Marta Ter :::: Un acto terrorista fue abortado por el FSB (servicios secretos rusos) el 11 de octubre en Moscú. Gracias al celo de una señora rusa -vecina de los sospechosos- que oyó por casualidad la palabra “detonador” y alertó de inmediato a la policía se evitó un gran atentado en la capital rusa. Detuvieron a diez personas que habían luchado junto al Daesh en Siria y que ahora habían llegado a Moscú para sembrar el terror entre la población con el objetivo de detener la intervención rusa en Oriente Próximo.

Esta es, a grandes rasgos, la versión oficial que los principales medios rusos han publicado sobre el atentado frustrado. Pero si analizamos los detalles de esta operación, unos datos inquietantes ponen en tela de juicio el conjunto del relato.

Todo empezó cuando una señora vio a unos hombres sospechosos, vestidos de negro, que hablaban en susurros en la escalera de su bloque de apartamentos. No pudo oir bien la conversación pero sí distinguió la palabra «detonador». Llamó de inmediato a la policía que, cuando llegó al lugar de los hechos, descubrió que los hombres sospechosos eran agentes del FSB, y no presuntos terroristas, como algunos medios posteriormente divulgaron. Según Lifenews, una agencia de noticias cercana al Kremlin, los agentes del servicio secreto ruso habían llegado allí por otros canales que no se especifican.

Según datos oficiales, en el piso se encontraron sustancias explosivas equivalentes a 5 kilos de TNT y un detonador. Se detuvieron a 10 hombres vinculados con esta célula, 7 rusos y 3 sirios, acusados de tenencia de explosivos y de preparar un atentado. Los arrestados supuestamente habían sido entrenados en Siria, en campos del Daesh.

Se contactó entonces con el dueño del apartamento en el que vivían los presuntos terroristas, que resultó ser un jubilado ruso del Ministerio de Defensa. Según su esposa, en febrero de 2015 entró a vivir al piso, a través de unos amigos comunes, un coronel checheno del GRU (servicio de inteligencia militar). En septiembre, el coronel les llamó para avisarles de que él se iba a Turquía a pasar las vacaciones y para pedirles si, mientras él se ausentaba, podía dejar el piso a un sobrino suyo, Musá.  Así lo acordaron. El coronel checheno ahora está en paradero desconocido.

A día de hoy, sólo 3 de los 10 hombres detenidos continúan arrestados, todos chechenos: Aslán Baisultanov, Mokhmad Mezhikov  y Elman Ashaev. Nada se sabe de los sirios detenidos ni del sobrino del coronel que vivía en el piso, Musá.

Según la investigación, corroborada por dos de los detenidos, que ya han confesado su culpa, el jefe de la banda era Shamil Cherguizov, un checheno que les proporcionó los explosivos y el detonador y les dio la orden de atentar en Moscú. Se sospecha que el 3 de octubre Cherguizov entregó en la capital chechena, Grozny, los explosivos a Aslán Baisultanov y Elman Ashaev, ambos en búsqueda y captura por la policía rusa tras su regreso de Siria. Sin embargo, pudieron subir al tren Grozny-Moscú y llegar a la capital rusa sin problema con los explosivos.

Otro detalle interesante de esta historia es que 3 días antes de las detenciones, el 8 de octubre, el Presidente de Chechenia Ramzán Kadírov anunció la muerte de dos guerrilleros liquidados en el transcurso de una operación antiterrorista. Eran Shamil Cherguízov y Aslán Baisultanov. Según Kadírov, ambos pretendían atentar en la capital chechena y fueron eliminados.

Tras el resurgimiento de Aslán en el mundo de los vivos, el presidente Ramzán Kadírov tuvo que cambiar su versión. Dijo entonces que fue gracias a sus hombres del Ministerio del Interior y del FSB checheno, que pasaron información a los órganos de seguridad de la capital rusa, que éstos tuvieron noticia del atentado que el grupo iba a cometer en Moscú y pudieron frustrarlo. Kadírov se lamentaba de que “en sus informaciones sobre la detención de los bandidos, los silovikí rusos no dijeron ni una palabra de la ayuda que recibieron de sus colegas chechenos”.

El 13 de octubre, los tres imputados se personaron ante la juez. Los periodistas que estuvieron presentes señalaron, extrañados, la falta de medidas de seguridad con los detenidos y el hecho de que cualquier persona de la calle podría haber entrado en la sala, hecho muy infrecuente en los los procesos judiciales rusos, y más cuando se trata de terrorismo. Uno de los arrestados empezó a confesar su culpabilidad ante la juez y ésta tuvo que interrumpirle, argumentando que ella sólo estaba considerando si necesitaban ser detenidos durante la investigación, y no era momento de juzgar su culpabilidad o inocencia en el caso.

Es difícil formular una hipótesis basándonos en los detalles que hemos relatado, pero sí podemos sostener que la versión oficial de los hechos tiene algunos claroscuros que necesitarían disiparse aunque, probablemente, esto nunca ocurra.

Y mientras tanto, el público mayoritario, ajeno a los pormenores de esta historia, ha recibido ya el mensaje que los medios afines al Kremlin se han encargado de subrayar: la amenaza del Estado Islámico contra Rusia es real y los yihadistas (y los chechenos, de nuevo) son sus enemigos. Pero afortunadamente este peligro se puede afrontar: a nivel doméstico, gracias a la labor de los cuerpos de seguridad que, alertados por la ciudadanía, pueden impedir atentados. Y en Siria, por si había alguna duda al respecto, la intervención militar rusa es necesaria para luchar contra el terrorismo internacional in situ y evitar que retorne a Rusia.

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