Adrián Tarín :::: El pasado 20 de octubre, unidades contraterroristas del servicio secreto ruso (FSB) detuvieron a 20 miembros de la organización islamista Hizb ut-Tahrir (HuT) por un supuesto delito de pertenencia a banda armada.  Aunque la mayoría de los detenidos fueron puestos en libertad en horas, sí se acusó directamente a dos militantes, Obidjon Jurabaev y Abdukayum Masjudov, de reclutar a musulmanes para la organización. La mayor parte de los islamistas capturados procede de Asia Central, región en la que HuT está más arraigada.

Aunque la agencia Russia Today afirma orgullosa que la Federación Rusa es el único país del mundo que considera a HuT una organización terrorista, la mayor parte de los gobiernos de Asia Central también lo hacen. Asimismo, en otros países de mayoría árabe sus actividades están proscritas. En el contexto europeo, las autoridades de Gran Bretaña manifestaron, aunque sin éxito, su intención de ilegalizarla tras los atentados de julio de 2005, y en Alemania pudo ser desarticulada tras diferentes acusaciones de antisemitismo.

De la actitud de los diferentes gobiernos, tanto en países cristianos como musulmanes, se deduce que HuT es una organización peligrosa que utiliza la violencia para cumplir sus objetivos políticos. Pero, ¿hasta qué punto es cierto?

Es público y notorio que HuT pretende la creación de un Estado musulmán que se rija por los textos sagrados islámicos, lo cual resulta una ruptura frente a muchos de los principios occidentales. No obstante, también es conocido que su metodología reside en la predicación y el trabajo intelectual, asegurando que se inspiran en las vías que empleó Mahoma para difundir el Islam por el mundo. Ello excluye el uso de la violencia en la mayoría de las circunstancias. Como muestra, poco después de los atentados del 11S en Nueva York o del 7J en Londres, HuT emitió sendos comunicados condenándolos por ser contrarios a la fe islámica. Los vínculos que algunos think-tanks, gobiernos e investigadores establecen entre la organización y algunos episodios de violencia son, en el mejor de los casos, peregrinos, y en el peor de ellos, interesados.

HuT es una organización muy conservadora y contraria a las libertades civiles, y las acusaciones de antisemitismo que pesan sobre ella son, en muchos casos, fundamentadas; pero no deja de ser equiparables a muchos otros colectivos de extrema derecha cristiana que abundan por Rusia. Su posición beligerante frente a algunos países y pueblos –en el caso de HuT, pidiendo la desaparición de Israel-, las actividades armadas por parte de individuos que anteriormente militaron en sus filas y el hecho de que no permita que la opinión pública occidental le marque qué violencias deben o no condenar, es similar a la trayectoria de organizaciones que legalmente campan a sus anchas por Moscú, San Petersburgo y Donbass, como las Juventudes Euroasiáticas, Sputnik & Pogrom, el Movimiento Imperial Ruso, Centuria Negra o Unidad Nacional Rusa, entre otros.

Así, pues, ¿por qué Rusia persigue a HuT y no hace lo propio con la extrema derecha local? Podríamos hablar de múltiples factores, pero de entre todos ellos, dos parecen ser los más destacables: en primer lugar, el ultranacionalismo ruso es funcional al tradicionalismo de Putin, por lo que los brotes de sintonía ideológica entre ambos proyectos es clave para entender su permisividad. Y en segundo lugar, desde la llegada de Putin al Kremlin el gobierno trata de propagar entre la opinión pública internacional –con mayor o menor intensidad dependiendo del momento- la idea de que el país se encuentra en la vanguardia de la lucha contra el terrorismo yihadista global, como demostró a principios de siglo con sus intentos por incluir el Cáucaso Norte en la “guerra contra el terror”. Hoy, con el conflicto del Cáucaso fuera de las agendas políticas y mediáticas internacionales, la batalla rusa contra el islamismo se desplaza a Siria. Las detenciones de miembros de HuT hay que enmarcarlas en la campaña por reforzar, ante el exterior y ante el interior, el discurso de Rusia (y Putin) como centinela contra el extremismo islámico, que se vislumbra también tras las operaciones en Chechenia contra supuestos miembros del Estado Islámico (IS). Frente a las acusaciones de que Rusia bombardea Siria no para combatir al IS sino para proteger la base naval de Tartus, el gobierno ruso realiza ingentes esfuerzos en demostrar que siente una preocupación real sobre el yihadismo; de ahí que se produzcan en tan corto espacio de tiempo estas grandes redadas televisadas en las que FSB resurge como justiciero y protector de los ciudadanos rusos. Con esto, no pretendo decir que sólo se reprima a HuT por la coyuntura siria, ya que desde 2003 la organización está prohibida en la Federación. Pero eso sí, que esta operación suceda justo ahora es tremendamente oportuno para sus objetivos geoestratégicos en Oriente Próximo.

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