Miguel Vázquez Liñán :::: El visionado del documental de Paweł Pawlikowski sobre Venedikt Eroféiev, que lleva el nombre de su obra más conocida, “Moscú-Petushkí”, es un buen pretexto para revisitar, no sólo al autor y su texto, sino también la historia de las últimas dos décadas de la historia soviética.

Moscú-Petushkí, el poema en prosa que Eroféiev escribiese a finales de los sesenta y que circulase como samizdat durante los largos años en los que Brézhnev quiso congelar el tiempo (y casi lo consigue), “pretende” narrar el trayecto, en tren de cercanías, entre las dos ciudades que recoge el título. El viaje, claro, es una excusa para mostrarnos el sinsentido existencial e introducirnos en otro viaje, también cíclico, el de la borrachera permanente que acaba en delirio.

En el documental, un Eroféiev ya enfermo terminal se queja amargamente de que muchos destacasen la parte cómica de su obra cuando, en realidad, su relato, en el que no faltan apuntes autobiográficos, subrayaba el carácter trágico de la vida cotidiana de un protagonista, cuyo retrato costaba poco reconocer al ciudadano soviético de aquellos años. Pawlikowski nos muestra a Eroféiev en 1990, año de producción del documental y de la muerte del autor, hablándonos de su vida, marcada por el alcohol y la imposibilidad de desarrollar una carrera literaria “normal” en la URSS de aquellos años; una URSS que no sabía en qué capítulo de sus libros de marxismo ortodoxo encuadrar al lumpen brillante y reaccionaba, habitualmente, haciendo como si no existiera.

Moscú-Petushki, con sus recetas alcohólicas para mantenerse en el zapoi, ese término ruso que describe el estado en el que entra el cuerpo tras muchas horas de borrachera y que, una vez alcanzado, puede durar días … es un relato, lo hemos dicho, esencialmente triste, desesperado, pero cubierto del humor que a veces también destilan las canciones de otro grande en activo por aquellos años, Vladímir Vysotski, conocido por todos e ignorado por las instituciones y que, como Eroféev, acabó como víctima joven de sus adicciones en 1980.

Pawlikowski nos muestra a ese lumpen del que Eroféiev formaba parte, que recogía botellas de vidrio para intercambiarlas por vodka de pésima calidad, se emborrachaba en el interior de los supermercados para evitar el frío y, a menudo, acababa en comisaría recibiendo una ducha fría para ser enviado a casa al día siguiente. No hay idealización del “escritor maldito” en el documental, a pesar de que veamos a compañeros de botella relatar los concursos literarios con los que acompañaban la borrachera. No ocurre, como en buena parte del cine de Hollywood sobre estrellas del rock muertas (apolíneas y sin despeinarse) de sobredosis de heroína. Y se agradece que así sea.

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