Marina Ajmedova (Open Democracy) :::: En Daguestán, donde las fuerzas gubernamentales están enfrentadas a los insurgentes y el clero a los salafistas, existe un tercer frente que concierne a las mujeres. Marina Ajmedova, periodista y novelista rusa, nos informa desde Daguestán sobre el papel totémico del hijab.

Clasifico a las mujeres en dos clases, según el hijab que lleven. Algunas llevan hijabs de color negro, y otras llevan hijabs de colores brillantes, fijados a su cabeza con prendedores espinosos en forma de media luna. Tan espinosos como el asunto de los hijabs en Daguestán. En junio tuvo lugar el segundo asesinato de un director de colegio por prohibir a sus alumnas ir a su escuela con la cabeza cubierta.

Oficialmente, la Sociedad de Estudiantes Ahlus-sunnah declara que sus seguidores creen en un Dios, en la lucha por la pureza de la fe y que no hacen divisiones entre los creyentes musulmanes tradicionales (sufís) y no tradicionales. Extraoficialmente, especialmente en la prensa federal, se les conoce como la “Sociedad Salafista”, “el ala radical del Islam”. La presencia de los barbudos parecen apoyar la versión extraoficial, aunque los representantes de este colectivo apuntan que sus barbas no son más largas que las que llevan los patriarcas ortodoxos.

(…)

El secretario de prensa de la Sociedad, Ziyaudin Uvaisov, me cuenta que en algunas escuelas daguestaníes te castigan si llevas el hijab. “Hay escuelas en las que el director intenta incluso prohibir que las profesoras lleven el hijab. Se las amenaza con el despido”, afirma Ziyaudin. “El Ministerio de Educación no ha dado instrucciones al respecto, aunque lo alienta”.

“¿Usted no aprueba el actual enfoque de la educación?”

“No es malo, salvo para unas pocas cosas”, contesta Ziyaudin. “Los asuntos ideológicos, como por ejemplo la teoría de Darwin. A las niñas deberían darles clases separadas en el gimnasio, y dejar que lleven pañuelos en la cabeza. Pero cuando el director establece unas normas así de reaccionarias, cuando se comporta de manera tan irrespetuosa, no es de extrañar que le devuelvan el golpe. Es inevitable…”.

Operación especial en Dagestanskiye Ogni

Dagestanskiye Ogni es una pequeña localidad del sur de Daguestán. No es el tipo de lugar del que esperarías que fuese un semillero de wahabismo y separatismo, hasta hace poco… Los vecinos se acercan para hablarnos sobre una operación especial que tuvo lugar de noche, pocas horas antes de nuestra llegada. Señalan el jardín vecino, donde murió una mujer.

La mujer se identifica como la hermana de la mujer muerta.

“Estaban desarmados”, afirma la mujer cuando me acerco a ella. “Había traído comida a su marido. Supo después de casarse que su marido era un guerrillero. Cuando empezó el tiroteo, se asustaron y corrieron hacia aquel lado” comenta la mujer separando su mano de la cara. “Ella tenía un bebé de 3 meses. No sabemos lo que le ha pasado a la criatura. Ella solía ver a su marido cada 3 meses, cuando le llevaba comida. Eso es todo…”.

(…)

“La gente que les llevaba la comida estaba armada”, afirma un hombre alto y delgado que acaba de llegar. Es el jefe local del ROVD (departamento del Ministerio de Interior). “Recibimos información de que esa gente iba a cometer diversos actos terroristas, o de que estaban preparando uno…”.

“¿Planeando uno?” La hermana de la mujer muerta explota. “¿Ellos llevaban allí todo el año o no? No había sucedido nada, ¡supongo que usted cree que todo esto es divertido! ¡Divertido! ¿Dónde está entonces el niño de 3 meses de edad?”.

¡Esto empezó por culpa de los periodistas!

En mi camino hacia la localidad de Sovietskoye tuve una conversación con una mujer. Llevaba un hijab gris. Empezó a ponérselo diez años atrás. Hace dos años, después de los ataques con bombas en Moscú, se sintió obligada a quitarse el hijab y pisotearlo. “Me repugnaba que una mujer musulmana pudiese hacer una cosa semejante, pero lo hice” me dijo Firuza. “Mi hermana estaba entrando en el metro en Lubyanka cuando tuvo lugar la explosión. Estaba histérica cuando me llamó: “Casi salto por los aires. Os odio a ti y a tu hijab. Tus “hermanas” han volado el metro” Fue entonces cuando me quité el hijab y lo pisoteé…”

Firuza se quedó en silencio. Iba también hacia Sovietskoye.

“¿Eres salafista?”, le pregunté.

“No, pero estoy de acuerdo con ellos en un montón de cosas” me respondió, mirándome desafiadoramente.

La gente de Daguestán ya no tiene miedo de admitir sus simpatías por el salafismo. Hasta hace un año casi nadie haría una confesión así a un extranjero. Lo que va a suceder de aquí a un año sólo podemos imaginarlo.

“Estaba muy avergonzada” me dijo. “Me sentía sucia, una mujer imperfecta. Eso me hacía llorar, incluso ahora. Es difícil de explicar, pero todas las “mujeres hijab” nos sentimos así. Ahora muchas mujeres llevan hijab. Pero hay muchas de ellas que no entienden el significado del hijab interior”.

“¿Y qué significa?”

“Significa total sumisión a la voluntad de Alá y obedecer la costumbre islámica. El Islam no aprueba todos esos hijabs de colores y con diseños que llaman la atención” afirma sacudiendo su cabeza. “Tienes que pensar en la muerte. No se puede escapar a ella, y cuando te enfrentes al Todopoderoso tienes que hacerlo sin ningún pecado a cuestas… déjame contarte una historia”, me dice mientras clava de nuevo sus ojos en mí. “El otro día estaba en un ascensor con un hombre y una mujer. Llevaba un traje llamativo y casi transparente, podías incluso ver su ropa interior. Cuando salimos, el hombre vino hacia mí y me dijo: “Hermana, si no hubieses estado tú en el ascensor, no hubiera sido capaz de resistirme a tocarla…”

“Porque era un cerdo…”

“Querida” me dijo mientras cogía mi mano entre las suyas, “todos los hombres son unos cerdos… perdóname, hermano” se disculpa ante el conductor. “Pero es que es así”.

(…)

La localidad de Sovietskoye. En mayo, poco antes del asesinato del director del colegio, hombres del ROVD (Ministerio del Interior) local, asaltaron la mezquita local, considerada salafista, durante los rezos del viernes, rodearon a la congregación y, según la prensa local, les golpearon durante varias horas.

Firuza y yo caminamos hacia la puerta de la casa del director de la escuela. Le dispararon una noche, en su cama, mientras dormía. Llamo a la puerta. No responde nadie. Empujo la puerta abierta y entro al jardín. La puerta delantera está un poco abierta. Se acerca una mujer que lleva en brazos un bebé. Sus ojos tienen unas grandes ojeras.

“¡Estoy harta de vosotros los periodistas!” me dice después de escucharme. “Es culpa vuestra, vete” Un hombre con los ojos vidriosos sale de la casa, seguido de otro. “¿No lo entendéis? preguntan. “Los periodistas no son bienvenidos aquí”.

“¡Gracias por vuestra famosa hospitalidad caucásica!” exclama Firuza con un hilo de voz. “¡Deberíais estar avergonzados de vosotros mismos y de haceros llamar daguestaníes!”.

La mujer mira al hijab, y a mí me mira de arriba a abajo. “Ella es rusa” afirma, “no tenemos que ser hospitalarios con ella”.

Asalto a la mezquita

Mi siguiente entrevista es con el imán de la mezquita que asaltaron. Éste se sienta en el suelo y me mira a los ojos. Tiene 24 años de edad y es programador informático. Estuvo buscando sin éxito trabajo en Daguestán durante mucho tiempo en vano, por lo que se convirtió en imán.

“Dicen que obligamos a todas las mujeres a llevar hijab, que las amenazamos con llevarlas ante el tribunal de la Sharia…”

“¿Y es cierto?”

“¡No!” afirma con rotundidad mientras se lleva la mano al pecho.

“Pero estás haciendo proselitismo del Islam”.

“Sí, rezamos y aquí en la mezquita predicamos el Islam. Por supuesto que lo hacemos, por eso nos reunimos”.

“¿Qué pasó el 13 de mayo?”

“Ese día las tropas asaltaron la mezquita. Estaban ahí fuera, en el jardín, en dos filas y con sus armas. Gritaron “ven aquí, Veliakov, sal fuera”. Ese es mi apellido. Pero yo no estaba aquel día, estaban ellos” me dice, mientras señala a unos adolescentes que están sentados tras él. Aparentan unos 16 años de edad.

“¿Y qué os hicieron?”, le pregunto a los chicos.

“Nos llevaron a comisaría, nos golpearon, nos raparon en el pelo un signo de la cruz como éste”, me dice un chico haciendo una cruz sobre su cabeza. “A los que tenían barba les cortaron la mitad de ésta. Nos gritaron “¿Por qué venís a la mezquita?””.

“¿Os había prohibido el director de la escuela ir a la mezquita?”

“Sí, nos dijo que teníamos que hacer los deberes”.

“Bueno, eso es así ¿no?”

“Ahora andan diciendo en internet que fue asesinado por nuestra culpa” dice el imán. “Pero él fue quien comenzó todo esto. Les dijo a sus alumnas que si volvían a ir a la escuela con el hijab, las desnudaría… cuando oí que había sido asesinado, me asusté mucho. Sabía que iban a venir a por nosotros”.

“Vosotros ibais a su escuela. ¿Estáis tristes por lo que le pasó?”

“Pero ¿por qué estaba él en contra de que fuésemos a la mezquita?” preguntan los alumnos. “Están por encima de la ley y pueden humillarnos cuando quieran, ¿no es así? Nos dijeron cosas terribles. ¿Por qué no podemos tener ley y orden como en Rusia? ¿Por qué nos golpearon durante seis horas?”

“El Profeta nos dijo que cumpliésemos las leyes del Corán”, replica en su ayuda el imán. “Y nosotros no podemos cambiar esto”.

“¿Apoyáis la independencia de Daguestán?”

“Esa es una pregunta complicada y provocadora”.

“Es una pregunta muy sencilla ¿sí o no?”

“Formamos parte de Rusia”.

Un simple musulmán

Mi siguiente cita es con alguien cuyo nombre desconozco. Me pide que me refiera a él como “un simple musulmán”. Cuando les pregunto a las personas que me concertaron esa entrevista que quién es él, me responden “¿Querías ver a un líder religioso? Aquí tienes a uno”. El simple musulmán no lleva ropa de combate. Lleva puestos una camisa suelta y un gorro blanco.

“El director de la escuela fue asesinado”, me atrevo a decir.

“Alhamdulillah” murmura interrumpiéndome.

“Alabado sea Dios, ¿lo dice usted en serio?”

“Él era un hombre educado, no era un idiota cualquiera” me contesta. “Y dijo cosas que nos insultaban. Mire” dice sin subir el tono de voz “¿entiende usted nuestra actitud hacia la muerte? Es diferente a la de ustedes. Sabemos, con tanta certeza como yo sé que usted está sentada enfrente de mí, que la muerte viene cuando llega nuestra hora. Esa es la única razón”.

(…)

“¿Es cierto que se alegra cuando muere alguien cercano a usted?”

“Hay padres y madres que celebran cuando oyen que su hijo o su hija han sido asesinados”.

“El otro día me encontré con una familia en esa situación. No parecían sentir algo parecido a lo que usted me está contando…”

“Sí… esas mujeres… ayer enterramos a nuestra hermana. A la que fue asesinada en Dagestanskoye Ogni”, afirma, y me doy cuenta de que estamos hablando de la misma familia. “Eso me hizo tan feliz…”

“Usted no sintió pena por ella…”

“No por la manera en que ella murió. Las mujeres de las que usted me habla no son unas mujeres musulmanas correctas. Algunos padres rechazan a sus niños muertos, no van a sus funerales, no cogen sus cuerpos de las morgues… Ayer ellas estaban lamentándose y llorando” afirma con un tono ligeramente de censura “se tiraban del pelo y arañaban sus caras…”

“Son gestos normales cuando alguien está pasando el dolor de una muerte”.

“Es una blasfemia. Nuestra vida es un valle de lágrimas…”

“¿Por qué dijo “Alabado sea Dios” cuando mencioné el asesinato del profesor?”

“Cuando castiguen al idiota de Oslo tú estarás agradecida. Yo agradezco también que ese hombre no siga incitando a la policía a atacar a nuestros hermanos creyentes”.

“¿Se alegró cuando tuvieron lugar las explosiones en el aeropuerto de Domodedovo?”

“Si Doku Umarov me hubiese preguntado por ello, le hubiese dicho que fue un haram, un pecado. Pero no lo hizo. No tiene nada que ver conmigo”.

“Pero allí se encontraban unas hermanas suyas, Maryam Sharipova y Dzhanet Abdurakhmanov”

“Todavía son mis hermanas. Ellas mataron infieles. Ellas eran musulmanas, y los otros no lo eran”.

“Entonces ¿a usted no le importa si hacen volar por los aires a la gente si no son musulmanes?”

“Como ya he dicho, creo que es un haram, un pecado”.

“Pero aún así las consideras tus hermanas…”

“Por supuesto”.

“Son criminales…”

“Son mis hermanas”.

“Para usted, nosotros, los moscovitas, no somos más que zombis. Cada mañana y cada tarde cogemos ese metro, para ir a trabajar y para volver. Volvemos a casa, donde nos espera nuestra familia. No hay necesidad de hacernos volar por los aires.”

“¿No? Ustedes los moscovitas no se acuerdan de cuando mataron a 40.000 niños en Chechenia. ¿Ha leído lo que escribieron en internet sobre nosotros los caucásicos? Gente con ordenadores, gente que sabe cómo escribir. El 90% de la gente de la ciudad nos odia. ¿Tienen acaso idea de lo que está pasando aquí? Sois auténticos zombis. Sois zombis si permitís que nuestros niños sean asesinados. Nosotros los caucásicos tenemos que meteros en la cabeza que los ocupantes rusos son nuestros opresores. Esto es lo que les digo a mi gente. Pero no lo entienden”.

“Es que es difícil de creer. Piense en la cantidad de dinero que el gobierno central invierte aquí…”

“Ese dinero no nos llega a nosotros”.

“Su gobierno de Daguestán tiene la culpa de ello”.

“Su gobierno ruso compra la lealtad de la gente, ese es el problema. Los daguestaníes tienen que alzarse, tenemos que liberarles”.

“¿Y qué le impide hacerlo?”

“Nada”.

“Es usted un fanático, lo sabe”.

“El hecho de que quiera la independencia ¿me convierte en un fanático?” dice con una sonrisa en su abundante barba negra. “Os vuelve locos la película Braveheart, en la que Mel Gibson grita ¡libertad!. Pero no le llamáis fanático. Le llamáis corazón valiente”.

“Él luchaba por la independencia. Vosotros lucháis por un ideal”.

“Cuando leo lo que escriben sobre nosotros desde Rusia me río. ¿Cree que tengo algo que ver con la muerte de la chica a la que enterraron ayer? Pues bien, no tengo nada que ver. Ella estaba loca, fue a enseñarle su bebé a su marido. No comprendía que los estaban vigilando. Ella los llevó hasta su marido. Ellos la asesinaron, pero su marido sabía como cuidar de sí mismo”.

“¿Por qué se van al monte?”

“Porque consideran que ese es el único camino que tienen para poner las cosas en su sitio. El camino más seguro y más corto hacia el paraíso es convertirse en un suicida”.

“¿No crees que muchos de ellos lo hacen por dinero, para hacer negocio?”

“¡Debería darle vergüenza!” dice enfureciéndose de nuevo. “¿Qué le hace pensar que ellos obtienen dinero?”

“Bueno, tienen que comprar de alguna manera sus armas…”

“Las armas no cuestan nada, las hay en todas partes. ¡En todas partes! Conseguirlas no supone ningún problema. Todo lo que necesitan es unas pocas barras energéticas, un lugar donde esconderse y apoyo de la población local. Cuando Braveheart gritaba “¡libertad!” era algo bonito. Pero cuando nosotros gritamos lo mismo, ellos nos destruyen”.

“Ahora que lo pienso, usted seguro que fue a un colegio soviético, y también a una universidad soviética. Entonces ¿de dónde viene ese profundo odio hacia su país?”

“No necesitamos esas limosnas rusas. No necesito sus montañas de oro. Sólo quiero mi trozo de tierra, mi independencia. Sus viñetas con imágenes estereotipadas sobre nosotros son de chiste”.

(…)

Volvemos al punto de partida. La cadena de eventos que empezó cuando golpearon a unos creyentes en la mezquita de aquella localidad, que acabó con el asesinato del director de escuela, y que llevó a una operación especial en Dagestanskiye Ogni. Más allá del marco de estos acontecimientos están las recompensas, las condecoraciones. El día de su visita, Nurgaliev (Ministro del Interior) pidió una lista de aquellos que habían tomado parte en la operación especial, para recompensarles. También hay otro escenario: ¿qué pasaría si uno de los chicos que fue tan duramente golpeado se hubiese sentido tan ofendido que se hubiera echado al monte? Y si las fuerzas de seguridad asesinan al imán, no será a causa de sus prédicas, no, sino porque no fue capaz de convertirse en un programador informático.

En el drama que se lleva viviendo durante bastante tiempo en esta república no importa quién es el héroe y quién el villano. Lo que importa es que para un montón de gente se ha convertido en algo recompensable matar a otros. La gente de Daguestán te dirá que Rusia es el director de este drama. Mientras las fuerzas de seguridad sigan combatiendo a los guerrilleros, mientras los salafistas sigan combatiendo a los clérigos oficialistas y las mujeres del hijab sigan luchando contra aquellas que no lo llevan, el país podrá descansar tranquilo, ya que no habrá ninguna revolución. Pero si llega ese día, la bandera que ondeará será un hijab.

Este texto ha sido editado por el Observatorio Eurasia. El artículo original e íntegro se publicó en inglés en Open Democracy. 

 

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