Adrián Tarín :::: El anarquismo en Rusia, que durante los más de 70 años de Unión Soviética fue reprimido hasta casi su desaparición, vuelve a resurgir como movimiento de oposición al orden establecido por el Kremlin. Amén de organizaciones tradicionales, como los anarcosindicalistas Konfederatsiya Revolyutsionnikh Anarkho-Sindikalistov (KRAS), nacen cada vez más movimientos sociales de inspiración libertaria que emplean la acción directa o el arte para generar conciencia anarquista. Uno de esos grupos, ya consolidados, son los artivistas de Voina (Guerra), a quienes hemos tenido la oportunidad de entrevistar.

A pesar de que sus acciones se remontan a 2005, para la escena internacional Voiná saltó a la fama cinco años después, a raíz de su creación Dick captured by KGB, en la que el grupo dibujó un falo de más de 60 metros en el puente levadizo Liteyny (San Petersburgo), cercano a la sede del servicio secreto ruso. No obstante, dentro del país ya eran conocidos desde que en los prolegómenos de la elección de Dmitry Medvédev como presidente del Gobierno (2008) organizaran una orgía en el Museo Estatal de Biología frente a un oso (medved es, en ruso, oso). Miembros del grupo explicaron, más tarde, que con la acción pretendieron simbolizar el hecho de que el gobierno se folla a la gente, y a la gente parece que le gusta.

El arte sólo es un negocio para los artistas

Este tipo de performance es habitual en las creaciones de Voiná. Con ellas pretenden denunciar no sólo la corrupción política y el autoritarismo reinante en el país, sino también una escena artística contaminada por el capitalismo y la ausencia de creatividad. Para Oleg Vorotnikov, una de las cabezas visibles,  “la mayoría de los artistas rusos se pelean por el dinero que los oligarcas les lanzan de vez en cuando. El arte sólo es un negocio para ellos. Incluso un pequeño número de artistas, que se llaman a sí mismos izquierdistas, no tienen reparo en tomar su sucio dinero y participar en la Bienal de Moscú, financiada por las autoridades mafiosas”. La Bienal de Moscú (2011) tuvo como tema principal El arte activista, pero Voiná, que fue invitado, decidió boicotearla por su carácter oficialista.

Asimismo, el grupo rehúsa a exponer sus obras en las galerías comerciales, puesto que tal y como Oleg apunta “todas pertenecen a los oligarcas, que las utilizan para lavar su sucio dinero. Por ejemplo, Garage es propiedad de Roman Abrámovich. No conozco ni un solo artista aquí o en el extranjero que no tomaría los sucios petrodólares de este amigo del dictador y se negaría a trabajar en Garage. Esta hipocresía es asquerosa. El año pasado, ya que oficialmente boicoteamos la Bienal de Moscú, Pyotr Verzilov y un grupo de plagiadores exhibieron nuestras obras allí y cobraron las tasas de los curadores”. Pyotr Verzilov tiene una historia rocambolesca tras de sí. En sus inicios fue activista del grupo Voiná, pero pronto acusado de colaboracionista con la policía y acabó siendo expulsado.

Leonid Nikolayev, otro miembro notorio, critica la actitud de algunos artistas rusos que “van a Europa a exponer y hablan sobre ideas izquierdistas, pero cuando vuelven a Rusia no dudan en apoyar al poder y enriquecerse a su costa”. Alexey Plutser-Sarno, habitualmente enlace del grupo con los medios de comunicación y exiliado político, completa la acusación sentenciando que, a pesar de haber “una gran cantidad de destacados artistas en Rusia, actualmente no hay muchos de ellos involucrados en una protesta real”.

No se pueden dibujar flores cuando hay represión a nuestro alrededor

Al mezclar política y arte, las influencias de Voiná proceden de tal dualidad de disciplinas. Para Alexey, su “arte está inspirado en el movimiento dadaísta, en el futurismo ruso y el accionismo vienés. Pero si hablamos de nuestro estilo artístico callejero y de protesta seguimos el ejemplo de los anarquistas”. De esta manera, completan su actividad con diferentes manifestaciones políticas no artísticas. “Este año, hicimos acciones junto a los anarquistas de Polonia, Eslovenia y otros países. Cuando voy a una ciudad extranjera, no puedo confiar mi trabajo a nadie excepto a los anarquistas”. Según Oleg, “habitualmente contamos en nuestras acciones y marchas con el apoyo y participación de grupos anarquistas. Algunos de nuestros eslóganes y acciones están inspirados en ellos: All cops are bastards (ACAB), Más alto, más alto con la bandera negra –el Estado es nuestro enemigo principal, etcétera”. “A veces nos definimos como un grupo anarco-punk”, apostilla Natalia Sokol, compañera de Oleg y una de las activistas más destacadas.

No obstante, la amistad entre política y arte ha sido históricamente peligrosa, y más aún desde la postmodernidad. Al igual que ocurre con la educación, en Occidente el pensamiento hegemónico tiende hacia la moderación, la neutralidad y lo políticamente correcto. El epitafio de nuestra sociedad bien podría ser todos los extremos se tocan o la virtud está en el término medio. Esta es la razón por la que algunos artistas consideran que la pureza del arte depende de su despolitización. Sin embargo, la feminista Lucy Lippard declaró, en una ocasión, que la buena propaganda y el buen arte deben ser una provocación, una nueva manera de ver y pensar sobre lo que está a nuestro alrededor. Alexey apunta más hacia esta última concepción del arte, afirmando que “sólo el arte político tiene futuro. No es una coincidencia que la 7ª Bienal de Berlín, que nos invitó a ser curadores asociados, fuese sobre intervenciones políticas de los artistas en el espacio social. Los artistas contemporáneos no deben ser indiferentes a lo que está a su alrededor. Simplemente, no pueden dibujar gatos, peces y flores cuando hay una represión masiva en pleno apogeo”. Esto es, en cierto modo, una suerte de acción propagandística: “Cualquier arte de protesta -afirma Natalia- trata de influir en las conciencias de la gente tan masivamente como sea posible. Millones de personas han visto nuestras acciones en Internet. Muchos de ellos están perdiendo el miedo y siguiendo nuestro ejemplo. Muchos grupos valientes están surgiendo tras nosotros”. “En nuestro día a día, Voiná se parece a un grupo político anarquista. Pero Voina hace acciones que son en todos sus sentidos obras de arte, incluso en contextos meramente socio-políticos”, concluye Alexey.

La calle es nuestro ambiente natural

Como anarquistas, el grupo Voiná reivindica el uso del espacio público colectivo desempeñando su arte en las calles, en lugar de en galerías o museos. “De la misma manera que un pez no interactúa con el agua, o un pájaro con el aire, no se puede decir que nosotros interactuemos con la calle. La calle es nuestro ambiente natural, donde hacemos nuestro arte. Internet es nuestra galería”, explica Alexey. Interrogado por la misma cuestión, Oleg apunta que “la interacción con el espacio de una galería o un museo es un problema, porque es un espacio extraño para nosotros. No sabemos cómo interactuar con ellas, aunque a veces lo hemos intentado”.

No obstante, las dinámicas privatizadoras, así como los cambios sociales en nuestras relaciones interpersonales, ahora mediadas habitualmente por las tecnologías de la información, nos remiten más hacia espacios íntimos que hacia la plaza como ágora. La fotógrafa y feminista Martha Rosler afirmó que las calles pertenecen a la gente, pero la gente ya no las quiere. La necesidad de reproducir en Internet lo que está ocurriendo en la calle puede resultar paradójica. “La documentación de nuestras acciones es un puente entre la calle e Internet. La mayoría de nuestras acciones tienen un elemento delictivo que nos impide invitar a la gente a contemplarlas, puesto que la mayoría seguramente sería arrestada. Millones de personas vieron nuestra Dick en Internet y todo el mundo entendió que fue un ¡que os jodan! al sistema policial de todos los países, no sólo de Rusia”, finaliza Alexey.

La estética anarquista es dejar que cada uno tenga su propia estética

Una de las más relevantes aportaciones del anarquismo al arte es su creatividad y su ruptura con el academicismo burgués. No obstante, autores como Edgar Wind, en su obra Arte y anarquía, defienden que la imaginación –tanto su ausencia como su abuso- puede suponer un estigma incurable para el artista, hasta el punto de considerarla peligrosa. Alexey relativiza esta cuestión, reflexionando desde un punto de vista tolstoiano acerca de la violencia: “La humanidad vive en el mundo de lo imaginario, en el espacio de los símbolos. Somos conscientes de la realidad que nos rodea sólo a través de nuestras fantasías. Por supuesto, hay un montón de símbolos e ideas peligrosas. Por ejemplo, la idea de la violencia es peligrosa. Esta idea genera violencia. Las autoridades están tratando de persuadirnos de que la violencia es legítima, que las ejecuciones y las víctimas son necesarias. Pero es una mentira. Este sistema de símbolos se remonta a los tiempos mitológicos. Y tenemos que destruir, deconstruir el mismo”. Natalia, por su parte, evalúa la labor del grupo como generador de nuevos imaginarios, afirmando que “por medio de nuestras acciones estamos tratando de destruir esos símbolos nocivos y peligrosos que hemos heredado del pasado oscuro”.

La estética y el ego son dos de los principales desafíos a los que se ha enfrentado tradicionalmente el arte anarquista. Por un lado, surge la eterna pregunta ¿existe una estética anarquista? Por otro lado, parece difícil conjugar el ego artístico con los ideales de fraternidad libertaria. La primera cuestión es zanjada con rapidez por Alexey: “La estética anarquista es dejar que cada uno tenga su propia estética. Nosotros hemos creado la nuestra: heroica y monumental”. A la segunda, Oleg precisa que, efectivamente, lo que el grupo Voiná hace es “combinar el ego artístico con la solidaridad, la igualdad y la fraternidad anarquista”.

Según las teorías libertarias relacionadas con la abolición del trabajo, una vez llegada la verdadera sociedad anarquista, cada uno de nosotros pasaríamos de ser trabajadores a creadores artísticos. No desempeñaríamos una profesión por motivaciones adulteradas como el estatus, la cuantía salarial o la necesidad. Simplemente produciríamos vocacionalmente, en función de nuestras capacidades y habilidades, por lo que todos seríamos artistas. No obstante, Alexey es crítico con este punto de vista: “en una sociedad anarquista, todo el mundo elije un rol y un modo de vida. Sería un error imponer uno y la misma forma de libertad para cada uno. Cada persona debe decidir su propia libertad. Es por eso por lo que pienso que no todo el mundo sería artista. Si alguien quiere ser un espectador pasivo, su elección también debe ser respetada”.

El grupo Voiná también posee un historial de represión por parte del poder bastante extenso. Algunos de sus miembros han sido encarcelados y otros han evitado el presidio gracias al exilio. Igualmente, la célebre banda de punk anarcofeminista Pussy Riot tiene un pasado estrechamente vinculado a Voiná. Estas cuestiones y otras serán abordadas en la segunda parte de la entrevista.

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