Miguel Ángel Pérez Martín (Observatorio del Derecho Humano al Agua) :::: En la última década algunas cifras macro económicas  han sido muy positivas para Asia Central. Países ricos en hidrocarburos como Turkmenistán, Kazajistán y en menor medida Uzbekistán han  alcanzado incluso cifras de dos dígitos en su PIB anual, y aquellos países menos afortunados en materias primas como Tayikistán y Kirguizistán también han experimentado un fuerte crecimiento de sus economías.

 Este súbito crecimiento de la riqueza no ha repercutido en la totalidad de la población centro-asiática, y paradójicamente el número de personas que no disponen de acceso a agua potable y saneamiento se ha incrementado. De acuerdo con el último anuario de UNICEF, publicado en  2014, la población de Asia Central y el Cáucaso ha experimentado un retroceso de un 1% en ambos campos. Esto significa que existe un numeroso grupo de ciudadanos que disponían, y ya no, de acceso a agua en condiciones saludables y defecan en condiciones poco dignas o insalubres.

Uno de los países con peores cifras es Uzbekistán. De acuerdo con The UNDP Country Programme Action Plan 2010–2015 en el país más poblado de la región, con más de 31 millones de habitantes, solo el 21% de la población rural del país tiene acceso a agua limpia. Según las cifras del Banco Mundial la población rural uzbeca asciende a poco mas de 18 millones de personas en 2014, por lo que más de 14 sobreviven sin salida de agua potable.

La gestión de los recursos hídricos en la región sigue siendo una asignatura pendiente tras más de dos décadas de independencia. Los factores que han propiciado esta situación están relacionados con políticas nacionales poco eficientes y con falta de transparencia en la gestión del agua, así como por una escasa cooperación internacional respecto a los cursos de agua transnacionales que comparten y que concentran prácticamente la totalidad de sus reservas de agua.

A ello hay que sumar que los países de Asia Central son de los mayores derrochadores de agua en el mundo. Por ejemplo, según la revista Nature Turkmenistán usa tres veces más agua que India para producir un 1% de su PIB, cuatro veces más que Egipto, 14 más que China y 43 más que España. En cuanto al reparto del agua, se hace sin la suficiente transparencia y participación de los usuarios; el cohecho y el nepotismo gobiernan gran parte de las distribución del líquido elemento. En 2014 el International Crisis Group en su Boletín 23 dedicado a Europa y Asia Central situó a  la corrupción como una de las principales causas  de  los conflictos hídricos en la región.

Respecto a la cooperación internacional, entre los países que comparte los dos grandes ríos de la región (Amu darya y Syr Darya) el equilibrio es muy frágil. El único acuerdo firme es el cupo de agua al que cada país tiene acceso, pero el principal problema sin resolver sucede cuando el caudal no es suficiente o la calidad del agua es deficiente. En este sentido, no hay ningún mecanismo eficaz, suficientemente representativo y participado por todos los países del entorno que pueda resolver estas situaciones, produciéndose tensiones entre los países que disponen de  la práctica de la totalidad de las reservas de agua (Tayikistán y Kirguizistán), y los países de río abajo (Turkmenistán, Uzbekistán y el sur de Kazajistán) que dependen de dichas reservas localizadas en países vecinos pero que transcurren por cursos de agua compartidos. En el siguiente gráfico podemos apreciar la gran disparidad del reparto de reservas y consumos de los recursos hídricos entre los países de la región.

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En algunos casos las desavenencias por cuestiones hídricas entre Uzbekistán y Tayikistán podrían derivar en una guerra abierta. El presidente uzbeko Islam Karimov ha declarado a los medios que los proyectos hidroeléctricos tayicos y kirguisos en la cuenca alta de los grandes ríos podrían provocar una intervención armada propia para garantizar agua a su importante producción de algodón. De hecho, en varias ocasiones Uzbekistán, de acuerdo con fuentes tayicas, ha bloqueado sus comunicaciones ferroviarias con Dusambé con el propósito de frenar la construcción y agrandamiento de nuevas presas en su territorio.

En este contexto de competencia regional sobre los recursos hídricos, actores externos a la región también compiten por extender su influencia. Rusia intenta jugar un complicado papel de mediador entre las partes en litigio, tratando de satisfacer a todos los implicados y, a la vez, maximizar sus intereses energéticos. Además intenta obtener nuevos contratos de gas con uzbecos y turkmenos, pretendiendo convencer a tayicos y kirguizos de que amolden sus proyectos hidroeléctricos a las exigencias de sus vecinos de río abajo. Paralelamente, Moscú ofrece financiación y ayuda técnica para la construcción de nuevas presas y créditos baratos a Tayikistán y Kirguizistán. Mientras, la Unión Europea -con la Iniciativa Europea del Agua- también trata de extender su influencia subvencionando y asesorando para solventar los conflictos del agua a través de la cooperación multilateral y la puesta en marcha de la gestión integrada de los ríos centroasiáticos.

Una de las  conclusiones  que podemos extraer tras este diagnóstico general de la situación es que pese al crecimiento económico de los países de la región y el ofrecimiento de Rusia y la Unión Europea a cooperar en la resolución de los conflictos del agua, las tensiones regionales se han acrecentado, y el número de personas sin acceso a agua y a saneamiento se han incrementado, siendo este el derecho humano más fundamental para la vida, para el desarrollo social y como materia prima clave para la estabilidad política y social de unas naciones que tienen a la mayor parte de su población trabajando en el sector agrícola.

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