Nicolás de Pedro (CIDOB) :::: La guerra en el este de Ucrania parece reactivarse. La sucesión de incidentes en el Donbás en los últimos diez días podría ser el preludio de una fase álgida de combates en la zona y de intentos de desestabilizar activamente otras partes del país. Desde el pasado 17 de abril, la insurgencia rusa ha bombardeado áreas bajo control ucraniano próximas al puerto de Mariupol (en Shyrokyne) y del aeropuerto de Donetsk (en Avdiivka). A esta creciente actividad de la insurgencia se suma la concentración de tropas rusas en la frontera ucraniana. Quizás Moscú sólo busca intimidar a ucranianos y europeos y mostrar músculo ante la llegada a Ucrania de una primera misión de entrenamiento de paracaidistas estadounidenses. Es posible. Pero la UE debe, en cualquier caso, estar preparada ante una eventual escalada que acabaría con la frágil hoja de ruta trazada en el acuerdo de Minsk del 12 de febrero.

La fragilidad de Minsk no se deriva (o no sólo) de los insuficientes mecanismos de verificación y control –la misión especial de monitoreo de la OSCE– sino de las diferentes interpretaciones y expectativas depositadas por Kíev y Moscú en el documento. Rusia aspira a ejercer un control estratégico sobre Ucrania o, al menos, tener la capacidad de bloquear su política exterior. De esta manera, Donbás no es más que un instrumento para presionar a Kíev. Ucrania, por su parte, confía en recuperar el control sobre el conjunto de su territorio, pero su aspiración no se ve respaldada por el balance de fuerzas sobre el terreno. El líder de la insurgencia en Donetsk, Alexander Zajarchenko, lleva desde enero anunciando en los medios de comunicación su intención de no detenerse hasta ocupar todo el territorio de esta región mientras que las fuerzas ucranianas se afanan en reforzar las defensas de Mariupol ante un posible asalto. La iniciativa militar, pues, está en el bando insurgente.

Conviene no perder de vista que los dos acuerdos de Minsk (septiembre 2014 y febrero 2015) vinieron precedidos por sendas intervenciones directas de las fuerzas armadas rusas. El desequilibrio de fuerzas y la insostenibilidad financiera del esfuerzo bélico forzaron a Kíev a solicitar y aceptar los términos desfavorables de ambos protocolos. Dadas las circunstancias, el mal menor para Kíev. Moscú también tenía buenos incentivos. Minsk le otorga de facto derecho de veto sobre el proceso de reforma constitucional ucraniano ya que la principal exigencia a Rusia –devolución del control de la frontera ucraniana al gobierno ucraniano– está supeditada a la aceptación de esa reforma por parte de la insurgencia bajo su control. Además, el armisticio hacía improbable que la UE adoptara nuevas sanciones contra Rusia y facilitaba un hipotético levantamiento.

Sin embargo, con el paso de las semanas, Kíev no ha dado muestras de estar dispuesta a aceptar ni el veto ni la tutela de Moscú y, concentrada en su renqueante agenda reformista, promueve una progresiva desconexión con el área del Donbás bajo  control de la insurgencia rusa. De esta manera, desde la perspectiva de Moscú, Ucrania parece no haber sido suficientemente derrotada. Lo más preocupante en el momento actual es que para superar este impasse el Kremlin puede optar por buscar una desestabilización mayor o incluso completa de Ucrania. De hecho, Kíev hace semanas que espera una intervención rusa y la rumorología local apunta a mayo. No obstante, una operación militar a gran escala no parece la opción más probable. Pese al desequilibrio de fuerzas, una ocupación directa entrañaría riesgos importantes e imposibilitaría mantener la narrativa de que Moscú “no tiene nada que ver” con la guerra en territorio ucraniano a la que sigue aferrada la diplomacia rusa.

Por ello, cabe la posibilidad de que la sucesión de incidentes –incluyendo atentados terroristas– en ciudades como Járkiv y Odesa, o la aparición en esta última de la, recientemente desarticulada, Rada Popular de Besarabia respondan a un replanteamiento táctico de Moscú con vistas a extender la inestabilidad a otras partes de Ucrania que, a diferencia del Donbás, no puedan ser encapsuladas y mantenidas al margen de la dinámica política en Kíev. Una desestabilización mayor quizás impida por completo que Ucrania lleve a cabo las reformas estructurales que el país necesita perentoriamente –y aquí el Kremlin puede contar con el respaldo implícito de las viejas estructuras oligárquicas del país–. El fracaso de las reformas lanzaría, de paso, un potente mensaje ante cualquier tentación de empoderamiento ciudadano en Rusia y el resto del espacio postsoviético. De hecho, Moscú parece jugar con la idea que un posible colapso de Kíev, unido a la decepción ucraniana por la falta de compromiso de la UE, termine por reconfigurar un nuevo panorama en la capital más favorable a los intereses del Kremlin. El panorama está abierto y plagado de incertidumbres, pero Bruselas y los Estados Miembros de la UE deben estar preparados para la contingencia de un posible colapso, total o parcial, de Minsk.

Puede leerse el artículo en su sitio original (la web de CIDOB) aquí.
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