Miguel Vázquez Liñán :::: No parece que sea Ucrania, al menos no apoyando a los bandos que se enfrentan militarmente, el mejor lugar para enfrentarse, a día de hoy, al “fascismo”, tal y como parece desprenderse de no pocos comentarios aparecidos en diferentes medios de comunicación afines a una determinada izquierda política.

Desde luego, ese es el mensaje que transmiten machaconamente los medios de comunicación oficialistas en Rusia, que incluyen, claro está, a la cada vez más influyente Russia Today. En Ucrania, según estos medios, se libra la batalla entre el fascismo de nuestro tiempo (ultranacionalista, neonazi y antisemita, en palabras del presidente Putin) y aquellos “antifascistas”, encabezados por las autoridades de la Federación Rusa y las milicias pro-rusas del sureste ucraniano, que no están dispuestos a tolerar que se salgan con la suya. Las referencias omnipresentes a la Segunda Guerra Mundial sirven de contexto simbólico para interpretar los acontecimientos de hoy.

El argumento que subyace a la lógica de dicho mensaje es la siguiente: los oligarcas neoliberales ucranianos, con la ayuda de sus correligionarios en Estados Unidos y la Unión Europea han tomado el poder en Kíev. Rusia es la única potencia con el poder y la valentía suficiente como para enfrentarse a la amenaza que supone esa alianza en el este de Europa. Rusia sería, además, el epicentro de una nueva alianza de países con propuestas alternativas a las occidentales (léase Europa y Estados Unidos), y Putin el presidente al que no le tiembla el pulso a la hora de enfrentar a la OTAN o a Estados Unidos.

Una cosa es cierta: la estrechez de miras de Washington y Bruselas tras la caída de la URSS ha causado buena parte de los problemas que hoy se traducen en conflictos como el de Ucrania. El espíritu de vencedores de la Guerra Fría (y, por tanto, con derecho a fijar las reglas del juego a los perdedores) campó a sus anchas en los primeros años noventa. Se pudo haber hecho más, mucho más, por ayudar, escuchando, en vez de tratar como una colonia sin opinión relevante a Moscú. Los espasmos imperiales, nunca desaparecidos, ganaron aquella partida. Pero la lógica imperial no estaba entonces, ni hoy, sólo del lado “occidental”. Es la que planeó sobre las guerras de Chechenia, la que mantiene a los pueblos que habitan la Federación Rusa en una especie de “colonización interna”, como ha ilustrado brillantemente Aleksander Etkind, la que lleva a Moscú a considerar sus dominios a los antiguos territorios del imperio ruso-soviético. El discurso imperial, sin tapujos a día de hoy, es el hegemónico en los medios de comunicación oficialistas (es decir, casi todos), de Rusia.

Convendría, quizás, sondear la opinión de los movimientos antifascistas activos en la Rusia de hoy. No nos sorprendería, probablemente, que muchos de ellos vean con asombro la imagen de “antifascistas” de las autoridades rusas e incluso de las milicias pro-rusas del sudeste ucraniano, muchos de cuyos miembros son y han sido compañeros de filas (en los servicios secretos y en la policía) del actual presidente ruso. Europa, por cierto, ha acogido (bien que a veces a regañadientes) a cientos de refugiados que militaban en esos movimientos, sobre los que siguen pesando hoy condenas de varios años de cárcel por haber participado en manifestaciones en contra del régimen de Moscú.

¿Significa esto que el gobierno de Poroshenko es la mejor de las opciones? No, pero como todos los rusos y ucranianos saben, sus pueblos se parecen bastante. También en esto: los oligarcas, si así queremos llamarlos, campan a sus anchas en Kíev, Donetsk y Moscú. Por otro lado, Estados Unidos y Rusia no han dejado de colaborar en las extracciones petrolíferas del Ártico, para desesperación de los movimientos ecologistas. El dinero sigue circulando, el gas y el petróleo también, a pesar de las sanciones. Por eso, seamos prudentes, este es un conflicto con pocos asideros, no nos dejemos llevar únicamente por la máxima de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos… Nos podríamos equivocar.

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