Adrían Tarín :::: Si pudiéramos establecer una constante en las primaveras árabes, además de la complicidad hacia los manifestantes expresada por Occidente, sería la acusación por parte de los gobiernos implicados de que entre los rebeldes se encuentran agentes extranjeros del yihadismo internacional. En algunos países, como en Libia, la presencia de grupos religiosos violentos entre los antiguos combatientes contra Khadafi parece estar contrastada, así como la existencia de una diáspora libia dentro del mundo combatiente islamista.

No obstante, carecemos de herramientas fiables que puedan medir el impacto o el porcentaje de elementos yihadistas entre los rebeldes, por lo que se antoja ligero tanto calificar como luchadores por la libertad como de fanáticos musulmanes a los miles de árabes que salieron a las plazas o empuñaron las armas en Egipto, Túnez o Libia.   Una situación similar acontece en estos momentos en Siria, donde el todavía presidente Bashar Al-Asad afirma que la guerra civil que sufre su país es, en realidad, un combate entre la legalidad y una entente compuesta por Al Qaeda y una minoría de traidores nacionales. Los medios de comunicación occidentales, casi siempre utilizando como fuente agencias rusas, pero también investigadores en la materia publican que un gran número de rebeldes sirios provienen del Cáucaso Norte, un hecho que en el pasado se denominó “la huella chechena”.

Durante los conflictos de Afganistán e Iraq, desde los media rusos se informó en no pocas ocasiones que entre los resistentes se encontraban “wahabitas” chechenos. No sería extraño que entre la hornada de muyahidín que participaron durante ambas guerras hubiera nativos caucásicos. No obstante, lo que sí se demostró es que este era un dato mínimo, intrascendente y sobrevalorado. La “huella chechena” resultó, por tanto, un fraude difundido por Vladimir Putin con el objetivo de situar su creciente conflicto en Chechenia –que se proyectaba por el Cáucaso Norte con episodios violentos en Daguestán e Ingushetia- dentro del itinerario occidental de la lucha contra el terrorismo.

Como se ha expuesto, aprovechando la situación en Siria, parece que la estrategia de la “huella chechena” vuelve a ponerse en marcha. El discurso totalizador de Al-Asad, utilizando propagandísticamente el incremento real de caucásicos entre las filas rebeldes, puede responder a las excelentes relaciones que mantienen Moscú y Damasco desde 2005 (Katz, 2006). Aunque en sus parlamentos quien mueve los labios es Bashar, la voz que expulsa es la de Putin: la guerra es un conflicto transnacional, prolongado gracias a la financiación prestada por servicios secretos extranjeros a las guerrillas islamistas internacionales y con protagonismo checheno.   Este desencuentro no es el primero que sufren Siria y Chechenia, región que no fue reconocida como Estado independiente por casi ningún país de mayoría musulmana: durante la Segunda Guerra, la Organización para la Cooperación Islámica consideró más importante mantener sus intereses económicos y diplomáticos con Rusia antes que apoyar la causa chechena. Como agradecimiento por su política hostil a la guerrilla, –amén de por otras muchas causas, sobre todo comerciales y geoestratégicas-, el Kremlin ha vetado en la ONU las tres últimas resoluciones de condena al gobierno sirio, así como ha conseguido evitar la agresión de Estados Unidos a cambio del desarme químico.

Sin embargo, para Al-Asad la colaboración rusa no se debe a la confluencia de intereses comunes, sino a una suerte de altruismo o amistad. En una entrevista reproducida por el semanario El Temps, el presidente sirio expone que el apoyo de Moscú se debe principalmente a que “los rusos entienden muy bien lo que hacemos aquí, porque han padecido ataques de los terroristas chechenos y saben lo que es el terrorismo”. Esta animadversión hacia el islamismo checheno no se produce sólo como pago por la protección rusa, sino que también responde a una de las múltiples luchas intestinas que azota al Islam. Un régimen minoritario y alahuí no puede permitirse apoyos a una guerrilla suní, máxime en el marco de una guerra civil en la que la mayor parte de la oposición sigue el sunismo (1).

Siria ha aprovechado la presencia norcaucásica en el frente enemigo para hipotecar su discurso y granjearse el apoyo de uno de los actores fundamentales en la política internacional como es Rusia, con asiento fijo en el Consejo de Seguridad de la ONU y derecho a veto. Por ello, es posible que en los próximos meses se sobrerrepresenten las informaciones acerca de la presencia de yihadistas chechenos entre los guerrilleros sirios, dejando tras de sí una huella: la huella de Putin.

— NOTAS–

(1) Este puede ser también el motivo principal por el que la guerrilla libanesa chií Hizbullah apoya sin paliativos al ejército sirio frente a los rebeldes.

— BIBLIOGRAFÍA–

– Katz, M. N. (2006). “Putin’s Foreign Policy Toward Syria”. Retrieved from http://digilib.gmu.edu

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