Adrián Tarín :::: En una reciente investigación propia, en la que se realiza un análisis de la propaganda islamista chechena de principios de siglo, se mantiene como hipótesis -y se concluye en ese sentido- que uno de sus principales objetivos fue incluir y consolidar a Rusia como uno de los frentes de la yihad global. Algo que cobraba sentido teniendo en cuenta que la atención mundial -también entre la umma– se desviaba de Chechenia y se focalizaba en las invasiones de EEUU a Afganistán e Iraq, así como para expandir, como era la intención de algunas de las guerrillas, las acciones militares a otras repúblicas islámicas del Cáucaso.

Aunque entre algunas facciones islamistas jamás se tuvo una imagen positiva de la nueva Federación Rusa, y fueron cientos los militantes de todo el mundo que simpatizaron o participaron de la yihad global conmovidos por el desastre humano de la Primera Guerra de Chechenia, también es cierto que su imagen como potencia “antiimperialista” capaz de confrontar el expansionismo estadounidense, y que tanto ha atraído a sectores de la izquierda europea y latinoamericana, ha logrado captar las simpatías de parte del mundo musulmán, especialmente del islamismo institucional.

En las últimas décadas, Occidente es -o así lo entienden muchos– protagonista de la mayor parte de los conflictos en el Magreb, Oriente Próximo y Oriente Medio. Al mismo tiempo, Vladímir Putin se distancia discursiva, táctica y convenientemente de la idea hegemónica de lo occidental, reproduciendo el hecho diferencial ruso. Ello quizá puede hacer que, aunque no se niegue el carácter kafir (infiel) de los rusos, no se discuta que el Cáucaso Norte es Dar al-Islam (tierra islámica), ni se respeten las alianzas de Putin con los gobiernos musulmanes taghuts (idólatras), se difumine entre el “yihadismo” la prioridad de defender el frente ruso. Tanto es así que decenas de musulmanes rusos -seguramente también influidos por el debilitamiento del Emirato del Cáucaso (EC) y las políticas de chechenización y represión de Ramzán Kadyrov- han preferido en los últimos años combatir en diferentes geografías antes que ingresar las filas de las guerrillas norcaucásicas.

No obstante, la guerra en Siria ha devuelto paulatinamente a Rusia al punto de mira de parte del islamismo mundial. Los elementos más extremistas ya mostraron hace un año su descontento por el apoyo de Putin a Bashar al-Asad, algo que, unido a la importante presencia de chechenos, daguestaníes e ingushetios sobre el terreno y las deserciones del EC, desencadenó la creación de Vilayat Kavkaz (VK), provincia norcaucásica del Califato. En este contexto, las últimas informaciones que señalan una mayor presencia militar rusa en Siria, negadas por Moscú pero validadas interesadamente desde Kavkaz Center, puede dar alas a VK para que efectúe el que sería su primer ataque en territorio ruso, una vez ha quedado desmentido el supuesto atentado del 2 de septiembre en Magarakment (Daguestán).

Si finalmente Rusia toma un papel protagonista en la lucha contra Al Qaeda y el Daesh en Siria, en lo que sería su mayor intervención en espacio musulmán no ruso desde Afganistán (1978), podría agravarse la situación en el Cáucaso Norte, con consecuencias difícilmente predecibles.

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