Taisa (Open Democracy) :::: Taisa quería ser cantante pero acabó sufriendo las consecuencias de vivir en una de las sociedades más patriarcales y violentas de Rusia, la chechena.

En un tranquilo y residencial patio en el centro de Grozni, tras subir un piso, hay una modesta placa en la puerta. Se trata del único signo que muestra que este no es, como los otros apartamentos, la casa de alguien. Al entrar te encuentras una pila de tapochki (zapatillas de casa), para que los visitantes puedan quitarse los zapatos y estar cómodos. Es un típico apartamento soviético, modesto y falto de espacio, pero cálido y acogedor: las paredes están cubiertas con pósters que inspiran, papeles garabateados y fotografías de mujeres sonrientes en grupos. En la cocina hay tazas de té apiladas, cajas de pasteles y chocolate. Jóvenes voluntarios se apresuran en el estrecho pasillo como si estuvieran trabajando en algo muy importante.

Es la oficina de una destacada organización de mujeres de Chechenia. En todas ellas, las mujeres parlotean y las adolescentes se juntan alrededor de alguien que les enseña cómo arreglarse el pelo o cómo cuidar a un bebé. Todas estas organizaciones cuentan con tan poco espacio que, a veces, las consultas psicológicas se hacen en el baño.

Es un lugar al que las mujeres chechenas pueden ir cuando necesitan ayuda en sus trágicos y complejos problemas, un lugar en el que van a ser escuchadas y les van a dar consejos que no habían imaginado. Un lugar en el que pueden dejar de lado sus ocupaciones y estar seguras. Es aquí donde se recogió la siguiente historia; la historia de una mujer a la que llamaremos Taisa que, como tantas otras, entró un día porque tenía necesidad de hablar.

Tenía 16 años cuando me obligaron a casarme. En realidad no quería el matrimonio. Quería estudiar y jugar con mis amigas. Tenía una buena voz y soñaba secretamente con cantar sobre un escenario, convertirme en una estrella famosa que vestiría preciosos trajes y haría feliz a la gente. Pero mi madrastra no quería que la molestase, porque ella tenía sus propios hijos, mis dos hermanas pequeñas y mi hermano menor.

Todavía recuerdo cómo le suplicaba que no me entregase a aquel hombre. Le decía que haría todo en la casa: limpiar, hacer la colada, cuidar a los niños pequeños. Le habría lavado los pies y dado un masaje, ya que le encantan. Pero su respuesta era que me esperaba una ‘vida paradisíaca’. “Es de buena familia”, me susurraba. “Tu futuro marido es todavía un hombre joven, solo tiene 34 años. Ya tiene una casa propia, es el primogénito, así que serás la prometida más honrada”. No entendía qué significaba eso, qué podría implicar para mí. Pero sí que recuerdo tener esa sensación interna de que no era para bien, de que mi vida iba a terminar antes de haber empezado realmente.

Mi vida de casada fue como la de un burro de carga, aunque de cara al exterior siempre fingían que era la mimada de la familia, que removerían el cielo y la tierra para verme sonreír. Lloraba por la noches. Mis manos estaban doloridas por hacer la colada constantemente. Mis piernas me dolían porque nunca me podía sentar a descansar. Tenía que estar ocupada todo el rato, y si mi suegra veía que me sentaba, decía inmediatamente: “Cuando estaba prometida nunca me permitían que me sentase así”. Todos me daban órdenes, todos, incluso el sobrino de mi marido, un niño de doce años.

Perdí a mi primer hijo. Ni tan siquiera sabía que estaba embarazada. Lo que pasó fue que ya estaba de cuatro meses, cuando levanté una cesta de ropa llena de ropa de cama para hervirla en la cocina de gas. Empecé a sentirme mal y me llevaron al hospital. En el camino, mi suegra protestaba por haber acabado con una chica tan débil como yo, que no iba a poder tener hijos. Cuando nos dijeron que tenía un aborto, le dio mucha vergüenza y empezó a quejarse, diciendo que les había caído encima una boba. Y yo era una boba, una miserable, pequeña y solitaria…¡boba!

El doctor me dijo que guardase cama. Nada más llegar a casa, mi suegra me pidió que fuera a mi habitación a descansar, porque al día siguiente nos íbamos al pueblo a recoger la cosecha. Esa noche estuve despierta mucho tiempo esperando a mi marido. Pero no vino. Lo oí llegar a casa, oí como hablaba con mi suegra y como volvía a salir. Pero no vino a nuestro dormitorio y no se dijo nada más sobre lo que me había pasado.

Dos años más tarde di a luz a un niño. Era un niño sano. Continué viviendo con mi esposo y mi familia porque no tenía otro lugar a donde ir. Ya no me molestaba tanto la manera en que toda la familia me humillaba. O que mi marido me pegara de vez en cuando. Porque tenía  a mi hijo. Vivía para él.
Cuando mi hijo Isa tenía cuatro años, me quedé embarazada de nuevo. Mi suegra no ocultó su desaprobación al ver mi vientre: “Acabamos de empezar la construcción de la casa – ¿en qué estabas pensando? ¿Quién va a mezclar el mortero, poner los ladrillos? ” Me encargué de ello hasta el noveno mes.

Entonces llegó el día – era una cálida noche de otoño. Yo estaba de pie en la cocina, preparando nuestro plato nacional – chepalgash. Mi marido llegó a casa de mal humor, como siempre, después del trabajo, cerró la puerta detrás de él y me dijo que iba a traer a casa una segunda esposa. Dijo que la quería mucho y que no podía estar un día más sin ella. Que ella lo era todo para él, y que quería que ella cuidara de sus hijos. Que él se había casado conmigo sólo para complacer a su madre y que nunca me había querido.

Y sabes, ¡de repente me sentí feliz! Empecé a comer chepalgash y le ofreció un poco, también. Me miró de forma extraña. Dijo que su madre había tenido razón todo el tiempo, que yo era una tonta. Y salió de la cocina. Yo no me levanté de la mesa, seguí comiendo mi chepalgash. Y me entraron muchas ganas de bailar, de cantar, de gritar en voz alta, de celebrar.

Una semana más tarde, mi marido trajo a casa a su segunda esposa. Y dos semanas más tarde yo estaba en el hospital: me había puesto de parto. Estuve en el paritorio más de 13 horas, por algún motivo el niño no podía salir. Pero mi suegra no permitía que me hicieran una cesárea. Dijo que era demasiado cara, y que no tenía suficiente dinero. Yo callaba, soportando todo aquello en silencio. Pero por dentro, estaba gritando ¿qué quieres decir, que no tenemos el dinero? Por supuesto que lo tenemos, pero no quieres gastarlo conmigo! Pero todo este dolor lo aguanté sin pronunciar una palabra.

Mi hija murió. Al final tuvieron que operarme, pero la niña ya se había asfixiado. Yo estaba en el hospital, encontrándome cada vez peor,  y en lo único que podía pensar era en mi hijo: mi pobre pequeño, que se quedaría solo si yo moría, que le esperaría la misma suerte que  yo, crecer con una madrastra cruel. Resultó que habían dejado parte de la placenta dentro de mí, y tenía peritonitis, así que tuvieron que operarme de nuevo. Quedé estéril, me extirparon todos los órganos reproductivos.

Por supuesto, mi suegra fue la primera en enterarse. Entró en la habitación del hospital y me dijo que no volviera a su casa, sino que fuera directamente del hospital a casa de mis padres, que no quería volver a verme. “¿Y mi hijo?”, pregunté. “El niño no es tuyo, es nuestro”, respondió mi madrastra, que también se encontraba en la sala.

En esos momentos, yo era una gran herida abierta. Era tan fuerte el dolor emocional, que no sentía el dolor físico. ¿Qué habían hecho? Me habían matado. Me habían asesinado. Estaba rodeada de asesinos. ¡Todos querían verme muerta! ¿Dónde estoy? Mamá, ¿me oyes? ¡Ayuda! Soy yo, tu hija, ¡ayúdame! Habían tratado de matarme, pero había sobrevivido. Y ahora me estaban matando de nuevo.

Si no hubiese sido por una enfermera, una mujer ya mayor llamada Tamara, me hubiese vuelto realmente loca, me hubiese suicidado. Me llevó a casa de mi padre y me ayudó a reunir a los ancianos de nuestro clan. Éstos fueron a casa de mi marido y le exigieron que me devolviese a mi hijo, ya que según el Islam tengo derecho a estar con él hasta que cumpla los 7 años. Me trajeron a Isa. ¡Me puse tan feliz! A partir de ahí, hice todo lo posible para complacer  a mi madrastra: me encargaba de todas las tareas del hogar: hacía la colada, limpiaba y cocinaba. Intenté hacerlo todo para asegurarme de que no intentarían llevarse a mi hijo. Pero nada fue suficiente, ya que mi madrastra era implacable. Mi padre temía tanto perder a su esposa que se puso de su lado.

Resultó que la segunda mujer de mi esposo no podía tener hijos, así que tomaron la determinación de volver a por Isa. Volvieron y hablaron sobre el asunto con mi padre, que llamó a mi madrastra y le dijo que cogiese al niño y se lo entregara a su padre. Así es que se llevaron a mi niño. No quiero recordar cómo sucedió todo aquello. En realidad, no lo recuerdo.

Un año después comencé a trabajar. Era un trabajo de baja categoría, ya que, después de todo, yo no había concluido mis estudios. El jefe de mi departamento, un hombre de mediana edad, empezó a presionarme para que accediera a tener sexo con él. Me decía que total, yo ya no era virgen, y nadie se enteraría. Me hizo regalos, me encontró un mejor empleo, me compraba ropas bonitas… Yo no sabía qué hacer. Necesitaba el trabajo, porque mi madrastra me increpaba por no tener empleo y por no contribuir a los gastos de la familia, pero yo no quería de ninguna de las maneras tener una relación con aquel hombre. Me mentalicé para dejar el trabajo, y ahora te reirás, porque fue el mismo día que me violó. Todo regresó: el miedo, la humillación, la vergüenza, la furia… ¡Me sentía tan culpable y tan sola!. Abandoné aquel trabajo.

Y ahora he venido aquí, a vuestra oficina. Tamara me dijo que podrías ayudarme. Y aquí estoy, preguntándome a mí misma por qué estoy contándote todo esto.

Fuente: Open democracy
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