Miguel Vázquez Liñán :::: Putin tendrá, algún día, que dejar el poder. Puede no parecerlo ahora, pero es humano y finito. Durante sus casi quince años en la presidencia (incluyo, por supuesto, los años de Medvédev) ha conseguido que nadie imagine al sustituto, y lo ha hecho persiguiendo a quienes se postulaban y a través de su exposición permanente en unos medios de comunicación imposibilitados para la crítica.

Pero se irá y, con el cambio, habrá nuevas oportunidades de replantear las relaciones entre Rusia y la Unión Europea. De entrada, en el seno de la Unión debe haber una reflexión seria sobre el fuerte sentimiento de desconfianza que hay ante todo lo que venga de Rusia, porque no es ese el mejor camino para construir unas relaciones mínimamente honestas y constructivas. No será fácil; la desconfianza se ha ido edificando durante décadas y, desde la entrada en la Unión de países de la Europa del Este, del escepticismo crónico ante Moscú se ha pasado, en ocasiones, a la provocación: así leyó Moscú la ampliación de la OTAN y la UE hacia las fronteras rusas, el amago de alojar en la Europa oriental el escudo antimisiles de EEUU, la independencia de Kosovo y, últimamente, la propuesta a Ucrania del tratado de asociación con la UE.

Putin está explotando (y provocando) de maravilla el sentimiento, en parte de la población rusa, de humillación ante Occidente. La apuesta le funciona por varios motivos, y no es el menor de ellos que, en sus planteamientos, el presidente ruso no siempre se equivoca: es verdad que Europa y EEUU actúan siguiendo dobles raseros, que la prepotencia es más que evidente en su política exterior, que ningunean a casi cualquier otro actor internacional, que van dando lecciones de democracia mientras a duras penas hacen creer que predican con el ejemplo y que Moscú no está haciendo nada que no haya hecho Washington en algún momento. El problema de base está en que es muy fácil desmontar el discurso “buenista” de la Unión Europea, porque sencillamente está basado, en buena medida, en falacias.

Putin ha decidido que Rusia tiene derecho a estar en el grupo de países que pueden hacer lo que les plazca sin apenas consecuencias. Si se puede invadir Iraq con todo el mundo en contra, también se puede hacer con Ucrania que, además, forma parte de la tradicional esfera de influencia rusa. Evidentemente, esta apuesta no aporta gran cosa. La administración rusa ni quiere ni está capacitada para ofrecer alternativas. Sólo ofrece el “si tú lo haces, pues yo también”, precedido de un rosario de paralelismos con acciones de Occidente y la exposición mediática de una población a la que, periódicamente, se le solicita un espectáculo de histeria patriótica en forma de manifestaciones y vivas a la Madre Rusia y a su presidente, cuya manía persecutoria (Rusia siempre rodeada de enemigos) y megalomanía (no volveré a citar sus posados veraniegos), serían mejor interpretados por Lacan que por quien escribe estas líneas.

Resulta complejo imaginarlo mientras Putin gobierne, pero en Rusia es también urgente un debate sobre el rumbo del país, una discusión que vaya más allá del neotradicionalismo (Dios, patria y Putin) que promociona el Kremlin y que deje espacios para que se expresen las diferentes rusias que alberga ese enorme país que, desde luego, es mucho más que su presidente. En estos días de estridente propaganda, el gobierno ruso ha amordazado a otro grupo de medios electrónicos relativamente independientes (Grani.ru, Ezhenedelny Zhurnal, Lenta.ru y Kasparov.ru). Si los medios de comunicación están llamados a jugar un papel principal en el debate ciudadano, éste no es el camino para facilitarlo. Los ciudadanos rusos ya prácticamente no pueden acceder, en su idioma, más que a la propaganda oficial que habla de la amenaza fascista, antisemita y ultranacionalista… en Ucrania. Cualquier persona que haya seguido la política rusa de los últimos veinte años se echará las manos a la cabeza o, cuando menos, se preguntará si no es esa la amenaza que acecha también a Rusia.

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