Adrián Tarín :::: La actual monopolización de la agenda política y mediática internacional por el conflicto en Ucrania, el cual sin duda merece una reflexión, atención y cobertura sostenidas, ha provocado la desatención de un hecho que puede ser determinante –el tiempo lo dirá- para el futuro del Cáucaso Norte. Pocos días después del décimo aniversario de la masacre de Beslán, una nueva amenaza para la seguridad y el proyecto nacional ruso se hizo explícita desde Oriente Medio: el Estado Islámico.

Hace apenas una semana, la cadena de televisión Al-Arabiya –del cual, como digo, se han hecho eco muy pocos medios internacionales- difundió un vídeo en el que un militante del Estado Islámico, al parecer en Siria, desciende de una aeronave y amenaza directamente al presidente Vladimir Putin advirtiéndole “estos son los aviones que enviaste a Bashar [Asad], y nosotros te los vamos a enviar a ti. ¡Recuerda eso!”. “Tu trono –continúa dirigiéndose personalmente a Putin- ya ha sido sacudido, se encuentra bajo amenaza y caerá a nuestra llegada [a Rusia]… ¡Ya estamos de camino!”. Además, durante la grabación, en la cual puede oírse una voz rusohablante, declara su intención de extender los dominios del califato a Chechenia y al resto del Cáucaso.

La respuesta rusa no se hizo esperar. En su cuenta de Instagram, Ramzan Kadyrov publicó a colación de la publicación del vídeo: “Juro que quien se atrevió a proferir amenazas contra Rusia y pronunciar el nombre de nuestro presidente Vladímir Putin será liquidado allí donde lo hizo. No vamos a esperar a que se ponga al timón del avión. Irá a parar allí donde se pudren los cuerpos de sus hermanos terroristas”. No obstante, y aunque de sus palabras puede deducirse que Rusia podría intervenir contra el Estado Islámico en tierras orientales, no se ha unido a la alianza liderada por Barack Obama para combatir a los yihadistas, probablemente porque las relaciones entre ambos países se han visto deterioradas desde la crisis ucraniana.

Al margen de la actuación rusa al respecto, de llevar a cabo sus amenazas el Estado Islámico plantearía un escenario novedoso en el Cáucaso, al entrar en competencia con el Emirato del Cáucaso. Existen, entre ambas organizaciones, algunas diferencias sutiles, y otras más pronunciadas. Desde el diseño del modelo de Estado –los rebeldes locales abogan por un emirato mientras que los yihadistas internacionales por un califato- hasta la visión del proyecto nacional/transnacional. Tanto la cuestión identitaria –excesiva arabización; desprecio por la lucha regionalista- como las expectativas de capitalizar la dirección del movimiento islamista, dificultaron años atrás la colaboración entre Al-Qaeda y la guerrilla, una circunstancia que podría repetirse si el Estado Islámico incurre en los mismos errores que la organización de Al-Zawahiri. Así, la actual posición de fuerza que presenta el Emirato en la zona entra en contradicción con las directrices del Estado Islámico, que exige juramento de lealtad al califa Abu Bakr Al-Baghdadi. Un indicador de la cautela con la que puede haberse contemplado en las filas de Ali Abu-Muhammad este movimiento es la ausencia en Kavkaz Center de cualquier contenido relacionado con la grabación.

Se presenta, pues, un futuro incierto para el movimiento islamista norcaucásico. Por un lado, parece reeditarse la “guerra contra el terror”, aunque por el momento lejos de las fronteras chechenas, ingusetias y daguestaníes. Por el otro, la irrupción del Estado Islámico en la zona puede no sólo recrudecer la política de seguridad de Kadyrov, sino también dividir a la insurgencia. En Oriente Medio, el Estado Islámico ha conseguido absorber a Al-Qaeda y a otras organizaciones sirias e iraquíes que en un primer momento se opusieron al nuevo grupo. Su innegable capacidad de atracción –decenas de inmigrantes musulmanes y conversos occidentales se enrolan cada semana en el nuevo ejército yihadista- podría hacer mella entre la población norcaucásica, aunque ante experimentos similares y anteriores la experiencia dicta lo contrario.

Anuncios