Boletín “Caucasus News”, nº 43 (abril 2013) :::: La cuenta atrás ya ha empezado. La llama olímpica está recorriendo Rusia para llegar a Sochi, ciudad del Cáucaso Norte donde se celebrarán, del 7 al 23 de febrero, los XXII Juegos Olímpicos de Invierno.

El espíritu de los Juegos Olímpicos desde la Antigua Grecia se ha ido asociando a la paz y a la concordia, a la honestidad y al juego limpio, pero estas Olimpiadas se han visto empañadas por varios acontecimientos que ponen en entredicho estos nobles principios.

El primero de ellos es el sentimiento de agravio que percibe la diáspora circasiana por el hecho de que los Juegos Olímpicos coincidan con el 150 aniversario del genocidio circasiano, ocurrido precisamente cerca de Sochi. En 1864, con la caída de Circasia, finalizaban las Guerras Caucásicas que el Imperio Ruso libró contra los pueblos que habitaban en el Cáucaso para conquerir la región. Los datos oficiales zaristas muestran que más de 400.000 circasianos murieron, otros 497.000 fueron empujados hacia la costa del mar Negro y de allí fueron expulsados a Turquía, y sólo 80.000 circasianos permanecieron en su tierra natal tras la guerra. En la actualidad, el 80% de los circasianos vive en la diáspora. El 20% restante, unas 700.000 personas, habitan en el Cáucaso Norte, divididos en tres repúblicas autónomas: Adiguesia, Kabardino-Balkaria y Karachevo-Cherkesia.

Esta tragedia ocurrida hace 150 años es ahora utilizada por el líder de la insurgencia caucásica, Dokku Umárov, para justificar nuevos ataques terroristas. Así, en julio de 2013, Umárov exhortó a sus seguidores a evitar que las Olimpiadas se celebraran en Sochi. Umárov se comprometió a utilizar “todos los métodos permitidos por Alá” a fin de que los juegos no se conviertan en una “fiesta sobre los huesos de nuestros antepasados”. El líder insurgente también levantó la moratoria autoimpuesta de atentar contra civiles.

Por todo ello, y por la cercanía de Sochi a lugares tan calientes del mapa como Daguestán, Chechenia, Ingushetia o Kabardino-Balkaria, donde los atentados son cotidianos y las violaciones de los derechos humanos por parte de los órganos del estado son la norma, uno se plantea la idoneidad de celebrar unos Juegos Olímpicos precisamente allí. Y también, más importante aún, asalta la duda de saber si el Estado ruso y los órganos competentes de seguridad serán lo suficientemente hábiles para garantizar la seguridad de los Juegos jugando limpio.

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