Marta Ter ::: Boletín Caucasus News, nº 46, febrero 2015 :::: «Todo empezó en el 2007», me explica Svetlana. «Yo entonces trabajaba de contable, tenía tres hijos… Vivíamos relativamente tranquilos, sin sobresaltos. Pero el 26 de abril todo cambió. Las fuerzas de seguridad secuestraron al menor de mis hijos, Isá. Llamaron a la puerta, él fue a abrir, se lo llevaron y no lo he vuelto a ver nunca más. Desde aquella fatídica fecha no ha pasado ni un solo día sin que piense: ¿Por qué? ¿Por qué motivo se lo llevaron? Si hubiera sido culpable de algo, hecho que nunca he podido averiguar, deberían haberlo juzgado, siguiendo la ley, pero no haciéndolo desaparecer de este modo.»

Desde la desaparición de Isá, Svetlana llamó a todas las puertas posibles para poder recuperar a su hijo; esperando su turno en la Fiscalía y en distintas oficinas de altos cargos tanto en el Daguestán como en Moscú, supo que la tragedia que había llegado a su casa también había golpeado a muchas otras familias de la región del Cáucaso Norte. Coincidió con más madres que buscaban a sus hijos desaparecidos a manos de los cuerpos de seguridad y, juntas, crearon la asociación Madres del Daguestán.

«Queríamos ayudar a las personas que se encontraba en la misma situación que nosotras», comenta Svetlana. «El 18 de octubre del 2007 nos registramos en el Ministerio de Justicia y empezamos a trabajar. Desde el primer día denunciamos graves violaciones de los derechos humanos, como desapariciones forzosas, ejecuciones extrajudiciales, torturas y secuestros.»

Desde que empezaron a trabajar, su organización se ha topado constantemente con la administración del Daguestán, y han recibido amenazas de distintos cuerpos de seguridad. El peor sobresalto se lo llevaron el 20 de agosto del 2009, cuando encontraron su oficina calcinada. Fue un incendio provocado para interferir en las actividades de la ONG. Esto supuso un duro golpe para la organización, ya que mucha documentación se perdió, así como todo el equipamiento técnico.

Asociación Madres de Daguestán
Asociación Madres de Daguestán

«Me ha pasado de todo», nos explica Svetlana: «Me han seguido con vehículos de vidrios polarizados, nuestra oficina y mi casa están bajo constante vigilancia, mi teléfono está pinchado, he recibido múltiples amenazas de la policía… Desde hace poco, personas desconocidas han empezado a venir a mi casa cuando yo estoy fuera, y tratan de interrogar a mi nieto ¡que solo tiene nueve años! Esto es lo que me hace sufrir más, mis mijos y mis nietos. Más de una vez he tenido que escuchar que “en vez de buscar a tu hijo desaparecido, procura que no te desaparezca otro”».

Ahora mismo, la ONG cuenta con seis trabajadores y varias decenas de voluntarios en distintos puntos del Daguestán. Las principales actividades que llevan a cabo son la recopilación de información sobre las personas que han sido secuestradas en el territorio del Daguestán; organizan protestas y manifestaciones; difunden información sobre la arbitrariedad de las autoridades; promueven contactos con periodistas y activistas tanto rusos como de medios extranjeros; y, también, ofrecen asistencia jurídica a los ciudadanos del Daguestán facilitándoles abogados.

Según sus palabras, los problemas más graves que atraviesa ahora el Daguestán en materia de derechos humanos son consecuencia de las operaciones antiterroristas que se llevan a cabo en la república. A menudo, personas cuya culpa es muy difícil, o imposible, de demostrar acaban muertos a manos de la policía, en asesinatos extrajudiciales.

Solucionar los múltiples problemas del Daguestán, con más de treinta etnias y multiconfesional, no es nada fácil. «No es posible hallar una receta fácil, ni una solución ideal, pero sí es necesario encontrar unos mínimos que detengan el actual derramamiento de sangre.»

Según ella, un paso encaminado a lograr la paz debería exigir que los cuerpos de seguridad actuaran dentro de la ley. La violencia solo engendra más violencia, y hay que romper este círculo cerrado.

De hecho, el conflicto armado en el Daguestán experimentó una ligera mejora con el anterior presidente, cuando se crearon unas comisiones de diálogo entre sufíes y salafistas (las dos ramas del Islam que están enfrentadas en la región), y se empezó a permitir que los jóvenes que habían acabado en la insurgencia, pero que no tenían las manos manchadas de sangre, pudieran reintegrarse en la vida civil.

«Es importante que se construyan puentes entre la sociedad y los combatientes que no han cometido delitos graves, para que puedan regresar a la vida civil. De lo contrario, en el Daguestán no habrá paz, y es posible que los ecos de nuestra guerra lleguen de nuevo a los metros o a los aeropuertos de Moscú, como ya ha sucedido anteriormente.»

Según la asociación, el principal órgano que viola los derechos humanos de la población local es el Ministerio del Interior. «La tortura y las palizas se aplican independientemente del delito o el grado de culpabilidad del detenido. La principal tarea de los policías es rendir cuentas a sus superiores. Y en todo esto juegan un papel muy negativo las grandes sumas que se asignan desde Moscú a nuestros cuerpos de seguridad para combatir el terrorismo. En ocasiones, los agentes de la policía, simplemente, no quieren trabajar bien. En vez de investigar los crímenes para demostrar la culpabilidad de una persona, es mucho más sencillo y rápido obligar a confesar a alguien mediante la tortura, para después construir un falso cargo.»

Nos explican que han llegado a la organización múltiples casos en los que, debido a las palizas a manos de la policía, un detenido acaba muriendo. Después, la policía afirma que el detenido ha muerto debido a un enfrentamiento armado. Pero en los cadáveres se encuentran signos evidentes de tortura: cortes y contusiones, brazos rotos, marcas de esposas, quemaduras de cigarrillo… Incluso una vez, en el cuerpo de de un hombre supuestamente asesinado durante un enfrentamiento armado, no se encontraron heridas de bala.

«Antes de crear nuestra organización, yo no tenía ni idea de la gravedad de este problema, ni de su alcance. Solo ahora soy consciente de ello», nos comenta Svetlana. «Además, hay que incidir especialmente en el hecho de que muchos jóvenes también mueren luchando contra la insurgencia, o en los atentados que esta comete. Estos jóvenes también son los hijos de alguien y nosotras, como madres, no podemos permanecer impasibles ante estas muertes. No podemos permitir que nuestros hijos se maten entre sí».

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