Adrián Tarín :::: El pasado sábado 31 de octubre las autoridades egipcias confirmaron el desplome de un Airbus A321-231 de la compañía rusa Kogalymavia, que cubría la ruta Sharm el-Sheij (Egipto)-San Petersburgo (Rusia), y cuyos restos fueron encontrados en la península del Sinaí. De los 224 fallecidos entre pasajeros y tripulación uno era bielorruso, cuatro ucranianos y el resto ciudadanos de la Federación Rusa. Poco después de conocerse la noticia –al parecer el avión desapareció de los radares 20 minutos después de su despegue- la filial local del Estado Islámico, Vilayat Sina, reivindicó la autoría del derribo. Tanto a través de las redes sociales como de la web Aamaq, que algunos vinculan a la organización, circuló un comunicado que afirmaba que “los combatientes del Estado Islámico fueron capaces de derribar un avión ruso sobre la provincia del Sinaí que transportaba a 220 cruzados rusos. Todos murieron, gracias a Alá”.

En los momentos iniciales la situación parecía verosímil, ya que Vilayat Sina presenta mayor actividad yihadista, precisamente, en la península del Sinaí. De entre las múltiples discusiones que comenzó a generar la reivindicación una de ellas capitalizaba el debate: Rusia podría entender el supuesto ataque como otra oportunidad para reforzar su posición de vanguardia en la nueva “guerra contra el terror” islamista. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el ministro de Transportes ruso Maxim Sokolov declaró que la versión del atentado con misil “no podía considerarse verídica”. La polémica estaba servida: en la memoria de muchos cobró fuerza, como si de un deja vú se tratase, el derribo del vuelo MH17 en Ucrania.

Paralelamente al desmentido, a través de múltiples canales digitales se difundió una precaria grabación en el que aparentemente un avión era derribado con un lanzacohetes, al son de una canción alegórica en árabe. Sin embargo, por la altitud a la que se encontraba el avión ruso en el momento en que empezó su caída en picado, a más de nueve mil metros de altura, era imposible que éste hubiese sido alcanzado con un misil de Vilayat Sina, ya que según todos los expertos la organización no posee armamento de tal calibre. El vídeo fue prontamente considerado un fraude.

Al día siguiente, el portavoz del gobierno egipcio, Hossam al-Qawish, compareció ante la cadena Al Hayat para afirmar que la causa más probable del ahora accidente era un fallo técnico. No obstante, en menos de 24 horas la compañía aérea Kogalymavia, propietaria del Airbus siniestrado, desmintió la versión oficial aclarando que el desplome sólo pudo deberse a “factores externos”, por lo que al portavoz del Kremlin Dmitri Peskov no le quedó más remedio que reconocer que tras las últimas informaciones “no se puede descartar ninguna versión” sobre el derribo, tampoco la del atentado. Al parecer, la tripulación mantuvo un contacto normal por radio con la seguridad aérea, sin informar de ninguna irregularidad o problema técnico durante sus escasos minutos de vuelo. Asimismo, el director del Comité Intergubernamental de Aviación, Viktor Sorotchenko, analizó que debido a la amplitud de radio de esparcimiento de los restos de fuselaje, alrededor de 20 kilómetros cuadrados, el avión probáblemente se había “despedazado en el aire”. Aunque no parece muy probable, algunos investigadores apuntaron que podría haber habido participación de insurgentes norcaucásicos.

De este modo, la teoría del ataque yihadista cobraba más fuerza. Quizá no con un misil, como se especuló el día del accidente con la difusión del falso vídeo, pero sí mediante un combatiente suicida, la colocación de material explosivo en el equipaje o un saboteo del fuselaje. La negativa inicial de Rusia a considerar como válida la teoría del atentado puede deberse a que es incómoda para sus intereses en Siria. Lejos de aprovecharse para demostrar el peligro que corre la Federación si no se aborda a los yihadistas allá donde estén, paradójicamente podría tener el efecto contrario entre la opinión pública. De confirmarse que el Estado Islámico está detrás, muchos podrían entender que no compensa combatir en Siria si ello conlleva atentados como este; algo similar a lo que los españoles sentimos el 11 de marzo de 2004. Los costos previsibles del apoyo a Asad finalmente comienzan a aparecer en otras latitudes, y no en el Cáucaso Norte.

Pocos días después del posible ataque, el 4 de noviembre, apareció un segundo comunicado del Estado Islámico, esta vez audiovisual. En él, aunque no se aporta ninguna prueba de la autoría, cinco militantes rusohablantes agradecen a “sus hermanos” de Vilayat Sina el ataque, enmarcándolo en una campaña de venganza por los bombardeos rusos en Siria. A pesar de que todavía cualquier teoría era pura especulación, los servicios secretos británicos y estadounidenses afirmaron haber interceptado comunicaciones internas del Estado Islámico que verificaban la hipótesis del atentado mediante un explosivo a bordo (se habla, incluso, de que el ejecutor pudo ser un operario del aeropuerto), e incluso aseguraron haber comprobado vía satélite un fogonazo a la hora y lugar en la que ocurrió el desplome. El interés del espionaje occidental no tardó en pasar desapercibido. Por las mismas razones geopolíticas por las que Rusia puede tener interés en que, en esta ocasión, el derribo no tenga nada que ver con el Estado Islámico, Gran Bretaña y Estados Unidos pueden tener la motivación inversa: desgastar la presencia de las tropas de Putin en Oriente Próximo para volver a monopolizar la intervención extranjera en el enclave. Como es costumbre desde la vuelta de Rusia al tablero de la política internacional, la maraña propagandística sigue planeando sobre el suceso.

Sin embargo, el viernes 6 de noviembre los diferentes gobiernos comenzaron a tomar decisiones coherentes con la teoría del ataque: El gobierno ruso, asesorado por el FSB y el Comité Antiterrorista Nacional, decidió suspender todos los vuelos turísticos a Egipto hasta que se esclarezca lo ocurrido, así como ordenó la repatriación de los ciudadanos rusos que aún permanecen en el Sinaí. Otra pista que apunta en la misma dirección es que los pasajeros que retornan a Rusia no están viajando en el mismo avión que sus equipajes. Gran Bretaña, por su parte, ha adoptado una decisión similar, aunque las autoridades egipcias no están facilitando la evacuación. La reacción de los gobiernos y el hecho de que en las cajas negras se aprecie “claramente” el ruido de una explosión hacen presagiar lo peor. Algunas críticas a la intervención en Siria ya comienzan a aparecer entre los académicos y la prensa rusa.

Pero no todas se centran en responsabilizar a Putin del posible ataque por sus bombardeos en Siria. A pesar de que parece claro que un explosivo fue detonado en el interior del avión durante el vuelo, algunos medios de comunicación rusos están sembrando dudas sobre el papel que está jugando Gran Bretaña en la crisis. Al parecer, en las grabaciones que poseen sus servicios secretos -en las que militantes del Estado Islámico se atribuyen el ataque- se escuchan algunas voces hablando con perfecto acento británico. Aunque ello puede deberse a la captación de insurgentes en Occidente, como el caso de “Yihadista John“, hay quien también observa la alargada sombra del MI6 en la colocación de la bomba. Asimismo, las autoridades egipcias niegan que algún empleado del aeropuerto haya sido sobornado para permitir que la maleta bomba accediera a la bodega, y han mostrado su enfado al entender que el espionaje occidental ha estado ocultándoles información que podría haber salvado vidas, y no se descarta que Gran Bretaña y Estados Unidos conocieran de antemano el atentado y no avisaran a Rusia para provocar un cisma en su política siria.

A pesar de los interrogantes e intrigas narradas, cada día que pasa parece más evidente que el avión explotó en el aire producto de una bomba colocada -o accionada- en su interior, y que la autoría del Estado Islámico cobra visos de veracidad. Si ello tendrá eco en Oriente Próximo aún está por ver, pero de momento los bombardeos rusos no cesan de golpear las calles de Siria.

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