Adrián Tarín ::: Especial “Caucasus News” X Aniversario Observatorio Eurasia :::: De entre los muchos aspectos que circundan la relación entre arte y anarquismo, y tras releer a determinados pensadores pretéritos y contemporáneos, podemos destacar dos: la función social y la estética libre. Tanto Proudhon, como Kropotkin o, más recientemente, Ángel Cappelletti, recuerdan en sus escritos la conveniencia de poner el arte al servicio de la revolución social cuando esta se produce, o como herramienta de propaganda libertaria que fracture la hegemonía del Capital y el Estado. Por su parte, la posición antijerárquica característica del anarquismo impide la profesionalización del arte como una materia reservada sólo a quienes desarrollen una destreza técnica determinada –la del pincel, la de la pluma, la del canto, etcétera-, sino que supone un momento de inspiración creativa posible para el común de la clase trabajadora; esto es, el arte como movimiento popular y popularizado. La combinación de ambos aspectos ha concluido en la aparición de grupos de punk o artistas vinculados a la performance con una orientación política determinada, disciplinas que no necesitan un uso especialmente hábil de la voz o del cuerpo.

Esta orientación política se encamina en Rusia, en algunos casos, hacia lo libertario tras el fracaso experimentado por el autoritarismo soviético y la catastroika capitalista que siguió a la caída del bloque. Surgen, así, colectivos movidos del mismo modo por el rechazo a la autoridad y contra las desigualdades del neoliberalismo, que utilizan expresiones artísticas como medios de propaganda y agitación. Tales son los casos del Grupo Voiná y la banda de punk Pussy Riot.

Dick captured by KGB, Grupo Voiná
Dick captured by KGB, Grupo Voiná

Tanto Voiná como Pussy Riot concilian la tensión existente entre expresarse creativamente y obtener una rentabilidad política de sus acciones. De ahí que no sólo infrinjan la ley –que en muchos casos no es únicamente una forma de polemizar, sino también de llevar a cabo una campaña de propaganda por el hecho de que demuestra que la desobediencia es posible-, sino que además buscan la espectacularidad efectista en sus performances. Así puede entenderse “Dick captured by KGB”, en la que activistas de Voiná pintaron un enorme falo sobre un puente levadizo momentos antes de que se elevara frente al edificio central del FSB. Esta acción, referente del grupo, refleja igualmente otro aspecto necesario para acercarnos a la obra de ambos colectivos: la utilización del espacio urbano como lienzo y de Internet como galería. El anticapitalismo practicado por ambos supone, por definición, el rechazo a las formas de consumo artísticas tradicionales basadas en espacios cerrados, normativizados, previsibles, frenéticos y mercantiles como son los museos, que en añadidura, son generalmente propiedad de grandes oligarcas o del Estado.

Voiná y Pussy Riot poseen en su haber una tradición de lucha libertaria anterior a su explosión mediática, la cual siempre fue buscada –de ahí que sus acciones sean políticas y propagandísticas, con la intención de lanzar su mensaje a cuanta más audiencia se pueda- pero que, quizá, al menos en Occidente, ha acabado engulléndoles. La experiencia que ambos grupos reportan puede servirnos para entender que no sólo es necesario romper la barrera de acceso a los medios de comunicación, sino que además es necesario controlar el discurso propio para evitar que otros poderes se apropien de él y lo simplifiquen. Tras Pussy Riot hay una profunda convicción libertaria, anticapitalista y feminista, pero tanto instituciones como Amnistía Internacional como los medios de comunicación occidentales han reducido sus actuaciones a un puñado de mujeres opositoras a Putin con ropajes llamativos.

Este artículo es un resumen de la ponencia que realizó Adrián Tarín en las Jornadas del X Aniversario del Observatorio Eurasia, celebradas en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla el 9.10.2014
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