Miguel Vázquez Liñán :::: El Partido Ley y Justicia, que gobierna Polonia con mayoría absoluta, vuelve a dar muestras de su rancio conservadurismo de inspiración nacional-católica, personificado por Jaroslaw Kaczynski, que parece haberse propuesto encarnar la explosiva perfecta entre Margaret Thatcher, Karol Wojtyła y Benito Mussolini.

Esta vez se trata de los medios de comunicación. En su cruzada por eliminar la débil separación de poderes polaca, reformó recientemente el Tribunal Constitucional y, ahora, la ha emprendido con una ley de medios aprobada con nocturnidad y alevosía que tiene el objetivo mal disimulado de purgar los medios (especialmente los públicos) de periodistas díscolos, es decir, no demasiado patriotas, o demasiado poco católicos o que se les va la mano al hablar en positivo de la pluralidad política, étnica o de formas de ver el mundo. El gobierno polaco está concentrado, desde hace unos meses, en la formación del espíritu nacional de sus ciudadanos, hasta el punto que la Unión Europea se ha dado por aludida y ha movido ficha (un poquito, eso sí, sin exagerar…).

Kaczynski, representante de la Polonia que se ve a sí misma como la reserva espiritual de Europa, es un feroz antirruso que no pierde la oportunidad, cada vez que le dejan, de solicitar a la OTAN que le llenen el país de bases con todo tipo de misiles apuntando al vecino del este. Por si fuera poco, y para aportar algo más de épica, su hermano Lech, que fuera presidente de Polonia, murió en 2010 en un accidente de avión mientras se dirigía a Rusia para asistir a un homenaje a las víctimas de Katyn, ese bosque en el que la NKVD (antigua denominación del KGB) asesinó a más de veinte mil polacos (buena parte oficiales del ejército) en el año 1940, durante la Segunda Guerra Mundial. La actitud de Varsovia, claro, le viene de maravilla a un Putin siempre dispuesto a subrayar los argumentos hostiles a Rusia que vienen de Europa, con el objeto de justificar sus políticas. Por su parte, cada salida de tono del Kremlin es usada por Kaczynski para demostrar el peligro que supone Rusia, con su permanente pulsión imperial, para la estabilidad Europea en general y para la de Polonia e particular.

Tampoco Kaczynski, como su enemigo Putin, pierde la oportunidad de traer permanentemente la Segunda Guerra Mundial a las primeras páginas de los periódicos para, también como su rival ruso, hacer gala del coraje, la entrega, el sacrificio y el sentimiento patriótico del que hace gala el pueblo polaco (o ruso, tanto monta…) cuando pintan bastos. También, como el inquilino del Kremlin, no pierde ocasión para recordar la importancia de conservar los valores propios del país, que coinciden con los de la parte más conservadora de la Iglesia oficial (católica en Polonia, ortodoxa en Rusia, retrógradas ambas). Y conservarlos, claro está, por las buenas o por las malas.

Kaczynski y Putin, desde luego, se necesitan el uno al otro para justificar sus políticas ante sus votantes y, también, su papel internacional. Ambos, además, cosechan múltiples adhesiones internacionales, tanto entre líderes políticos como entre parte de la ciudadanía. Kaczynski se presenta como quien saca pecho ante el oso ruso, mientras Putin lo hace ante EEUU. Esta política de la testosterona inhibe el acercamiento serio a la actuación de ambos líderes en sus propios países; actuación que con dificultad aguanta la mirada con lupa sin provocar desazón. Apoyar y dejar avanzar en sus proyectos a Putin, Kaczynski, y a otros de similar pelaje es colaborar un modelo autoritario, trasnochado y peligroso. Muy probablemente, a cualquier español mayor de cuarenta años le resultará familiar la propuesta política de estos dos centinelas de occidente.

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