Marta Ter ::: Boletín “Caucasus News”, nº 46, febrero 2015 :::: Desde que se iniciaran las guerras en Chechenia en la década de los 90, en el Cáucaso Norte la violencia no ha cesado. La lucha de liberación nacional por una Chechenia independiente poco a poco fue derivando en un movimiento armado pancaucásico yihadista y, actualmente, en la región opera el grupo terrorista “Emirato del Cáucaso”, cuyo objetivo es establecer un estado independiente basado en la sharia.

La población civil se ve a menudo atrapada en el conflicto armado existente entre yihadistas y cuerpos de seguridad. Basta con echar un vistazo a los últimos informes de derechos humanos de reputadas ONG que trabajan sobre el terreno para entender que, en la lucha contra el terrorismo, en Rusia impera la mano dura y, demasiado a menudo, la represión no afecta sólo a los miembros del Emirato del Cáucaso.

Un claro ejemplo de la indefensión de los civiles ante la violencia lo encontramos en Vremenny, un pueblo de apenas 1.000 habitantes situado en las montañas de Daguestán. Nos desplazamos allí a principios de enero, donde unos vecinos nos recibieron en secreto para mostrarnos los excesos que los cuerpos de seguridad habían cometido en la aldea durante una operación antiterrorista.

Vremenny, Daguestán
Vremenny, en Daguestán, tras la operación antiterrorista.

Cuando llegamos a Vremenny, un grupo de mujeres ya nos esperaba en la entrada del pueblo, todas vestidas de negro y con un pañuelo en la cabeza. Nos explicaron, con una mezcla de indignación y aflicción, que el 18 de septiembre de 2014 agentes de las tropas del Ministerio del Interior, del FSB (Servicio Federal de Seguridad, ex KGB) y los OMON (Unidad especial de la Policía) rodearon el pueblo, bloquearon todos los accesos y condujeron a todos los habitantes hasta un punto de filtración, donde les anunciaron que llevarían a cabo un registro en todas las casas.

En el punto de filtración los fotografiaron a todos y les tomaron las huellas dactilares y muestras de ADN. Detuvieron a cuatro hombres. Tres de ellos fueron puestos en libertad a los pocos días, pero el cuarto desapareció y sus familiares no saben dónde está.

Ese mismo día a los hombres les prohibieron volver al pueblo; a las mujeres y niños sí se les permitió volver. Una vez en Vremenny, sin embargo, las mujeres no podían moverse con libertad. Cerraron la escuela y las tiendas, y a diario se llevaban a cabo registros en las casas. Las mujeres relatan que los militares iban enmascarados, con pistolas cargadas y las usaban de escudos humanos para registrar sus domicilios. A veces iban borrachos y las mujeres temían por su seguridad y por la de sus hijos.

Vremenny, en Daguestán, tras la operación antiterrorista
Vremenny, en Daguestán, tras la operación antiterrorista

“Entonces, el día 2 de octubre, oímos una fuerte explosión seguida de disparos. Enseguida vino un grupo de militares y nos dijeron: «Fuera todos de aquí, hemos encontrado un búnker»”, explica Fátima, madre de tres hijos. “Nos marchamos rápidamente, sin tiempo ni de coger ropa para los niños. Después supimos, por los medios de comunicación, que habían matado a tres guerrilleros. Pero a nosotros nadie nos informó de nada”.

Las mujeres pensaban que sólo pasarían fuera de casa unos días, una semana a lo sumo. Pero en realidad, la operación antiterrorista se prolongó más de dos meses “sin dejarnos recoger nuestras cosas de casa, sin que el Gobierno nos diera ningún tipo de ayuda ni de información sobre lo que sucedía”, nos cuenta Fátima.

La mayor parte de los residentes de Vremenny fueron a vivir en casa de parientes o de amigos que, hasta el día de hoy, les han proporcionado techo, ropa y comida.

Farmacia desvalijada tras la operación antiterrorista
Farmacia desvalijada tras la operación antiterrorista

Finalmente, la noche del 25 al 26 de noviembre los militares comenzaron a irse del pueblo tras más de dos meses allí. Al día siguiente, el pueblo quedó vacío. Los vecinos decidieron entrar para volver a ocupar su casa, pero para muchos su casa había desaparecido.

La aldea no parecía la misma que habían dejado atrás dos meses y medio antes. Dieciséis casas habían sido totalmente arrasadas: en su lugar sólo quedaba un descampado. Y 40 casas más estaban semidestruidas. Además, dentro de las casas no quedaba prácticamente nada. Las pocas joyas familiares que algunos conservaban habían desaparecido junto a los ordenadores, electrodomésticos… todo lo que tenía valor ya no estaba.

Encontraron otros objetos y posesiones (ropa, muebles, alfombras, etc.) quemados o semienterrados por las calles, o arrojados al río. Los vehículos de los vecinos estaban desvalijados. Se habían llevado motores y neumáticos y algunas carcasas estaban en el río. Incluso la mayoría de los árboles frutales (melocotoneros, albaricoquero y caquis), que eran la fuente de ingresos principal de algunas familias, habían sido arrancados de raíz.

Los edificios públicos también sufrieron el pillaje de las fuerzas de seguridad. Según los vecinos del pueblo, todas las medicinas e instrumental médico del hospital habían desaparecido, al igual que los 18 ordenadores de la escuela. En la mezquita, el Corán había recibido un par de machetazos. Y en diversos edificios habían pintadas ofensivas: esvásticas, calaveras, “Gloria a Rusia” …

Corán con machetadas
Corán con machetadas

La gente del pueblo no entiende el porqué de tanta devastación: “Comprendemos que durante una operación antiterrorista, y más si buscan búnkeres, los militares puedan arrancar el suelo de las casas, romper algo. Pero aquí ha habido una destrucción gratuita y expresa de nuestras propiedades. Nos lo han robado todo y lo que no se han podido llevar con sus camiones Kamaz, lo han destrozado “, nos explicaba Aminat, que había sido infermera del hospital, mientras nos enseñaba los estropicios.

A finales de noviembre una persona de Shamil-Kalá, localidad situada a 20 km de Vremenny, envió un correo electrónico a un conocido suyo del pueblo con la foto de una impresora explicando que unos militares se la habían vendido por 15.000 rublos. Él sabía que había habido una operación antiterrorista en Vremenny y se imaginó que la habían robado de allí para revenderla. “Si es vuestra, devolvedla a su propietario. No quiero que me pague nada”.

Los habitantes del pueblo están convencidos de que todos los agentes de los cuerpos de seguridad que han participado en la operación antiterrorista han recibido importantes sumas de dinero. Aparte de lo que han conseguido con el saqueo, todos los militares han ganado un sobresueldo importante por el hecho de participar en una Operación Antiterrorista. Por un lado, por haber sido destinados al Cáucaso Norte (plus por traslado), y por otro, por el hecho de participar en una Operación Antiterrorista (plus de peligrosidad).

Los residentes de Vremenny han presentado quejas formales a la Fiscalía, a la Alcaldía, al Ministerio de Emergencias… Hasta ahora, todo en vano. Según las mujeres del pueblo, lo único que han conseguido es recibir llamadas amenazadoras de agentes del FSB que, sin identificarse, las presionan para que dejen de hacer preguntas y de reclamar lo que les corresponde.

Les aseguran que ni el gobierno de Daguestán ni el Consejo Regional tienen presupuesto para pagarles una indemnización. Marat, un chico joven que se casó 15 días antes de que empezara la operación antiterrorista y que ahora vive con su mujer y otros dos vecinos en la cocina de un pariente, me dice indignado: “Este verano Daguestán acogió a refugiados ucranianos, nuestro gobierno les ha proporcionado un lugar para vivir y comer. Y también enviaron ayuda humanitaria a Crimea y a Donbass. Me parece muy bien, pero luego resulta que a nosotros nos echan de casa y no tenemos dónde caernos muertos. Mi casa, nueva, está ahora destrozada y no quieren saber nada. ¿Pero esto qué es? ¿Y esperan que nos sintamos ciudadanos rusos de pleno derecho?”.

Es evidente que en el Cáucaso Norte, y en concreto en Daguestán, hay una amenaza yihadista que se debe combatir. Pero también es evidente que, con métodos como los relatados, la lucha antiterrorista sólo consigue radicalizar más a la población y enfrentarla a los cuerpos de seguridad, que perciben como una amenaza. Tal y como nos dijo Aminat: “Nuestros hijos no se sienten ciudadanos rusos, aquí nadie respeta nuestros derechos. La única explicación que tengo es que los cuerpos de seguridad no quieren que el bosque se vacíe de combatientes”.

Todas las fotografías de este artículo han sido realizadas por Marta Ter. Para ver el reportaje fotográfico completo, pinche aquí.
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