Thomas de Waal (periodista) :::: El asedio y posterior asalto a la escuela de Beslán (Osetia del Norte) terminó en tragedia hace diez años, el 3 de septiembre de 2004.

Beslán es uno de esos acontecimientos que dejan un residuo negro en el alma a cualquiera que tuviera algo que ver y hace que nos preguntemos: “¿Pueden los humanos realmente hacer algo tan horrible?”.

Visité la ciudad sólo cuatro meses después de la tragedia, y nunca olvidaré la desolada visión de un cementerio en la nieve llena de tumbas de niños, cada uno con juguetes y pequeños árboles de Navidad. De la cifra oficial de 334 víctimas en la Escuela N º 1 de Beslán, 156 eran niños.

¿Alguien ha aprendido las lecciones de la tragedia una década después?

Por desgracia, a pesar de un juicio y una investigación parlamentaria oficial, una niebla de desinformación impregnaba la ciudad ya durante el asedio y nunca ha sido totalmente despejada.

Pronto quedó claro que Beslán fue la demente obra del combatiente checheno Shamil Basayev. Él mismo se atribuyó la responsabilidad del acto terrorista. Esto ayudó, justamente, tanto a su destrucción personal como a la de su causa.
Pero en una región donde las teorías de la conspiración están a la orden del día, y en este caso concreto en el que se negó a los familiares de los asediados la información más básica en el momento -como el número de rehenes detenidos en el interior de la escuela-, las versiones más estrafalarias empezaron a divulgarse.

Escuela de Beslán

Aunque los principales sucesos de lo que ocurrió, de hecho, están claros, todavía quedan algunas preguntas delicadas sin responder por parte de las autoridades rusas. ¿Por qué se tomó la decisión de poner fin al asedio el 3 de septiembre con una operación de estilo militar que costó muchas vidas? ¿Se tomaron suficientemente en serio los esfuerzos de mediación de Ruslan Aushev y la oferta de la intervención del líder checheno Aslan Masjádov?

La tragedia barrió al gobierno de Osetia del Norte, pero hay pocas evidencias de que cambiara la cultura institucional de la república. Los terroristas nunca hubieran podido llegar a la escuela, a través de múltiples puntos de control, si no hubiera sido por la corrupción sistémica.

La cobardía colectiva de los líderes de Osetia del Norte al no responder a la crisis (a excepción de unos pocos individuos), reveló una cultura oficial que se preocupaba más por su propia supervivencia política que de la supervivencia de sus ciudadanos.

Como expresó Valery Dzutsev, periodista de Osetia que cubrió todas las horas del asedio, en su notable ensayo “La vida después de Beslán”: “En Beslán me di cuenta de que cuando el Estado deja de satisfacer las necesidades básicas de las personas, incluido el derecho a la vida, éstas comienzan a organizarse. Si las autoridades mienten todo el tiempo, la sociedad comienza a tratarles como un organismo extraño”.

Los ciudadanos de Osetia del Norte, que siempre han tenido la reputación de ser el pueblo del Cáucaso Norte más leal a Moscú, efectivamente, se enojaron y organizaron. La ira de algunos iba dirigida contra el presidente Vladímir Putin, que se trasladó a Beslán por muy poco tiempo y no apareció en público.

El discurso de Putin al día siguiente de la masacre en que terminó el asalto debe clasificarse como uno de los más extraños y más inadecuado de su presidencia. Habló más del fin de la Unión Soviética y sobre cómo Rusia estaba bajo asedio, que del destino de los niños que acababan de morir. El mensaje, incluso para los afligidos padres, era sólo de geopolítica: Beslán demostraba la necesidad de fortalecer el Estado, independientemente de los costes.

Un osetio me dijo en 2005: “Yo no veo ninguna razón por la que esto no pueda volver a ocurrir”. Los tiempos han cambiado y los militantes islamistas que atacaron Beslán son más débiles ahora que antes. Pero el hecho de que el Cáucaso Norte no aparezca en los titulares no significa que sus problemas se hayan resuelto. Más bien parece que han sido empujados a la invisibilidad, pero emergerán a la superficie en cualquier momento.

Este artículo se publicó originalmente en Carnegie.ru.
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