Adrián Tarín :::: Como ocurre en gran parte de los países que conformaron la antigua Unión Soviética, el Partido Comunista de Ucrania (KPU) no goza de suficientes apoyos por parte de la población local (3,5% de los votos en 2010). No obstante, aunque su impacto político “sobre el terreno” pueda ser relativo, resulta interesante evaluar la postura del partido liderado por Petro Symonenko dadas sus conexiones con otros partidos comunistas alrededor del mundo.

Una vez avanzadas las protestas en Kíev, Symonenko mantuvo una postura escéptica, oponiéndose tanto a al “régimen de Yanukóvich y su entorno”, que “han mostrado su incapacidad a la hora de gobernar el país, engañando al pueblo, incumpliendo todas sus promesas preelectorales y abandonando cobardemente su puesto en el momento más difícil”; como a las manifestaciones y disturbios por no haber adquirido “el caracter de confrontación de clases”. Según Symonenko, “esa lucha cruenta se ha producido entre los dos grupos de la misma clase de explotadores, la burguesía oligárquica, de los cuales la mejor preparada ha resultado el grupo que ha unido a las fuerzas pro-occidentales, nacionalistas de ultraderecha. Estas fuerzas han sabido hábilmente utilizar el descontento de la gente y con su ayuda consumar un golpe de Estado”.

El KPU, al igual que el Kremlin, basa gran parte de su actual campaña propagandística en afirmar las relaciones del nuevo gobierno de transición y de los manifestantes de Kíev con el fascismo internacional. Tienen buenas razones para ello -y desde el Observatorio Eurasia trataremos de analizarlas en sucesivos artículos: El pasado 27 de febrero, el Parlamento Europeo adoptó una resolución en la que, en el párrafo 14 del texto, condenaba los ataques de vandalismo contra las oficinas del Partido en diferentes ciudades ucranianas, así como el saqueo del edifició del Comité Central del KPU en Kíev y los llamamientos a prohibir su actividad política. Asimismo, al parecer, el primer secretario del Partido en la ciudad de Lviv ha sido agredido y amenazado por fascistas ucranianos bajo el amparo del gobierno de transición.

Como ya se ha dicho, el escenario del fascismo en Ucrania ha servido de argumento al Kremlin para su invasión en Crimea, el mismo Kremlin que acosa, encarcela o asesina a sus opositores, y cuya legislación homófoba ha desencadenado una campaña internacional de condena. Por su parte, el Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF), sorprendentemente (o no tanto), ha apoyado enérgicamente la decisión de Vladimir Putin de enviar a sus soldados –sin símbolos que los identifiquen– al sureste de Ucrania para “normalizar la situación”, así como la convocatoria de un referéndum de adhesión a Rusia por parte del Parlamento de Crimea. La importancia de estas declaraciones para el KPU es clave: tanto el Partido en Ucrania como en Rusia forman parte de una misma organización, la Unión de Partidos Comunistas, que lógicamente deben de mantener una posición unitaria frente a conflictos como este.

A pesar de que el KPU se decanta por algún tipo de acuerdo que suponga una mayor autonomía para Crimea, como un Estado federal, defiende “la integridad de Ucrania en el empoderamiento de las regiones”. A estas contradicciones -disparidad entre dos partidos comunistas de una misma Unión; necesidad de conjugar las aspiraciones nacionales del KPU con la defensa del derecho de autodeterminación de los pueblos que se presupone al progresismo- se le une otra aún más profunda: la postura de la sección del KPU en Crimea frente al referéndum puede no coincidir con la oficial. Ya en marzo de 2002, el líder del Partido en Crimea Leonid Hrach insinuó la necesidad de anexionarse a Rusia, y debido a que el apoyo en la Rada de Crimea al referéndum ha sido casi unánime, hay poderosas razones para considerar que los diputados comunistas o bien apoyan su celebración, o bien no la rechazan.

Más allá de estas contradicciones salvables, sobre todo las organizacionales, subyace un dilema ético e ideológico. En el fondo, no hay nada reprochable en que el KPU defienda la anexión de Crimea a Rusia. Sin embargo, es posible que sea necesaria replantear la estrategia y, sobre todo, el discurso. El actual Kremlin jamás puede ser vanguardia de ninguna lucha antifascista, y tanto la invasión militar rusa como la anexión de Crimea pueden considerarse más una victoria de Vladimir Putin, disfrazada románticamente de una (nueva) victoria de Rusia contra el fascismo, que la expresión libre, sincera y progresista de un pueblo combativo.

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