Ana Sánchez Resalt :::: Todos recordamos las imágenes de un Putin “profundamente” emocionado y con lágrimas en los ojos tras su victoria en las últimas elecciones presidenciales en 2012. La presión de la oposición se había manifestado de forma más contundente y numerosa que nunca antes en la historia democrática de Rusia, y había llevado a la calle a cientos de miles de personas en numerosas ciudades del país que protestaban por la presunta manipulación de los resultados de las elecciones parlamentarias de 2011.

Tras la difícil victoria,  Vladímir Putin hizo algunas “concesiones” muy aparentes de cara a calmar el descontento de gran parte de la población rusa. Entre las nuevas medidas, el recién elegido presidente restableció las elecciones directas a gobernador que en 2004 había abolido. Sin embargo, no todos los feudos son iguales, no todas las regiones son tan aparentemente complacientes y no todos los electores son tan fácilmente dirigibles. Así, en abril de este mismo año, y a pesar de lo decretado un año antes, el presidente ruso promulgó una nueva ley por la que se establecía que en cada legislatura en las elecciones regionales se podría suprimir la convocatoria de elecciones directas a petición del parlamento regional, y, en su lugar, dejar en manos del presidente de la Federación Rusa la propuesta de tres candidatos a gobernador.  De entre esos tres nombres saldría el del gobernador, designado por votación en el parlamento regional correspondiente.

El pasado 8 de septiembre 55 millones de rusos elegían gobernadores, alcaldes, parlamentos y consejos municipales. Pocas sorpresas (quizá la más destacable y mediática fue la del elevado porcentaje de votos para Navalny en las elecciones para hacerse con la alcaldía de la capital rusa). Como es fácil de suponer, en algunas regiones la posibilidad de sorpresa era absolutamente nula. Daguestán e Ingushetia son buenos ejemplos de la posibilidad nula de sorpresa en unos comicios. Los parlamentos de ambas repúblicas habían decidido dejar en manos de Putin la propuesta de tres candidatos a jefe de la república, y entre esos tres había un claro y único favorito en los dos casos. El presidente de cada república saldría de la votación realizada por los diputados en el Parlamento, así que el pueblo se quedaría a verlas pasar, sin voz ni voto en la elección de su líder. Todo así, la decisión se toma desde el Kremlin, que dice que el pueblo delega en el poder presidencial de la federación para elegir a los candidatos más apropiados. Y lo cierto es que, tal vez, el pueblo quiere elegir… pero el Kremlin no quiere que elija.

Pese a que algunos expertos afirmaban que el pueblo de Daguestán estaba preparado para las elecciones directas, parece obvio que en el Kremlin no compartían esa visión. La dinámica en las elecciones no directas es la siguiente: cualquier partido, movimiento o individuo apoyado por el número necesario de personas puede presentar su candidatura a gobernador ante la Administración presidencial rusa, que elegirá de entre todas las posibilidades a sólo tres candidatos según unos criterios por todos desconocidos (1). Los seleccionados para la gran final en Daguestán fueron Ramazán Abdulatípov (ex presidente desde verano), M.D. Bagliev (presidente de la cámara de cuentas de la república), y U.A. Omarova, (figura destacada de los derechos humanos en Daguestán). Finalmente, Abdulatípov consiguió hacerse con la presidencia de la república tras la votación del Parlamento. De nuevo a dedo, aunque este dedo haya sido algo menos directo…

Ramazán Abdulatípov
Ramazán Abdulatípov

Pero la pregunta es: ¿por qué decidieron eliminar las elecciones directas (2) en Daguestán?. Mucho se puede especular al respecto, pero aquí señalaremos sólo algunas de las posibles respuestas. Es probable que, con estas elecciones dirigidas, Moscú tuviese la intención de evitar enfrentamientos interétnicos en Daguestán. El anterior presidente, Magomedsalam Magomédov, de origen étnico dargin, dimitió, y Abdulatípov, ávaro, fue nombrado por Putin como su sustituto. Tal vez temían que en unas elecciones libres se intensificaran las diferencias entre etnias (y clanes) por el apoyo a uno u otro candidato. Esta opción está directamente vinculada al acontecimiento que últimamente está marcando algunas decisiones y políticas desde Moscú: los próximos Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi en 2014. Rusia necesita mostrar al extranjero que la región es estable, que controla la amenaza de boicot o de atentados por parte de insurgentes procedentes de las distintas repúblicas del Cáucaso Norte.

El caso de Ingushetia es muy parecido al de Daguestán: su Parlamento también decidió que el pueblo prefería elecciones indirectas. El presidente de la Federación Rusa, como en el caso daguestaní, eligió a los candidatos que considera más adecuados, y de los tres nombres que propuso también hubo uno que sobresalía frente a los demás: Yunus bek-Yevkurov, ex presidente de la república. De nuevo, parece ser que desde el Kremlin no se fían de la elección que vaya a hacer el pueblo ingusetio. Las Olimpiadas de 2014 están a pocos meses y Rusia no se puede permitir dar una imagen de inestabilidad en la zona: necesitan mostrar al mundo una región pacificada. Además, unas elecciones libres podrían haber supuesto un repunte de la violencia radical en la zona, ya hubiese sido por enfrentamiento de clanes o por la acción de radicales islamistas. Por otra parte, Ruslán Aushev, otrora presidente de Ingushetia entre 1992 y 2001, había decidido presentar su candidatura a estas elecciones y contaba con un gran apoyo popular y sin respaldo del Kremlin. Demasiado arriesgado.

Vladímir Putin y Yunus bek-Yevkurov
Vladímir Putin y Yunus bek-Yevkurov

Con respecto a la elección de Yevkurov en Ingushetia nos queda una incógnita: teniendo en cuenta los graves enfrentamientos dialécticos y por territorio entre Yevkurov y Kadírov, entre Ingushetia y Chechenia, y partiendo de la base de que Kadírov es el ejemplo de líder perfecto por antonomasia del Cáucaso Norte, ¿cómo es que Putin ha querido que Yevkurov sea el elegido?, ¿y hasta cuándo será “querido”?. En el anterior periodo de presidencia de Yevkurov no se lograron reducir los niveles de corrupción o nepotismo (a favor de los de su clan), y la violencia ha ido en aumento en la zona. La táctica del “poder blando” de Yevkurov se ha revelado poco efectiva, frente a la agresiva y de poder duro que caracteriza los planteamientos en la acción y la política de Kadírov frente a la insurgencia. Podría parecer que Yevkurov va a ser un presidente de transición, con fecha de caducidad y un único objetivo presente: ser una especie de “símbolo” de la estabilidad de la zona y de un talante menos belicoso en la región. Veremos si después de Sochi puede seguir calentando su sillón presidencial.

Weber definía el poder como la oportunidad o posibilidad de un hombre o varios de realizar su propia voluntad en una acción social incluso frente a la resistencia de otros actores que están participando en esa misma acción. Creo que esta es una definición que podemos aplicar a los cambios en el sistema de elección de gobernador en las repúblicas de Daguestán e Ingushetia. No sabemos si de verdad a los ciudadanos de esas regiones no les interesa participar del “juego democrático” de las elecciones, si es simple y llana apatía; lo que sí podría parecer es que, pese a su voluntad de participación, el poder vertical se impone al expansivo y participativo, y la voluntad e interés del poder de las élites (y del centro, representado en el Kremlin) prevalece sobre el pueblo.

Se ejerce en estas repúblicas (como en muchísimas otras zonas de Rusia) un poder simbólico, un poder que ha de parecer “naturalizado” ante la sociedad, y también ha de ser invisible al pueblo, pues esa es la única forma en la que podrá funcionar: apariencia de legítimo y con la complicidad (en teoría, inconsciente) de aquellos que están sujetos a él y de aquellos que lo ejercen.  No creo que podamos hablar exactamente de “soberanía del pueblo” en estos casos (ni siquiera de democracia en los países aparentemente democráticos) o siquiera del pueblo como legitimador consorte del poder. Lo que sí se hace más evidente con cada proceso electoral es el enorme poder simbólico que ejerce el presidente Putin sobre todo el territorio ruso, poder encarnado en cada uno de los gobernadores, alcaldes, presidentes de ciudades, regiones, repúblicas, oblasts o krais de la Federación. Putin es el Gobierno de Rusia y sus regiones, y Putin también ES el pueblo.

— NOTAS —

1) Es curioso el caso de Majmud Ibadulaev, que ha visto cómo por segunda vez consecutiva se le niega el registro como candidato a las presidenciales daguestaníes sin una razón clara, pese a que corrige todos los motivos por los que le deniegan el registro http://moidagestan.ru/blogs/41037/32176 y http://kumukia.ru/maxmud-ibadullaev.html
2) Al parecer, durante la votación en el parlamento daguestaní sobre si se llevarían a cabo elecciones directas o indirectas, se tuvieron que realizar varias votaciones porque no terminaba de imponerse la elección indirecta. Para presionar/aligerar la situación, se decidió hacer una votación pública de los miembros del Parlamento, y sólo así lograron aceptar la propuestas de elecciones indirectas, con 74 votos a favor, 9 en contra y tres abstenciones. Lo más curioso de caso es que 60 de los 90 escaños del Parlamento de Daguestán los ocupan diputados de Rusia Unida, que parece que siempre van a votar a favor del viento que sople desde el Kremlin.

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