Adrián Tarín :::: Desde que hace poco menos de un año el Daesh amenazó de forma directa a Vladímir Putin, he mantenido como línea de análisis la existencia de una discrepancia ideológica y organizativa con el Emirato del Cáucaso suficiente como para impedir una colaboración. Si bien nunca fui vehemente en esta cuestión, sí reconozco que lo defendí con la prudencia de quien sabe que argumenta sobre un presente imprevisible.

Sin embargo, hace varios días cambió el curso de los acontecimientos. El pasado 23 de junio algunos de los dirigentes de diferentes provincias (wilayat) del Cáucaso Norte juraron lealtad (bayat) al líder del Daesh, Abu Bakr al-Baghdadi, formando una nueva entidad regional denominada “Provincia del Cáucaso” (Wilayat Qawqaz) y administrada por Abu-Mohammad Al-Qadari, militante al que algunas fuentes identifican como el daguestaní Rustam Aselderov.

Esta realidad no sólo supone un duro golpe contra la seguridad nacional rusa –pues parece razonable conjeturar que algunos de los norcaucásicos que actualmente combaten junto al Daesh en los frentes de Oriente Medio regresarán a las montañas-, sino también para lo que, hasta hoy, conocíamos como Emirato del Cáucaso. Personalmente, y como es comprobable, consideré que tras la deserción en diciembre del entonces emir de Daguestán, precisamente el propio Aselderov, nos aproximábamos a un escenario similar al que se vivió tras las infructuosas negociaciones entre el Emirato del Cáucaso y Al-Qaeda años atrás, cuyos proyectos políticos (y egos) eran lo necesariamente divergentes como para establecer alianzas sólidas o absorciones. Algunos de los principios y características del Daesh (arabización, desatención de las reivindicaciones históricas regionales, arquitectura estatal, obligatoriedad del juramento de lealtad al califa) me parecieron argumentos suficientes como para considerar que su hegemonía en el Cáucaso Norte, de conseguirse, sería por asalto y no por consenso. Los precedentes inmediatos, además, reforzaban esta visión: De hecho, el último emir conocido, Ali Abu-Muhammad (Aliaskhab Kebekov), mantuvo desde su designación una táctica político-militar más moderada que la propaganda ultraviolenta del Al-Baghdadi. Aunque nunca renunció a la violencia, sí apostó por reducir las operaciones indiscriminadas que pudiesen costar la vida de los civiles rusos. Kebekov, con más experiencia jurídica y teológica que guerrillera, despertó el recelo de algunos de los experimentados comandantes norcaucásicos, y fue implacable contra quienes se atrevieron a jurar lealtad al Daesh.

No obstante, la muerte de Kebekov y la ausencia oficial de sucesor parecen haber abierto la ventana de oportunidad para los descontentos -y no, por ello, se ha de caer necesariamente en la conspiración del propio Emirato contra Abu-Muhammad-, que han conseguido adherir al Daesh las provincias de Chechenia, Daguestán, Ingushetia y KBK (Kabarda, Balkaria y Karachay), dejando aún en poder del Emirato Cherkessia y Nogay. La nueva organización conquista, así, las regiones del Cáucaso Norte más activas, histórica y contemporáneamente, del conflicto, dejando en poder de la administración fundada por Umárov sectores con poco poder.

La forma en la que se han producido los acontecimientos -aprovechamiento del vacío de poder y división del Emirato- parece que confirma la hipótesis mantenida: las alianzas entre ambas organizaciones eran poco probables; aun así, he de reconocer que la premura con la que ha ha irrumpido el Daesh no me parecía previsible a corto plazo. Un detalle no menor ahonda en el análisis de las discrepancias poco reconciliables: Kavkaz Center, agencia informativa oficialista que hasta hoy simpatizaba con la versión institucional del Emirato del Cáucaso, guarda silencio a pesar de la magnitud de los sucesos. Movladi Udugov, fundador de la web y uno de los pocos representantes vivos de la vieja lucha islamista norcaucásica, ha optado por la táctica del vacío informativo. Dando por hecho el triunfo del Daesh en la capitalización de la insurgencia, si es que ello ocurre, en los siguientes meses conoceremos si Kavkaz Center se renueva -modifica su línea editorial- o si muere -sobrevive representando los intereses de los perdedores-.

Por último, añadir que Rusia debería tomar nota de todo ello. No sólo en clave de seguridad, sino también política. La táctica militar de eliminación de los líderes más moderados allana el camino de los más radicales. Los asesinatos de Dudáyev y Masjádov, nacionalistas “laicos”, contribuyeron a la hegemonía islamista, del mismo modo que el de Kebekov (que sin ser moderado, al menos, tenía deferencia por los civiles) podría haber acelerado la implantación del Daesh en la zona. Primero Yeltsin y después Putin-Medvédev, han preferido la barbarie intramuros a la pérdida de soberanía en el Cáucaso Norte, y decenas de miles de muertos -más los que vendrán- demuestran lo errado del tiro.

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