Adrián Tarín :::: Hay títulos engañosos, que cuando uno termina de leer esos libros piensa que en la portada podría haberse escrito cualquier otro lema. No es este el caso. A pesar de la metáfora, A Moscú sin kalashnikov (Daniel Utrilla, 2013) representa fielmente lo que el lector se encuentra al avanzar en cada página. El corresponsal español presenta una colección de crónicas moscovitas ajenas a la mirada prejuiciosa que habitualmente ejerce el periodismo occidental. Apunta a la capital rusa sin kalashnikov, a través de una rusofilia estética -que el autor aclara una y otra vez que no se debe a simpatías políticas- con la que dibuja aspectos cotidianos y desconocidos del país de Pushkin. Su amor por Rusia le permite adentrarse dentro del tejido social capitalino, abordando con simpatía y amistad las características que aprecia en el ruso.

Salpicados sus relatos con constantes juegos de palabras, normalmente relacionados con lo ruso, la lectura transcurre entre la plácida satisfacción y lo innecesario. Utrilla, inteligente, lo sabe, pues reconoce que sus filigranas léxicas “a veces pueden resultar cargantes e innecesarias, como las bicicletas de Robinho” (p. 338). Y es que, el subtítulo, también comienza siendo un reflejo exacto de lo puesto en negro sobre blanco. Efectivamente, es una crónica sentimental, pues el lector concluye los relatos sabiendo que Utrilla es fanático del Real Madrid, amante del baloncesto, discípulo espiritual de Tolstoi, de padre relojero y cuya madre sólo salió del país para visitar Rusia, enamoradizo ante la belleza eslava -de hecho, conocemos sus affaires y sus noviazgos-, adorador de McGyver, y un sin fin de aficiones, anécdotas y fobias. Utrilla se desnuda en su libro, tanto que en ocasiones se pierde el interés periodístico del relato. El que avisa no es traidor, y él nos lo advierte en la portada.

De un valor elevado resultan sus peripecias junto al embalsamador de Lenin o al sexólogo que guarda en formol el monstruoso pene de Rasputin. Transmite emociones a flor de piel en sus encuentros con un “divisionario azul”, unos veteranos de la Segunda Guerra Mundial o los niños de la guerra civil española que emigraron a la entonces Unión Soviética. Hilvana su vida como corresponsal durante 11 años con entrevistas a ex agentes del KGB o personalidades como Kaspárov, así como analiza la particular geografía urbana de Moscú. No dejan de aparecer entre sus páginas el surrealismo ruso -según Fernando Arrabal, a quien Utrilla entrevista, Rusia es más dadaísta que surrealista- que hemos descubierto recientemente gracias a YouTube, encarnado en personajes a la par entrañables y lunáticos, como el “conspiranoico” que con total seriedad combate la influencia extraterrestre en una plaza pública, o los imitadores de Lenin que tratan de mendigar a los turistas su sustento en la Plaza Roja.

El final del título, sin embargo, lleva a decepción. Cuando el lector consulta que se trata de una crónica sentimental de la Rusia de Putin, y seguramente sea lo más atractivo del título, seguramente espera encontrar la huella del polémico líder ruso en las tramas de la obra. No obstante, Utrilla dedica más páginas a sus amores y ligues de discoteca que a la homofobia, la corrupción, las mafias criminales o a las sistemáticas vulneraciones de los derechos humanos amparadas por el Kremlin. De hecho, en las pocas páginas dedicadas a Putin, se le describe como un hombre campechano, del que resulta imposible etiquetarle en base a la visión española “maniquea e irreconciliable” de las izquierdas y las derechas (p. 404). Una declaración esta a todas luces política, a pesar de que el ex periodista de El Mundo trate de huir de consideraciones ideológicas en su libro. Es, quizá, esta pretendida y nunca conseguida neutralidad, basada en la ausencia de tramas políticas o en su equidistancia al tratarlas, lo que convierte algunos pasajes implicativos en lamentablemente acríticos.

A Moscú sin Kalashnikov. Una crónica sentimental de la Rusia de Putin envuelta en papel de periódico tiene el interés del testimonio de figuras relevantes y anónimas, así como el goce de una escritura literaria y fina. Sin embargo, su pase por alto de cuestiones irremediablemente vectoriales de la sociedad y la política rusa vacían de contenido una obra que por momentos resulta culmen, y a ratos pasajera.

Utrilla, D. (2013). A Moscú sin kalashnikov. Una crónica sentimental de la Rusia de Putin envuelta en papel de periódico. Madrid: Libros del KO.
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