido a las prácticas que tienen lugar en él, legitimar o rechazar acciones o ideas de un determinado grupo social o dominante, etc. Hoy día, Internet pone al alance de la mano de casi cualquier individuo la posibilidad de acceder a información ilimitada. Años atrás, sin embargo, la operación  era algo más complicada: había que ir a buscar a la biblioteca o, si existía en tu ciudad o pueblo, a la hemeroteca. Pero no siempre puedes encontrar todo lo que quieres en sus estanterías; a veces porque no tienen ese libro en concreto, otras porque no lo “deben” tener.

Ya hemos mencionado en múltiples ocasiones que la información es poder y que quien controla la información lo ostenta. Por eso, bajo algunos regímenes (especialmente totalitarios o autoritarios), controlar el acceso a las fuentes de información se convierte en acción prioritaria de sus políticas en todos los ámbitos, también en el cultural. Recordemos que el capital cultural que acumulamos a través -entre otros muchos medios- de la lectura (ya sea ficción, no ficción, científica o de cualquier otro tipo) también nos define y nos sitúa socialmente (e ideológicamente). Por este motivo es importante para las autoridades intervenir en aquello a lo que los ciudadanos pueden o no acceder en términos de conocimiento “autoadquirido”.

La literatura, del mismo modo que cualquier otra manifestación artística en general, ha sido siempre una herramienta de propaganda capaz de representar el capital simbólico de un grupo dominante. Es por eso que al poder o, para ser más específicos, a las autoridades siempre les ha interesado agrupar en torno a sí a los autores de esas creaciones, ponerlos a su servicio (por medio de coerción u obteniendo la tácita adherencia a sus políticas mediante la modelación previa de sus imaginarios) como método de control tanto de la forma y como del contenido de sus trabajos. Y cuando eso no es posible porque se trata de autores “díscolos”, obras extranjeras o escritas previamente, poner en marcha un buen sistema de censura (y la subsiguiente y automática instalación de autocensura) es una excelente solución.

Pero, ¿cómo evitamos que la gente acceda a los libros? Es bastante fácil: se pueden ocultar, quemar, prohibir por ley su circulación, impedir su publicación en un determinado territorio, incluso, en su forma más radical, acabar físicamente con el propio autor.

Pero no hay que ser tan extremistas. Podemos, sin más, almacenarlos en un lugar al que solo tengan acceso unos pocos “privilegiados”. El Departamento de Almacenamiento Especial o Departamento de Libros y Documentos Clasificados  (Otdel’ Spetsial’nogo Jraneniyaspetsjran), nace al inicio del liderazgo bolchevique, a principios de los años 20, y era la fórmula “menos violenta”, en términos físicos, de censura de libros y publicaciones periódicas; simplemente, se procedía a su almacenamiento en un departamento especial de la Biblioteca Estatal de Lenin al que nadie tenía acceso, sólo las pocas personas que trabajaban allí, aunque no sabemos si ellas tenían permitido leerlos. Oficialmente, este departamento no existía como tal en la biblioteca, no se mencionaba su horario de trabajo, ni aparecía en ninguna guía. Era un “departamento fantasma”.

Cómo funcionaba la censura libros en los primeros años soviéticos

La persecución de las formas escritas “contrarrevolucionarias” en la Unión Soviética comenzó inmediatamente después de la Revolución de Octubre. A pesar que de los bolcheviques habían abogado por la libertad total de prensa –en los tiempos en los que ellos eran los perseguidos-, las tornas se volvieron cuando fueron ellos los que ocuparon la poltrona. Lo primero que hicieron fue confiscar todas las imprentas y recursos de impresión y edición del país.

Apenas unos días después del ascenso bolchevique al poder, se emitió el decreto “Sobre la prensa”[1]. La normativa ordenaba el cierre temporal de los órganos que hicieran llamamientos abiertos “a la resistencia o desobediencia” del nuevo gobierno, o que sembraran “el caos en la malinterpretación calumniosa de los hechos”. Asimismo, el 20 de diciembre de ese mismo año, la Cheka comenzaba su andadura, y entre sus tareas entraría perseguir incansablemente a la prensa contrarrevolucionaria.

Un mes después, el 28 de enero de 1918, nació por decreto el Tribunal Revolucionario de la Prensa[2], según el cual, cualesquiera faltas o delitos cometidos contra el pueblo a través de la prensa serian juzgados por este Tribunal[3]. Este tribunal sería sustituido por la Glavlit (Dirección General para Asuntos de la Literatura y Editoriales – Glavnoe Upravlenie po Delam Literatury i Isdatel’stv ) en 1922, que se convirtió en el principal órgano censar de la literatura, principalmente libros, con la ayuda de la Editorial Estatal (Gusudartsvennoe izdatel’stvoGosizdat o GIZ)[4].

Desde sus primeros días, la Glavlit tomó una rotunda postura en relación a la censura de las publicaciones de obras extranjeras en la URSS. Se creó, dentro de la Dirección, un departamento especial -conocido como “Inotdel”-, que envió en julio de 1923 a todas sus instituciones subordinadas una hoja informativa especial calificada de “top secret” con la siguiente información:

«No se permite importar a la URSS:

-Obras que posean, específicamente, un carácter hostil hacia el poder Soviético y el comunismo;

-Que transmitan ideología ajena u hostil al proletariado;

-Literatura hostil al marxismo;

-Libros de orientación idealista;

-Literatura infantil que contenga elementos de la moral burguesa con elogio a las condiciones de vida pasada;

-Obras de los autores contrarrevolucionarios;

-Obras de los escritores que han muerto en la lucha contra el poder Soviético;

-Literatura rusa producida por sociedades religiosas, independientemente de su contenido» (Blyut, 1994: p. 194).[5]

Pero, ¿por qué este control? Pues porque había que contribuir en la construcción de la nueva sociedad, del nuevo individuo soviético, de un nuevo gobierno, Partido y Estado, y para ello era necesario proteger las ideas, valores y concepciones bolcheviques y comunistas en las que se apoyaban estas “construcciones” y que permitían al ciudadano involucrarse en este tarea de manera efectiva y “voluntaria”. Un modo de distribuir esas ideas, valores y concepciones era a través de la literatura y la prensa.

Entre los años 20 y 30, la Glavlit reunió una lista con 651 nombres de autores y obras que debían quedar fuera de las estanterías de las bibliotecas soviéticas[6]. También se eliminaban del acceso público aquellos materiales que contenían “defectos políticos”, es decir, aquellos que mencionaran trabajos de los estigmatizados Bujarin, Zinóviev o Trotsky[7].  Muchos de todos estos libros fueron físicamente destruidos.

En los 40, el Museo del Libro entregó al spetsjran toda su colección de “literatura erótica” para incluirla en los estantes de su “departamento fantasma”, donde también fueron a parar libros sobre medicina que contuvieran fotos o dibujos que atentaran contra la “moral” de la gente de algún modo, y libros que trataran asuntos militares clasificados como “secretos”, que contuvieran mapas o estrategias, por ejemplo.

Biblioteca Estatal Rusa
Biblioteca Estatal Rusa

Después de la IIGM, este exhaustivo seguimiento de material “contrarrevolucionario” o “extremista” no se extingue y se añaden publicaciones nazis, además de libros, periódicos y revistas académicas de emigrantes rusos, bielorrusos y ucranianos, libros y publicaciones extranjeras, periódicas y académicas; y en general, publicaciones cuyo contenido cargara con la etiqueta, a veces demasiado inestable, de “antisoviéticas” o “anticomunistas”, sin importar su materia: religión, ciencia, economía, biología, física nuclear, cibernética, genética, etc.

Nadezhda Ryzhak recoge también el estudio realizado por la sección de “Sociología de la Lectura y la biblioteconomía de la Biblioteca Estatal Rusa” sobre el rango de libros prohibidos entonces:

  1. Literatura rusa los siglos XIX y XX, y literatura soviética de autores como Anna Ajmátova, Ósip Mandelstam, Mijaíl Bulgákov, Ígor Severyanin, Alekséi Rémizov, Fédor Sologub, etc.
  2. Grandes obras de la literatura extranjera del siglo XX que raramente eran publicados en la URSS, como las obras de Proust, Borges, Scott Fitzgerald, Dos Passos, etc.
  3. Tamizdat”, es decir, autores soviéticos o rusos prohibidos en la Unión que publicaban en el extranjero, como Aleksandr Sholzhenitsyn, Borís Pasternak, Vyacheslav Ivánov, etc.
  4. Libros religiosos (Corán, Biblia, Talmud) y de filósofos religiosos rusos.
  5. De filosofía, psicología y ética extranjeros publicados en pequeñas tiradas y limitados a “Bibliotecas académicas”.
  6. Libros de investigadores rusos y extranjeros, especialmente estructuralistas y semióticos, como Yuri Lotman, Mijaíl Bajtín o Borís Eijenbáum (o Eichenbaum).

Después del XX Congreso del Partido Comunista en el que Nikita Jrushchov denunció los excesos y violencia exacerbada del régimen estalinista y del propio Stalin, se revisó la lista de la Glavlit y se redujo, aunque con “peros”. Podían acceder a los libros del spetsjran lectores con permisos oficiales que trabajaran en instituciones educativas superiores, pero habían de manifestar claramente cuál era su ámbito de estudio y sólo podían revisar libros dentro de ese campo, y también científicos e investigadores. Algunas excepciones se concedieron con estudiantes y pensionistas.

Así, según apunta Ryzhak , a mediados de los 80 se estimaba que en el departamento de documentos clasificados se encontraban 27.000 libros rusos, 250.000 extranjeros y 572.000 revistas científicas.

Finalmente, en 1988, este departamento de la Biblioteca Estatal Rusa fue clausurado y se instituyó el Departamento de Literatura Rusa Emigrada.

El caso de la bibliotecaria ucraniana que, supuestamente, guardaba “libros prohibidos”… y sí se quemó

Sin embargo, en pleno siglo XXI, aún convivimos con estas listas de “documentos prohibidos” que aplastan la libertad de expresión individual y que los gobiernos ven en el “deber moral” de erigir cuando atenta contra los intereses políticos de un determinado grupo de poder o del mismo gobierno que, a su vez, se considera garante del pueblo, de sus costumbre, valores y moral.

El 10 de julio de 2002, en plena segunda guerra chechena, se aprueba en Rusia la “Ley Federal para neutralizar Actividades Extremistas”. Esta ley pretendía acabar con las actividades de organismos o individuos que intentaran: minar la seguridad en la Federación Rusa, crear fuerzas armadas ilegales, cambiar por la fuerza la estructura constitucional fundamental o destruir a integridad de la Federación, llevar a cabo actividades terroristas, incitar a la animadversión social, racial, nacionalista o religiosa, crear desórdenes o provocar actos de vandalismo motivados por el odio u hostilidad ideológica, política, racial, nacionalista o religiosa, difundir propaganda que defienda la superioridad o inferioridad de ciudadanos según su base religiosa, social, racial o nacional, o por su afiliación religiosa o lingüística, etc. Esta ley también luchaba contra cualquier propaganda o manifestación pública pro nazi. La situación internacional e interna de Rusia “exigía” una ley de tal contundencia.

Natalia Sharina
Natalia Sharina

Y aún hay más. Desde el 14 de julio de  2007, el Ministerio de Justicia prepara anualmente la “Lista de materiales extremistas”, que incluye páginas web que criticaban a las autoridades, textos religiosos extremistas, vídeos, panfletos, artículos, libros, discos, etc. de contenido racista, ultranacionalista, extremista, antirruso, etc. Cualquier publicación o manifestación artística que se sitúe en contra de lo moral y éticamente concebido como correcto y útil para la defensa de los intereses de la Federación, ha de ser públicamente señalado y prohibido. En un alarde de excelsa ecuanimidad, en esos materiales extremistas también se incluyen aquellos utilicen eslóganes del tipo “Rusia para los rusos”. La lista, actualmente, contiene 3278 documentos.

Y por fin, llegamos a la historia de la detención de la directora de la Biblioteca de Literatura Ucraniana de Moscú, Natalia Sharina. El Comité de Investigación de la Federación Rusa inicia un proceso para encausar a Sharina alegando que había permitido la circulación, entre 2011 y 2015, de “publicaciones prohibidas” de autores como Dmitro Korchinsky, ultranacionalista ucraniano antiguo líder del grupo UNA-UNOS (Asamblea Nacional Ucraniana – Autodefensa del Pueblo Ucraniano). El 28 de octubre de 2015, la Policía se personó en la biblioteca requisando hasta 170 publicaciones. Posteriormente, acudió también a la casa de la directora del centro y a la de Valery Semenenko, líder del grupo de la diáspora ucraniana en Moscú.  La situación es bastante más grave de lo que parece, pues su condena podría ser de hasta 5 años de prisión.

Al parecer, la “redada” fue iniciada tras la denuncia de Dmitri Zajarov, diputado municipal del distrito Yakimanka de Moscú. Según Zajarov, entre los libros requisados (de algunos incluso tomó fotografías que publico en su página de Facebook), se encontraría un libro de dibujos para niños en los que, en palabras de Zajarov, se leía un eslogan que decaía “Gloria a Ucrania, Gloria a los Héroes”. Este libro no aparece en la lista de libros prohibidos en Rusia, pero parece tener una bandera “roja y negra” que se relaciona con la ultra derecha ucraniana, del grupo “Sector Derecho” (Pravy Sektor), organización prohibida en Rusia. Al parecer, también había libros de Stepán Bandera, el nacionalista ucraniano que durante la IIGM colaboró con los nazis.

Tras horas de interrogatorio en la madrugada del 28 al 29 de octubre de 2015, Natalia sufrió una crisis hipertónica. Los médicos pidieron su hospitalización, pero los jueces de instrucción se negaron y decidieron trasladarla a las dependencias del OVD (militsiya de distrito) de Taganka, donde no recibió ningún tratamiento médico. El 30 de octubre, a las 9 de la noche, Sharina fue puesta, por orden del tribunal de Tagaranka de Moscú, bajo arresto domiciliario hasta el 27 de diciembre de 2015.

En una entrevista, Natalia Sharina declaró que el juez “quería que confesase que, en uso de mi cargo, de 2011 a 2015, he sembrado intencionadamente la discordia internacional entre los pueblos ruso y ucraniano“. Sharina explica que el juez le preguntó que si, al leer un libro, ella no podía determinar si se trataba de una publicación extremista o no: “yo le he explicado que soy bibliotecaria y no experta en literatura. Mi trabajo no es distinguir entre la literatura extremista y la no extremista“. Entonces, tal y como relata Sharina, el juez le exigió que respondiera con un “sí” o un “no” a la pregunta que la había hecho o la enviaría a la cárcel. Natalia Sharina  recordaba que siempre ha trabajado en este mundo de forma correcta y eficaz, atendiendo a la normativa estatal, y que antiguamente, “cuando los libros de Bulgákov estaban prohibidos”, éste y todos los demás prohibidos estaban en el spetsjran.

No era la primera vez que Sharina se enfrentaba a una situación similar. En 2010 fue acusada de extremismo por trabajar con libros que motivaban a la “incitación al odio o a la enemistad. También la acusaron de estar, supuestamente, en posesión de publicaciones sospechosas de vinculación con el UNA-UNOS. La directora, en aquel entonces, sostuvo que sigue fielmente la lista que cada año actualiza el Ministerio de Justicia sobre libros extremistas o prohibidos. Si los libros no figuran ahí, no tiene medio de discernir si se trata o no de literatura extremista. Antes de comprar o adquirir cualquier ejemplar, se verifica con la lista. Todo es material de editoriales oficiales y no tienen libros clandestinos, ni octavillas ni material de samizdat.

En noviembre, la organización Memorial denunciaba su caso y la calificaba de “presa política”, exigiendo su liberación. Pero a pesar de la apelación de su abogado, el arresto domiciliario continuó despues del 27 de diciembre.

Finalmente, el pasado 27 de enero el tribunal de Moscú anunció la prolongación del arresto domiciliario de Sharina hasta el 28 de abril de 2016. El presidente Vladímir Putin declaró no conocer el caso de Natalia Sharina, aunque prometió que lo estudiaría, defendiendo que la biblioteca había de seguir funcionando.

Mijaíl Bulgákov arrojó al fuego el manuscrito de su obra ante la amenaza de que oficiales del NKVD se presentaran en su casa para registrarla en busca de literatura contrarrevolucionaria. Muchos autores que sobrevivieron (o no) al régimen estalinista tuvieron que destruir sus obras y, en el destierro o años después, intentar reescribirlas (o ellos o sus familiares o amigos), tal y como ocurrió con El Maestro y Margarita. El estado de constante vigilancia al que eran sometidos los ciudadanos soviéticos, especialmente la intelligentsia cultural no partidista, estimularía, a mediados de los 50, todo un entramado de copias clandestinas y autoediciones (conocido como samizdat) que también se basaba en la memorización de textos completos o extractos, recitados en veladas clandestinas. Woland, la encarnación del diablo en la novela de Bulgákov, le dice al maestro, que ha quemado su obra sobre Poncio Pilatos porque nadie ha querido editarla y porque lo han acusado de loco: “los manuscritos no arden”, es decir, el verdadero arte perdura por encima de todo.

Mijaíl Bulgákov
Mijaíl Bulgákov

Y ya casi 100 años después, parece que en Rusia nada ha cambiado, que todavía existe una literatura que hay que prohibir, “no apropiada”, que atenta “contra la moral” del pueblo, contra “sus intereses”, contra “sus valores”, contra la unidad, la fraternidad, la igualdad, que es “extremista”, sucia, antirrusa… Y aunque condenen a Sharina a “x” años de prisión, los manuscritos no arden. Le pese a quien le pese.

— NOTAS —

[1] Se puede consultar en ruso en el archivo online de la Facultad de Historia de la Universidad Estatal de Moscú http://www.hist.msu.ru/ER/Etext/DEKRET/press.htm  [Ref. 16.2.16 ]. Menos de un año después, el 18 de marzo de 1918, otro decreto del Sovnarkom asestaba la estocada mortal a la prensa burguesa con el decreto “Sobre el cierre de los periódicos burgueses moscovitas”. [Ref. en http://www.opentextnn.ru/censorship/russia/sov/law/snk/1917/?id=617]

[2] Se puede consultar en la web de la Facultad de Historia de la Universidad Estatal de Moscú, en http://www.hist.msu.ru/ER/Etext/DEKRET/18-01-28.htm [Ref. 16.2.16]

[3] Esas “faltas” eran “noticias falsas o informaciones deformadas sobre acontecimientos de la vida pública, por representar un atentado contra los derechos e intereses del pueblo revolucionarios, y también la violación de las normas sobre la prensa publicadas por el Poder Soviético”. Además, este Tribunal se encargaría de establecer las multas económicas, la expresión pública de la reprimenda, la colocación en un lugar bien visible o publicación especial del desmentido de las noticias faltas; la suspensión temporal o permanente de las publicaciones o su retirada de la circulación; la confiscación de las imprentas y propiedades de empresas relacionadas con impresión y tipografía; la privación de libertad, etc.

[4] Nace por decreto del Comité Ejecutivo Central el 21 de mayo de 1919 [Ref. en http://feb-web.ru/feb/litenc/encyclop/le2/le2-6552.htm , 16.2.16]. La Gosizdat cuenta con una sección para la censura política, en la que participa el Agitprop. El 18 de noviembre de 1921, el Politburo ordena al departamento político de la GIZ: “No permitir publicaciones claramente reanccionarias, entre las que se enceutran los libros religiosos, misticos, anticientíficos, políticamente hostiles, etc.” [Ref. en http://ria.ru/history/20070606/66730719.html , 16.2.16].

[5] BLYUT, A. V. Za kulisami „Ministerstva Pravdy“: Tainaya istoriya sovetskoi tsenzury. 1917-1929. San Petersburgo: Akadem. Projekt, 1994.

[6] Informe del Departamento de Literatura de la Emigración Rusa de la  Biblioteca Estatal Rusa, N. V. Ryzhak, titulado „Tsenzura v SSSR i Rossiiskaya Gosudarstvennaya Biblioteka“.

[7] Circular secreta del Comité Central, №133/79 sobre los departamenos especiales de almacenamiento o departamentos de documentos clasificados [Ref. en http://www.opentextnn.ru/censorship/russia/sov/law/tsk/1930/?id=226 , 16.2.16]: „Los libros de Trotsky y Zinóviev deben ser traspasados de las bibliotecas rurales y de distrito a las bibliotecas de óblast o biblioteca adjunta al Comité provincial“.

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