Adrián Tarín :::: Durante este último mes Chechenia ha vuelto a ocupar un espacio preferente en los medios de comunicación, algo en lo que nada han tenido que ver las continuadas vulneraciones de derechos humanos atribuidas al presidente Kadírov o las extravagancias de su amigo Depardieu sino, como es costumbre, un nuevo caso de violencia islamista. El origen étnico de los presuntos –a estas alturas los media lo presumen sin lugar a dudas- perpetradores del atentado de Boston no ha pasado desapercibido para nadie, y la práctica totalidad de los medios de comunicación sobrevaloran acríticamente el apellido “checheno” en sus informaciones, probablemente condicionados por esa mezcla prefabricada de exotismo y especialización que todo contenido periodístico debe tener en esta sociedad del espectáculo.
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Es cierto el vínculo existente entre Chechenia y los hermanos Tsarnáev, y nada parece dar validez a una hipotética conspiración de los poderes fácticos para convertir el Cáucaso Norte en un nuevo enemigo de la alianza occidental. Pero sí que resultan oportunistas las constantes referencias a la etnia de Tamerlán y Dzhokhar, más aún cuando este filón totalizador ha provocado multitud de inexactitudes. Si bien Anzer, el padre de ambos, es checheno, no lo es así su madre, que es avara. Aunque desde una perspectiva patriarcal de la herencia étnica es completamente legítimo afirmar que los Tsarnáev son chechenos, no sería menos válido considerarlos también avaros. Asimismo, Tamerlán nació en la región de Kalmukia, mientras que Dzhokhar es natural de Kirguistán. Los dos son ciudadanos estadounidenses y kirguisos, por lo que tampoco se hubiera faltado a la verdad si a “los terroristas chechenos de Boston” se les hubiese conocido como “los terroristas estadounidenses (o kirguises) de Boston”.

Pero ¿no es en sí mismo su origen étnico un hecho de relevancia tal como para convertirlo en noticiable? Desde un punto de vista coherente con la deontología periodística, no. La única situación posible en la que no se estaría siendo negligente como informador sería que el ataque estuviese encuadrado en el marco del conflicto nacional-religioso checheno. Es decir, que tanto a Tamerlán como a Dzhokhar, en el caso de ser los responsables de las detonaciones en la maratón, les hubiese movido una defensa concreta de la causa protagonizada por el Emirato del Cáucaso o las resistencias locales. Nada más lejos de la realidad; las autoridades estadounidenses, en su afán de caracterizarles como “islamistas radicales”, hicieron público todo un catálogo de anécdotas, como el contenido de sus cuentas de Youtube, y tweets publicados antes y después del atentado, e incluso una supuesta confesión obtenida tras un primer interrogatorio. Y aunque según el gobierno norteamericano algunos de los vídeos visitados por los Tsarnáev mostraban a la guerrilla norcaucásica en acción, no es menos cierto que también habían manifestado su apoyo a los islamistas armados sirios y palestinos, así como Dzhokhar, el único superviviente, al parecer habría admitido cometer los atentados como respuesta a la ocupación estadounidense de Afganistán e Iraq. De ser así, la etnia de la familia Tsarnáev debería haber pasado a un segundo plano, puesto que en nada es relevante. El internacionalismo del que supuestamente habrían hecho gala tanto durante su militancia religiosa como en su posterior acción armada debería haber puesto, como poco, en cuarentena tal ensañamiento con el origen étnico de los presuntos autores. Más aún después de reconocerse la inexistencia de vínculos entre la organización comandada por Umárov y las explosiones de Boston.

Es más que posible que tamaña dejación en la proporción de una información de interés público y veraz pueda estar provocada más por las rutinas productivas que por una estrategia orquestada de desinformación. Por desgracia, las imágenes del secuestro del teatro Dubrovka o la matanza de Beslán monopolizan el imaginario occidental sobre el islamismo moderno en el Cáucaso Norte, y cualquier información sobre la zona puede hacerse más comprensible –también para el propio periodista- invocando al conflicto checheno. Igualmente, la reproducción irreflexiva de notas de prensa y la pereza ante la difusión de contenidos que contradigan el curso informativo hegemónico, pueden haber incidido en la inercia con que se ha señalado la etnicidad de los hermanos Tsarnaev, pareciendo a veces esta ser el núcleo del producto mediático en lugar de otros datos de interés, como sus motivaciones para llevar a cabo el atentado –cuestión sin duda más espinosa-.

Se hace hoy, por tanto, más necesario que nunca divulgar sobre Eurasia para evitar deficiencias en las coberturas informativas de los medios de comunicación, sobre todo en casos como este. Pero con mayor motivo, para evitar explosiones de odio racial o religioso, o para paliar, en la medida de lo posible, complicidades por omisión ante futuros abusos de las autoridades contra “el otro”. De momento, el pasado mes de mayo el FBI disparó contra un joven checheno de 27 años por motivos poco verosímiles, y pocas han sido las voces se han alzado para exigir las responsabilidades oportunas.

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