Adrián Tarín :::: El título, realmente, debería llevar signos de interrogación ya que, y sin que sirva de precedente, el sustrato de lo que aquí se cuenta es mera especulación. No obstante, puede merecer la pena dejarse llevar por la imaginación apoyándose en los pocos hechos concretos que se conocen al respecto. Uno de estos acontecimientos básicos y axiomáticos es que el 8 de abril de 2003 fueron asesinados por el ejército norteamericano el camarógrafo español José Couso, como es bien sabido, pero también el periodista ucraniano Taras Protsyuk.

Según los testigos que se encontraban en el Hotel Palestina, lugar que fue torpedeado por los tanques estadounidenses y reconocido centro de prensa internacional, el incidente se produjo sin amenaza alguna para la integridad de las tropas norteamericanas; es decir, un crimen de guerra. Estas circunstancias, en el mejor de los casos turbias, provocaron que la respuesta de la Administración Bush, que entonces concluyó que los militares estuvieron recibiendo fuego hostil desde el hotel, no satisfiacieron las expectativas de quienes esperaban una investigación seria sobre el suceso. Ello llevó al en aquel momento presidente de Ucrania, Leonid Kuchma –y a diferencia de la actitud de sumisión que llevó a cabo el gobierno de Aznar- a pedir una investigación y responsabilidades a Estados Unidos por la muerte de su compatriota. No tratan, estas líneas, de situar a Kuchma como un garante de la libertad de prensa, quien precisamente ha recibido graves acusaciones en esta materia. Atribuyo su iniciativa más que en un arrebato de dignidad, a la defensa de sus intereses geoestratégicos, más cercanos a la Rusia de Putin –que no participó de la guerra de Iraq- que al Occidente atlantista.

Mucho ha llovido en Ucrania desde entonces, un país en el que la política interior parece destinada a manejarse por poderes exteriores. De hecho, la década que transcurre entre los sucesos que narramos y la actualidad, puede resumirse en una partida de ajedrez, cuyo tablero cobra la forma de la geografía ucraniana, y cuyos rivales hablan el lenguaje de la OTAN, unos, y del Kremlin, otros. Una partida ineludible para entender la presidencia, hoy, de Petro Poroshenko.

No haré un análisis de las revueltas de Maidán y la guerra civil en el Este. La situación es demasiado compleja y el único hecho que afecta a este relato central es la sabida financiación y apoyo europeo que recibe el actual gobierno, en el marco de la disputa geoestratégica comentada anteriormente.  No obstante, ¿en qué afecta todo esto al asesinato de Taras Protsyuk? Es, aquí, donde entramos en el terreno de la especulación. El pasado junio el juez español Pedraz, que investiga el conocido como “caso Couso”, solicitó al gobierno ucraniano conocer la información y conclusiones de la investigación que presumiblemente la justicia del país habría llevado a cabo sobre Protsyuk. La sorpresa ha sido que la respuesta, que se ha demorado tres meses, ha sido negativa. No hay ni ha habido nunca investigación local sobre el asunto, a pesar de la postura de confrontación que mantuvo Kuchma.

¿Es este bloqueo una manifestación más de la influencia atlantista en el nuevo gobierno ucraniano? ¿Es uno de los peajes que ha de pagar Kíev por la legitimación y financiación europea del más que cuestionable proceso por el cual se rompió la promesa de crear un gobierno de concentración con Yanukovich? No es posible afirmarlo con rotundidad, pero en el Estado español podemos presumir de conocer cómo se relacionan las autoridades norteamericanas y locales en el tema que nos ocupa. En el año 2010, Wikileaks filtró una serie de cables diplomáticos en los que se constataba cómo el gobierno de Zapatero cedió a las presiones de Washington para obstaculizar un proceso real de investigación del “caso Couso”. Sabemos, entonces, que estas cosas pasan, que no es descabellado, viendo las molestias que se toman en la Casa Blanca por impedir un proceso con garantías, pensar que Kiev, si alguna vez tuvo intención real de recopilar mínimamente alguna información alternativa sobre el asesinado de Protsyuk, guardará silencio. Alcanzar la presidencia tiene un precio. Favor, con favor se paga.

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