Miguel Vázquez Liñán :::: El siete de octubre de 2006 fue asesinada la periodista Anna Politkovskaya. Recuerdo la sensación de profunda tristeza. La muerte a tiros de aquella periodista valiente llevaba un mensaje claro: en Rusia, hablar de quien habla Politkovskaya en el tono que ella lo hacía… no se puede. Tuve la impresión, compartida por muchos, de que se había cruzado un punto de difícil retorno. El viernes volví a tener esa impresión.

El de Borís Nemtsov ha sido, durante los últimos quince años, uno de los cuatro o cinco nombres que, ininterrumpidamente, venía a la mente cuando pensabas en la oposición, habitualmente denominada “liberal”, en Rusia. Denunció una y otra vez, desde su perspectiva, el autoritarismo y la corrupción del entorno del actual presidente de Rusia. Nemtsov no podía no saber que tenía muchas posibilidades de acabar como ha acabado. Sin compartir, como es mi caso, su posición ideológica, reconozco que mantenerla durante años de la forma militante en que él lo hizo merece respeto y admiración.

Como era de esperar, su muerte ha ocasionado todo tipo de comentarios que, en buena medida han ido, como casi siempre, en la línea de las teorías de la conspiración. Una de las más grotescas interpretaciones, pero que seguro tendrá eco en la población, ya que encaja a la perfección con la masiva y pertinaz propaganda del Kremlin, es la del presidente de Chechenia Ramzán Kadyrov. Kadyrov, que ha asumido con desparpajo el papel de perro de presa de las autoridades rusas, es habitualmente el encargado de decir lo que otros políticos oficialistas consideran inadecuado formular. El dictador checheno (entre otros) afirma que no hay duda de que son los servicios secretos occidentales los que han matado a Nemtsov para desestabilizar a Rusia. Para que no le falte de nada a su discurso, Kadyrov apunta a Kíev para localizar a los probables ejecutores.

Para el discurso dominante de la propaganda actual rusa, el eje Washington – Bruselas – Kíev es el culpable de todos los males que aquejan al país, desde la muerte de Nemtsov a la posible epidemia de gripe en Kamchatka, pasando por los atascos de tráfico en el centro de Moscú. Que el asesinado fuese, según esa misma propaganda, enlace de los intereses occidentales en Rusia, miembro de honor de la quinta columna que no paran de denunciar, no parece ser obstáculo para mantener la sospecha sobre Occidente. Al fin y al cabo, cosas peores se han visto…

Lo hemos dicho en el Observatorio Eurasia mil veces: la política hacia Rusia de la Unión Europea y EEUU ha sido, en muchas ocasiones, arrogante, injusta e incluso humillante para Moscú. La de Rusia, digámoslo todo, merece, cuando menos, los mismos calificativos. Pero la propaganda victimista del Kremlin convierte en explicación universal, casi religiosa, el acoso occidental a Rusia como causa última de todos los males, incluida la deriva a estado policial que la Rusia de Putin tomó ya hace tiempo.

En la manifestación que hoy ha reunido a miles de personas para honrar a Nemtsov en Moscú había, como en todas las manifestaciones en Rusia, un número desproporcionado de policías armados hasta los dientes, detectores de metales y cacheos para entrar al lugar de concentración, así como policías de paisano que se esfuerzan por no pasar desapercibidos y toman fotos de los asistentes. La sensación al asistir a una manifestación de este tipo en Rusia es, siempre, la de estar muy vigilado, así como la de que quien tiene el poder no quiere que estés allí. Otro rasgo del estado policial.

Y quienes caen asesinados a tiros en las calles no son los políticos partidarios del Kremlin, sino muy a menudo aquellos a quienes señala la propaganda oficial como los quintacolumnistas: Politkovskaya, Estemírova, Nemtsov… Esa propaganda genera odio, para eso ha sido diseñada. La televisión oficial (casi no hay otra en Rusia), emite permanentemente reportajes (¡a menudo anónimos!) sobre las conexiones mafiosas que estos opositores tienen con sus patrones occidentales, así como la corrupción endémica y el trabajo anti-ruso que desarrollan. Los días de manifestación son frecuentemente elegidos para la emisión de dichos “documentales”.

La propaganda del odio tiene consecuencias graves que no parecen preocupar a un Putin que piensa en su legado histórico y su lugar en el panteón de los zares que consolidaron la grandeza de la Gran Rusia. Los ciudadanos rusos no merecen que el odio les sea transmitido como si de un rasgo identitario propio se tratase. Urgen relatos alternativos que compitan con el emanado por el Kremlin, relatos que tengan la posibilidad de ser difundidos por los medios de comunicación. Pero esto difícilmente ocurrirá con Putin en el poder. El presidente ha hecho todo lo que estaba en sus manos para que nadie le haga sombra. Pocos rusos se atreverían a nombrar un político que pudiese sustituir a Putin en la presidencia: en la televisión, Vladímir el Grande campa a sus anchas.

Rusia necesita pararse a pensar. Detener esta espiral de odio, darse una tregua para mirarse a sí misma, tomar aire y modificar el rumbo. Occidente debería saber acompañar, con alteza de miras, este proceso. Desgraciadamente, ni la Rusia de Putin, ni la Europa de la Troika ni el Whashington de Obama parecen estar a la altura. Mientras tanto, el trabajo imperfecto, pero muy necesario, de la oposición en Rusia, es a lo que se agarran quienes mantienen cierta cordura dentro de la paranoia generalizada. Así, los políticos valientes no sobran en Rusia. Descanse en paz Borís Nemtsov.

 

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