Ana Sánchez Resalt :::: La ópera de Dmitri Shostakovich Lady Macbeth de Mtsensk se estrenó en enero de 1934 en el Maly Operny de Leningrado. Años después sería objeto de la dura campaña contra el arte formalista del Gobierno soviético. El 28 de enero de 1936, el periódico oficial del Partido Comunista ruso, Pravda, publicó un demoledor editorial titulado “Caos en lugar de música” en el que decía:

“Desde el primer minuto el oyente quedada horrorizado por la deliberada disonancia, por el confuso flujo de sonido. Trozos de melodía y comienzos de una frase musical se ahogan, vuelven a emerger y desaparecen en un estruendo chirriante y machacón. Seguir esta “música” es lo más difícil; recordarla, imposible. Y así sucede durante prácticamente toda la ópera (…) Aquí tenemos una música a la que se ha dado la vuelta deliberadamente para que no existiera ninguna reminiscencia de la ópera clásica, o para que no tenga nada en común con la música sinfónica o con el lenguaje musical popular y simple accesible a todo el mundo. Esta música se construye sobre la base del rechazo a la ópera, la misma base del arte “izquierdista” que rechaza la simplicidad del teatro, el realismo, la claridad de la imagen y la palabra hablada sincera (…) Aquí tenemos confusión “izquierdista” en lugar de música humana natural. El poder de la buena música para infestar a las masas ha sido sacrificado por un intento pequeñoburgués y formalista de crear una obra original a través de payasadas baratas (…) El peligro de esta moda de la música soviética está claro. La distorsión izquierdista en la ópera surge de la misma fuente que la distorsión izquierdista en pintura, poesía, enseñanza y educación. Las “innovaciones” pequeño burguesas llevan a una ruptura con el arte real, con la ciencia real y con la literatura real. El compositor de Lady MacBeth ha sido forzado a tomar prestado del jazz su música nerviosa, convulsa y espasmódica para prestar “pasión” a sus personajes. Mientras nuestros críticos, incluidos los críticos musicales, juran por el nombre del realismo socialista, la obra nos ofrece, en esta creación de Shostakovich, el más tosco tipo de naturalismo (…). Todo esto es tosco, primitivo y vulgar. La música brama, grazna y gruñe (…). Al parecer, el compositor nunca consideró la cuestión de lo que la audiencia soviética busca y espera de la música (…). Ignora las demandas de la cultura soviética de que toda la tosquedad y salvajismo sea abolidos de cada rincón de la vida soviética (…) Lady MacBeth está teniendo gran éxito entre audiencias burguesas en el extranjero. ¿No es esto acaso porque se trata de una ópera apolítica y confusa como las que ellos alaban? (…)”

Y aquí, un poco de ese “caos” interpretado por el propio compositor:

El 10 de febrero de 1948 se publicaría el decreto del Comité Central del Partido Comunista “Sobre la ópera «La Gran Amistad» de V. Muradeli”, que seguía la línea de ataque al arte formalista en la URSS.

Al finalizar la Gran Guerra Patriótica,  la propaganda soviética dirigió grandes esfuerzos a alentar el sentimiento nacionalista y anti-burgués. Este decreto es significativo porque revela el doble rasero con el que aplicaba su propia ideología el Partido: se exaltaba el nacionalismo, pero, al mismo tiempo, se estaban atacando y masacrando naciones que pertenecían al multiétnico Estado soviético. Esta resolución del Politburó, aunque es un ataque particular a una obra en concreto, serviría para denunciar la situación general de la música soviética y nos recuerda a los términos utilizados en el artículo de Pravda:

“La música es pobre e inexpresiva. No contiene ni una melodía o aria que pueda ser recordada. Es confusa y no armónica, construida sobre complicadas disonancias y combinaciones de sonido que chirrían al oído. Algunas líneas y escenas con pretensiones de “melodicidad” son, de repente, rotas por sonidos discordantes totalmente extraños al oído humano normal y opresivos para el que escucha”.

El compositor georgiano Vano Muradeli
El compositor georgiano Vano Muradeli

En relación al nacionalismo, el decreto acusa a Muradeli de no haber hecho uso de la tradición musical melódica de los pueblos de la URSS, especialmente “del Norte del Cáucaso, donde tiene lugar la acción de esta ópera”. Según el decreto: “El asunto de la ópera, que pretende retratar la batalla por el establecimiento del poder soviético y la amistad de las gentes del Cáucaso Norte en 1918-1921, es históricamente falso y ficticio. La ópera crea la errónea impresión de que las gentes del Cáucaso, tanto georgianos como osetios, eran hostiles a los rusos en ese tiempo. Esto es históricamente falso. Eran los ingusetios y los chechenos los que se opusieron al establecimiento de la amistad de las gentes del Cáucaso Norte en este tiempo”.

Estas desviaciones cometidas por Muradeli no son aisladas en el panorama musical soviético de esos años. El Comité Central declara su enfado por el “insatisfactorio estado de la música soviética” y “con la difusión de la tendencia formalista entre los compositores soviéticos”. Entre los compositores que se encuentran bajo la influencia formalista en la música, se cita a Dmitri Shostakóvich, Sergéi Prokófiev, Aram Jachaturián, Vissarion Shebalin, G. Popov y N. Maiakovski, “cuyas composiciones representan más notablemente las perversiones formalistas y las tendencias antidemocráticas en la música que es ajena al pueblo soviético y a sus gustos artísticos”.

La influencia burguesa es, indiscutiblemente, la culpable del deterioro del estado de la música en la URSS: “Las marcas característica de esta música son la negación de los principios básicos de la música clásica: el culto a la atonalidad, la disonancia y el acorde disonante supuestamente expresivo del “progreso” y la “novedad” en el desarrollo de la forma musical; el rechazo a un principio vital de la música como es la melodía; el entusiasmo por combinaciones confusas, que transforman la música en cacofonía, en una caótica mezcla de sonidos. Esta música apesta fuertemente al hedor de la música contemporánea, modernista, burguesa de Europa y América, que refleja la descomposición de la cultura burguesa, la negación total, el punto muerto del arte musical”.

En su resolución final, el Politburó resuelve condenar la tendencia formalista en la música soviética, proponer a la Dirección General de Propaganda y Agitación y al Comité para Asuntos de las Artes que intenten por todos los medios corregir los errores apuntados a lo largo del decreto, y apelar a la conciencia de los compositores soviéticos para que vuelvan a acercarse al pueblo y limpien “todo lo que debilita nuestra música y dificulta su desarrollo”.

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