Miguel Vázquez Liñán :::: La cadena de televisión Al-Jazeera está produciendo una serie de cuatro documentales sobre la Rusia de Putin, bajo el título In search of Putin’s Russia. Uno de ellos, titulado Kremlin Rules, producido por el conocido director Andrey Nekrásov (Incredulidad, 2004, El caso Litvinenko, 2007), plantea algunas de las claves de la popularidad de Putin en la Federación Rusa, especialmente en lo que se refiere a su actuación en el conflicto de Ucrania.

Probablemente no es la mejor obra de Nekrásov, ni tampoco la reflexión más profunda en formato documental que se ha hecho sobre el tema, pero sí ayuda a comprender, si bien de forma superficial, los efectos de la continuada propaganda bélica que llevan a cabo los medios de comunicación masivos en la Federación Rusa.

El documental se inicia con imágenes de una manifestación “anti-Maidán”, en la que se reproducen los eslóganes habituales, a saber: en Kíev gobiernan golpistas de ideología fascista-ultraderechista, el golpe de estado ha sido organizado por Estados Unidos como una maniobra evidente en contra de Rusia y, “por lo tanto”, quien no esté furiosamente en contra del gobierno de Kíev y, por extensión, de Occidente, es un traidor. A grandes rasgos, el mensaje viene a ser el siguiente: no luchar contra el fascismo te convierte en fascista, y ya nos encargamos nosotros de informar a los ciudadanos-audiencias quiénes son los fascistas y dónde se encuentra la amenaza en cada momento.

Y la amenaza cambia periódicamente de localización: es lógico, la histeria colectiva tiene sus límites; no se puede mantener a la población en la cresta de la ola emocional durante demasiado tiempo ya que, tarde o temprano llega la bajada que, habitualmente, en nuestra sociedad del espectáculo, toma la forma de cansancio y aburrimiento colectivo. Más que “Ucrania ya no nos interesa”, funciona aquí la máxima “Ucrania empieza a aburrir”. Es por eso que, periódicamente, se cambia el escenario de atención mediática y se renueva, al menos cosméticamente, el discurso. Ucrania, no sólo por motivos propagandísticos, desde luego, pero también por ellos, estaba ya dejando de funcionar en los medios (es difícil mantener la atención pasados los primeros meses) y apareció Siria, que volvió a dar a Putin picos de popularidad en las encuestas.

El discurso mediático sobre Siria, vociferado en simulaciones de “debate” político como el programa “Política”, del Canal 1, se concentra en torno a un puñado de eslóganes fáciles de repetir y ciertamente pegajosos: “hay que acabar con el terrorismo en Siria, para que no tengamos que acabar con él en Rusia” es uno de los más repetidos (un sinsentido, claro, pero ¿quién dijo que los eslóganes deben tener sentido?). Al mismo tiempo, en las primeras semanas, los altavoces del Kremlin intentaron dar una imagen de efectividad manifiesta de los bombardeos, así como de “puñetazo en la mesa” diplomático por parte de Rusia. Digámoslo de otra forma: canales de televisión como NTV, Canal 1 o Russia Today repiten una y otra vez el mensaje, ya conocido y acuñado en EEUU, de “guerra quirúrgica”; es decir, Rusia es extraordinariamente cuidadosa en la elección de sus objetivos militares, basados en múltiples fuentes de información y que evitan, siempre, objetivos civiles. Pueden fallar, claro, pero son los inevitables “daños colaterales”. Además (esto se suele adornar con cifras de todo tipo e imágenes tomadas desde los propios aviones), los ataques están siendo extraordinariamente efectivos. Desde que Rusia se ha involucrado en Siria, hay luz al final del túnel del conflicto.

Cabecera del programa "Política", de Canal 1
Cabecera del programa “Política”, de Canal 1

Por otra parte, el discurso oficial vuelve a subrayar la vuelta a la primera línea internacional del país: ha quedado claro, se repite a menudo, que hay que contar con Rusia para gestionar las crisis internacionales, especialmente si éstas se dan en su “área de influencia”. Y es evidente, subrayémoslo también: no se puede no contar con Rusia para tratar conflictos como el ucraniano; el problema vuelve a ser que Moscú tiene propuestas poco atractivas lastradas, como en el caso de EEUU, por un imaginario imperial que sólo garantiza más imperio para el futuro.

Y aquí está otra de las claves: el discurso de la guerra como forma de solución de los problemas internacionales sigue funcionando y, en sociedades muy influenciadas por los mensajes que transmiten los medios masivos, si el mensaje funciona, se seguirá usando. ¿Por qué funciona? La respuesta es múltiple, pero quizás uno de los planos de la respuesta esté en la cultura militarista del país. La presencia abrumadora del ejército y la cultura bélica en los noticieros, el cine, las Universidades (donde las cátedras militares son omnipresentes), la producción literaria y ensayística, y las celebraciones militares (el día de la Victoria es, también, una fiesta de culto al militarismo), facilita que la guerra sea vista como una solución “natural”. Sin la deconstrucción paulatina de esta cultura militarista es difícil pensar en un cambio de discurso desde el Kremlin. Si la popularidad presidencial sube en cada intervención, tenemos guerra para rato.

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