Adrián Tarín :::: En anteriores publicaciones, desde el Observatorio Eurasia hemos denunciado la manipulación propagandística del sentimiento antifascista con el que el Kremlin ha justificado su intervención en Crimea. No obstante, ello no significa que la emergencia de grupos de ultraderecha en EuroMaidán, primero, y en las instituciones ucranianas, después, no sea preocupante.

El escritor comunista Ernest Mandel (1976) analizó con alta precisión la naturaleza del fascismo, localizando sus resurgimientos en contextos marcados por crisis estructurales del capitalismo tardío combinados con una fuerte inconsciencia de clase (desclasamiento). Para Mandel, quien referencia a Trotsky en su exposición, la pequeña burguesía es la clase social que nutre el fascismo cuando se ve afectada duramente por las paupérrimas condiciones económicas, dando lugar a un “movimiento típicamente pequeño-burgués, mezcla de reminiscencias ideológicas y de resentimiento psicológico, que alía a un nacionalismo extremo y a una violenta demagogia anticapitalista, al menos verbal, una profunda hostilidad con respecto al movimiento obrero organizado” (1976: 28). Esta hostilidad, expresada necesariamente con violencia física, cuenta con el apoyo financiero del gran capital, produciendo una combinación que permite la aparición de un movimiento de masas. 

Cabe preguntarse, entonces, por qué el poder hegemónico capitalista podría apoyar a un movimiento estatista y de apariencia incontrolable como es el fascismo. La respuesta, para Mandel, es sencilla. La plutocracia, en peligro por la posibilidad de perder el mando ante los revolucionarios de izquierdas azotados por la crisis, envía a su escuadra más baja en la jerarquía –y, por ello, más cercana al proletariado- para eliminar físicamente a la oposición, por lo que se puede afirmar que el fascismo es la expresión terrorista del capitalismo. Así, pues, si el movimiento obrero “consigue rechazar el asalto y tomar la iniciativa, el resultado será una derrota decisiva no sólo del fascismo sino también del capitalismo que lo engendró” (op. cit. p.30).

La relectura de Mandel se antoja interesante para interpretar los sucesos ocurridos en EuroMaidán. La corrupción que caracterizaba al gobierno de Yanukóvich, así como, posiblemente, el rechazo al atractivo imaginario que, para la burguesía y parte de la clase trabajadora, representa la Unión Europea -libertad de tránsito, riqueza económica, prestigio, etcétera-, disparó la protesta social. La represión policial no sólo no ayudó, sino que comprometió a otros grupos originalmente no vinculados a EuroMaidán, pero con alto historial antirrepresivo. En algún momento, EuroMaidán pasó a ser una oportunidad histórica para que los movimientos revolucionarios de izquierda capitalizaran el movimiento. Sin embargo y con rapidez, es posible que debido a que las reivindicaciones originales poseían un sustrato ideológico también nacionalista, la ultraderecha hizo acopio de un mayor espacio social. La relación tradicional entre plutocracia y fascismo relanza, aún más, las sospechas entre grupos de izquierdas que aseguran un importante papel de Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea en el levantamiento de Kíev. Los recelos de la izquierda ante determinadas reclamaciones antagónicas procedentes del grupo original de EuroMaidán, el manifiesto apoyo occidental, la simpatía ideológica de la protesta con el nacionalismo ucraniano y el arrojo pseudomilitar que los elementos fascistas mostraron en la defensa de la plaza, pudieron ser claves para la victoria fascista del movimiento.

Pero si lo anterior se mueve en el plano de la especulación, aunque fundamentada, la presencia de elementos conservadores y de ultraderecha en el gobierno de transición no dejan lugar a dudas de que, en algún modo, a Occidente, en su particular partida de ajedrez geoestratégica frente a Rusia, le conviene una fuerza de choque violenta en las calles y en las instituciones que frene a los movimientos de izquierda. El pastel, prácticamente entero, se lo han repartido entre Batkivschina (Patria) y Svoboda (Unión Panucraniana), cuyas denominaciones constituyen toda una declaración de principios.

El actual primer ministro, Arseni Yatseniuk, cuyo talante democrático puede resumirse en su frase “la tierra arderá bajo los pies de los separatistas de Crimea”, era el favorito en las quinielas occidentales al compartir afiliación política (Batkivschina) con la mediática Yulia Tymoshenko, cuyos excelentes negocios con destacados actores de la política europea fueron bien considerados por la Unión. Yatseniuk prometió rebajar el estatus del ruso a idioma no oficial a pesar de ser la lengua materna de una gran proporción de ciudadanos ucranianos, acción con un claro significado nacionalista, así como rechazó la posibilidad de legalizar el matrimonio homosexual en base a sus creencias religiosas. Otros elementos conservadores, como el actual ministro de Deportes y Juventud, Dimitri Bulatov, que en nuestro país ha sido conocido por aparecer ensangrentado en televisión asegurando haber sido torturado, ha sido relacionado con el grupo de ultraderecha Asamblea Nacional Ucraniana-Autodefensa Nacional Ucraniana (UNA-UNSO), a quien le atribuyen la preparación militar de los manifestantes en Maidán.

No obstante, los elementos del gobierno cuya vinculación con el fascismo resulta más evidente son los miembros del partido Svoboda, quien a su vez forma parte del Frente Nacional Europeo, que agrupa, entre otros, al NDP alemán y a Amanecer Dorado en Grecia. Oleg Maknitsky (Fiscal General), Igor Chvaika (ministro de Política Agrícola y Alimentación), Andrei Mojnyk (ministro de Ecología y Recursos Naturales), o Alexander Sych (viceprimer ministro), engrosan las listas del gobierno de transición y, a la vez, del partido fascista Svoboda. Igualmente, Andrei Parubiy (secretario del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa), fue cofundador del Partido Nacionalsocialista de Ucrania, junto al actual Fiscal General. Como puede comprobarse, gran parte de los sectores estratégicos del país están en manos del fascismo.

Aunque la gran partida ucraniana se juega en otras latitudes, y posiblemente la lucha económica sea más importante que la ideológica, el ascenso institucional del fascismo, del que la Unión Europea y Estados Unidos son cómplices, tiene sus repercusiones humanitarias en las calles de Kíev. Patrullas militarizadas al margen del Estado, aunque tolerados por este, recorren las calles de la capital agrediendo a los opositores, como puede comprobarse en el siguiente vídeo, por lo que resulta capital no sólo posicionarse en la guerra fría ruso-occidental, sino también en la cuestión interna ucraniana.

MANDEL, Ernest (1976). El fascismo. Madrid: Akal.
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