Adrián Tarín :::: La declaración del Emirato del Cáucaso publicada por Dokú Umárov en 2007 no sólo supuso una solución a la encrucijada en la que desde la primera posguerra los movimientos soberanistas regionales habían enfrentado –nacionalismo laico frente a Islam político-, sino que también marcó el principio de un previsible final de la República Chechena de Ichkeria (RCI). Con la excepción de una breve crisis de liderazgo en 2010, que afectó no sólo a Umárov sino también a su proyecto político, el nacionalismo laico checheno está recluido en un exilio poco influyente en la esfera internacional.

En la última década ni Ajmed Zakayev ni Ilias Ajmadov, cabezas visibles de la RCI, han conseguido su principal objetivo: convencer a la opinión pública occidental de que Rusia es un Estado criminal que subyuga al pueblo checheno y provocar la respuesta de los respectivos gobiernos. En el origen de esta inefectividad hay que situar múltiples elementos, algunos de ellos geopolíticos que se escapan del dominio de la RCI. Pero desde luego, el discurso conspirador que han mantenido desde entonces tampoco ayuda demasiado.

Puede entenderse el sentimiento de impotencia y frustración que debe asolar a los cuadros de la RCI. Históricamente, Rusia ha agredido impunemente los derechos humanos de muchos chechenos y, sin embargo, la causa no goza de simpatía alguna, menos aún en una izquierda europea que cada vez más vira hacia posiciones “pro-rusas”. Del mismo modo, los principales actores de la RCI han sufrido en primera persona la guerra sucia, bien sea por asesinatos selectivos como por persecuciones judiciales. Incluso es cierto que pesan razonables dudas sobre la autoría de los atentados en los apartamentos de Moscú, que sirvieron como munición para que Rusia declarara la Segunda Guerra. Pero aunque todo ello pueda explicar la animadversión del nacionalismo checheno, muchas de las acusaciones que realizan sobre Moscú rozan lo paranoide.

La estrategia comunicativa de lo que queda de la RCI parece enfocada a señalar a Rusia como responsable de todos los males que asolan al mundo. En 2013 Zakayev acusó a los servicios secretos rusos de estar detrás de “todos” los atentados terroristas cometidos en nombre de la causa chechena, negando ridículamente la existencia de una genuina insurgencia islamista en la región. No es esta una acusación nueva: ya en 2007 consideró la creación del Emirato del Cáucaso una provocación del FSB para debilitar al movimiento nacionalista, confundiendo –quien sabe si de forma deliberada- las génesis con las consecuencias.

Este discurso jamás se ha abandonado. Lejos de esto, los acontecimientos de los últimos meses lo han vuelto a traer a escena. Tanto medios de comunicación vinculados a la RCI, como Chechen Center, como el propio Zakayev han acusado a Vladímir Putin de estar detrás tanto del Estado Islámico como de los atentados en París. Las “pruebas” de esta acusación son hilarantes. Para Zakayev son claves que algunos militantes del ISIS fuesen hace años funcionarios del partido Baaz y que Sadam Hussein mantuviera buenas relaciones con Rusia. Una relación a todas luces arbitraria que la RCI trata de hacer ver como causal.

Rusia se ha ganado con astucia –y, reconozcámoslo, ayudado por la posición de poder que ocupa el país frente a la escasa influencia chechena- los corazones y las mentes de las mayorías occidentales en relación al conflicto checheno. Y en este sentido, al viraje yihadista de la insurgencia, al acoso ruso al nacionalismo checheno y a la incapacidad de la RCI de construir hegemonía entre la resistencia, hay que sumar el empobrecimiento de su discurso para entender el fracaso de la empresa que un día lideró Zakayev.

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