Nicolás de Pedro (CIDOB) :::: Rusia desembarca en Siria. Aún es incierto el nivel y los objetivos de su presencia militar, pero el Kremlin parece decidido a jugar un papel destacado en la nueva fase de la guerra que se está configurando estos días en Siria. El agravamiento de la crisis de refugiados o, más bien, su reciente impacto en el territorio de la Unión Europea, va a tener una probable respuesta militar euroatlántica con el objetivo de debilitar tanto al autodenominado Estado Islámico (EI) como al régimen de Bashar al-Assad. Esta intervención, aún por perfilar, puede propiciar algún tipo de arreglo en el rompecabezas sirio que implique –al menos en el cálculo dominante estos días en el mundo occidental– una Siria post-Assad fragmentada, pero con unos niveles mínimos de estabilidad. Y frente a un escenario así, Moscú no quiere quedar fuera de juego ni dejar pasar la oportunidad que representa con respecto a la crisis de Ucrania y su contencioso con Occidente.

La relación del Kremlin con los Assad es longeva y, en tiempos recientes, Moscú ha sido, junto con Irán, el principal asidero del régimen de Damasco tanto en términos diplomáticos como de suministro de armamento y asesores. En septiembre de 2013 –es decir, en el contexto previo a la intervención militar rusa en Ucrania–, el Kremlin ya dio un importante balón de oxígeno a Bashar al-Assad con su plan para la destrucción del arsenal químico del régimen sirio. Esta propuesta rusa contribuyó a que se no se produjera entonces el anunciado ataque aéreo liderado por EEUU. La suspensión de aquella operación, conviene recordar, fue resultado, sobre todo, de las propias dudas de la Administración Obama en cuyos cálculos Rusia no jugaba, en absoluto, un papel destacado.

Entonces, como ahora, Moscú trataba de evitar la caída de su principal interlocutor en el mundo árabe. Desde la perspectiva del Kremlin, Occidente recurre sistemáticamente al cambio de regímenes ya sea por intervención directa (Libia) o por “inducción estratégica” (revoluciones de colores, primaveras árabes) con fines geopolíticos enmascarados bajo una narrativa de promoción de la democracia y los derechos humanos. Una percepción que alimenta un clima cercano a la paranoia en un Kremlin con mentalidad de “fuerte asediado” y tendencia a interpretar cualquier acontecimiento en clave conspirativa.

Con relación a Siria, uno de los agravios que suele citar Moscú es el de Libia y la utilización de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU (marzo de 2011) –que establecía una zona de exclusión aérea y apelaba por vez primera y explícitamente al principio de responsabilidad de proteger– para derribar al régimen de Gadafi. Sin embargo, Rusia puede ser más flexible de lo esperado: no debe darse por hecho, y esta idea es central, que Moscú no estaría dispuesta, según las circunstancias, a negociar una salida del propio Assad. Los intereses rusos en Siria son limitados (base de avituallamiento de Tartús). Quizás el Kremlin quiere ampliarlos, pero no parece la opción más factible ni la más probable dados los escasos incentivos para una intervención de mayor calado. Lo que quiere Moscú es tener voz en la toma de esa decisión y, muy probablemente, plantear un marco de negociación más amplio que incluya Ucrania-Crimea y la cuestión de las sanciones. Y para disponer de la carta siria en esta partida, una presencia que consolide la disminuida porción de territorio bajo control del régimen de Assad -y, sobre todo, que dificulte ataques occidentales sobre bases de la aviación siria mediante el despliegue de sistemas antiaéreos- puede ser suficiente.

De momento, la narrativa del Kremlin gira en torno a la “amenaza común” que representan el EI y el terrorismo en general. Enfoque que obvia el hecho de que es Assad y no el EI –por muy repugnante que nos resulte– el principal generador de refugiados en Siria. Pero es una narrativa que encaja con los objetivos del Kremlin, a saber, legitimar su intervención en Siria y buscar un vector sobre el que vehicular su reacercamiento a Occidente. Le resulta útil, además, en otros escenarios como el Cáucaso –obviando vulneraciones masivas de derechos humanos– o Tadzhikistán –convirtiendo la actual ruptura del orden de postguerra de 1997 por parte del régimen de Emomalí Rajmón en un problema de terrorismo islamista–. Pero es Ucrania y lo que representa –el reconocimiento explícito de su esfera de influencia en el espacio postsoviético– lo que mueve la intervención rusa.

A diferencia de la UE, la diplomacia rusa en general, y el Kremlin en particular, se sienten cómodos en contextos de crisis y tienden a interpretarlos en clave de oportunidad. Así, por ejemplo, todo lo que contribuya a agudizar las divisiones en el seno de la Unión Europea coadyuva al objetivo del Kremlin de quebrar el frágil consenso comunitario en torno a las sanciones y su posible renovación en enero de 2016. Desde la perspectiva de Moscú, se abre la ventana de oportunidad para un gran acuerdo que propicie una cierta reconciliación o acomodo con Occidente.

En Ucrania, por vez primera desde la firma de los acuerdos de Minsk II en febrero de 2015, el alto el fuego parece estar cumpliéndose. Situación que, salvo que se produzca un colapso del Gobierno de Kyiv –otra de las hipótesis que baraja Moscú–, puede anticipar una posible congelación del conflicto en Donbás en un escenario similar al de Transnistria en Moldova. A lo que hay que sumar la reciente lucha de poder dentro del gobierno títere de Donetsk en lo que cabe interpretar como un movimiento del Kremlin para ejercer un control más férreo sobre la insurgencia rusa, toda vez que algunas voces locales se habían planteado un posible referéndum de anexión de este territorio y Lugansk a la Federación Rusa. Pero el Kremlin no contempla esta posibilidad, que le alejaría de su objetivo de cabecera que no es otro que el control estratégico de Ucrania o, al menos, la capacidad de bloquear su política exterior.

El respeto del alto el fuego y los sucesos en Donetsk refuerzan la hipótesis de que Rusia podría estar buscando un gran acuerdo con su desembarco en Siria. Si es así, no tardaremos en saberlo.  Putin, quizás, lo sugiera durante su próxima intervención en la Asamblea General de Naciones Unidas –en un intento, también, de desviar el foco sobre el asunto del derribo del MH17–. De forma indirecta, podremos confirmarlo con las entrevistas con expertos europeos afines al pensamiento del Kremlin que inundarán los medios rusos (Sputnik, Russia Today) en los próximos días en las que se defienda la idea de la “amenaza común” y de la “oportunidad que ofrece Siria” para superar la ruptura ocasionada por la crisis ucraniana. Dada la tendencia europea al auto-flagelo y a asumir la imagen de un Putin fuerte e invulnerable, conviene que la UE, ante una posible negociación, no pierda de vista que es la debilidad –causada por la caída de los precios del petróleo, el efecto de las sanciones y las incertidumbres de la economía china– y no la fortaleza y la confianza lo que impulsa esta urgencia de Moscú.

Publicado originalmente en CIDOB.
Anuncios