Ana Sánchez Resalt :::: Zara Murtazalieva decidió en 2003 trasladarse a Moscú y buscar trabajo. Desde que pisó la capital, el FSB estuvo detrás de ella.

Estuve en Grozny esta mañana después de 11 años de ausencia. Todo se está construyendo, estoy sorprendida (…) mientras andaba por la calle Zgorod, me hubiera gustado pasar una encuesta sociológica: ¿ha cambiado la gente, se han transformado junto al aspecto de la ciudad, cuáles son sus sentimientos, sus pensamientos…?” 

Con estas palabras Zara Murtazalieva describía su primeras impresiones tras su regreso a Chechenia el pasado 19 de septiembre. Estas palabras no son sólo las de una simple emigrante que regresa a casa: de esos 11 años, ocho y medio los ha pasado en prisión.

Según describe Kavkaz Uzel, Zara Murtazalieva nació el 4 de septiembre de 1983 en un pueblo del distrito de Naursky, al norte de Chechenia. Había estudiado en la Universidad de Lingüística en la ciudad de Pyatigorsk, pero tras la muerte de su padre en 2003 decidió trasladarse a Moscú para buscar trabajo y así poder ayudar a su familia. Gracias a su buen dominio del inglés, pronto encontró trabajo en una empresa de seguros de la capital rusa.

El 4 de marzo de 2004, cuando Zara salía del trabajo, cerca de “Kitai Gorod” (en el centro de Moscú), dos policías la pararon para pedirle su documentación. El pasaporte estaba en regla, pero aún así decidieron llevarla al Departamento de Asuntos Internos para tomarle las huellas. Tras este procedimiento, fue a lavarse las manos, y al volver comprobó que habían manipulado su bolso: no podía cerrarlo y era más pesado y abultado. Los milicianos le pidieron que abriera el bolso y se negó, así que lo hicieron ellos. Dentro encontraron dos paquetes embalados con 196 gramos de explosivo. Murtazalieva aseguró que no eran suyos. Entre sus cosas personales también localizaron varias fotografías de planos del centro comercial de “Ojotny Riad” y literatura religiosa de corte extremista. Nunca se encontraron huellas de Zara en los explosivos.

Por lo que se desprende de las informaciones que hemos consultado, Zara Murtazalieva estaba siendo vigilada desde que pisó por primera vez Moscú. Ser mujer, de origen checheno y estar sola en la capital de Rusia parecían ser razones más que suficientes para levantar sospechas entre los servicios de seguridad de la Federación Rusa. A esto hemos de añadir que en la época en la que Murtazalieva fue detenida, Rusia y Chechena libraban su segunda guerra en suelo checheno. Entre octubre de 2003 y marzo de 2004, Murtazalieva había estado asistiendo a una mezquita en Moscú en la que entabló amistad con dos moscovitas convertidas al islam: Anna Kolikova y Daria Voronova. Todos estos “indicios” confluyeron y probablemente fueron la base en la que el FSB se apoyó para tomar la determinación de instalar dispositivos de escuchas en el apartamento de Zara. Pero de las escuchas tampoco lograrían sacar nada. El “detonante” para su arresto y posterior juicio debió ser, pues, encontrado en su bolso durante la toma de huellas en el Departamento de Asuntos Internos, en marzo de 2004.

Según el juez que instruía el caso, su intención era hacer explosionar la escalera mecánica del centro comercial que se encuentra en la Plaza Manezhny (a pocos metros del Kremlin), e incorporar en su plan de ataque suicida a Anna Kolikova y Daria Voronova. Para ello, durante el periodo de tiempo en el que había tratado con las dos rusas, las habría estado preparando “psicológicamente” para cometer el atentado. Sin embargo, las dos testigos negaron esta relación con Murtazalieva. En 2004, la madre de una de ellas pidió ayuda a ONGs pro derechos humanos alegando que habían recibido amenazas y presiones por parte de los organismos de investigación. Se interrogaron a cinco personas en este caso, entre ellas a las dos chicas moscovitas, y todos negaron que Zara estuviera preparando un atentado o estuviese vinculada con el terrorismo.

A pesar de que ninguna de las pruebas parecía sostenerse y que los testigos no corroboraban la versión del fiscal, finalmente Murtazalieva fue condenada a 9 años de prisión acusada de los delitos de implicación en actividad terrorista, preparación de acto terrorista y almacenaje de explosivos, recogidos en los artículos 205 y 222 del Código Penal de la Federación Rusa. Posteriormente, tras pasar por el Tribunal de casación de la Corte Suprema de la Federación, la condena sería reducida en 6 meses. Desde la cárcel de prisión preventiva, Zara había escrito a su madre una carta en la que le contaba que el juez no se había atrevido a mirarla a la cara en la presentación de la acusación final.

A lo largo de estos más de 8 años y medio, defensores de los derechos humanos, ONGs y periodistas rusos se han encargado de recordar el caso de Zara. El Tribunal Europeo de los Derechos Humanos también intervino, solicitando a las autoridades rusas la explicación de algunas irregularidades cometidas durante el juicio (no se interrogó a los testigos, no se permitió a la acusada ni a su abogada acceder al material en el que se basaba la acusación. Incluso el presidente de Chechenia, Ramzán Kadírov, quiso que se revisara el caso.

Finalmente, Zara Murtazalieva salió de la cárcel el 3 de agosto de 2012, tras cumplir íntegra su condena de 8 años y seis meses.

Svetlana Gannushkina, presidenta del Comité “Asistencia Civil”, habló del caso de Zara durante una conferencia de prensa titulada “La fabricación de cargos criminales. Ayer, hoy y mañana”, celebrada el pasado 13 de septiembre en Moscú. Gannushkina sostuvo que el procedimiento contra Murtazalieva fue ilegal y que el tribunal pronunció una decisión “injusta”.

La activista explicó en la conferencia que una mujer de origen checheno que llega a Moscú sola atraerá inmediatamente la atención de los agentes del FSB. Eso le pasó a Zara: la pusieron bajo vigilancia y le colocaron dispositivos de escucha en su apartamento, pero ella nunca dio ningún motivo para ser considerada una potencial terrorista suicida. A pesar de todo, según Gannushkina, con falsas evidencias y testigos amenazados, Murtazalieva fue declarada culpable de preparar un atentado terrorista en el centro comercial de “Ojotny Ryad”, junto a la plaza Roja.

La debilidad (y posible falsificación) de las pruebas y los endebles indicios no fueron óbice para la detención y posterior juicio de esta ciudadana chechena. Gannushkina sostiene que los agentes de la ley no se atrevieron a reconocer su propio error, ya que se gastó una enorme cantidad de dinero en los equipos de escucha y este dinero tenía que justificarse de algún modo. Habían estado investigando a una persona que no parecía haber cometido ningún delito, ni siquiera parecía tener intención de hacerlo. “No revelaron nada durante el mes de vigilancia. Mi informante me ha dicho que en una conversación con él, uno de los agentes de la ley dijo: hemos gastados tanto dinero que no podemos no conseguir justificarlo”. Es decir, ellos mismos creían que era imposible informar del error”. Así, el caso de Murtazalieva, señala Svetlana Gannushkina, es un nuevo paso hacia el “colapso total del sistema o hacia el establecimiento de un sistema en el que cualquier persona puede ser llevada al banquillo, si es necesario”.

Murtazalieva ya ha vuelto a Chechenia, pero antes de partir hacia su tierra concedió varias entrevistas para diversos medios rusos. En la revista The New Times habla de la dureza de la vida en una cárcel rusa para mujeres, las palizas, la indefensión que sienten y la aceptación frustrada del destino que les esperaba allí (“todo es inútil”), del trato que recibían las presas originarias del Cáucaso (cuando llegó, le pusieron vigilancia por el riesgo de huída, y un empleado de la cárcel le gritó: “A los que son como tú habría que matarlos en el vientre de la madre. Todos vosotros tenéis que ser destruidos”). Allí aprendió que era mejor no quejarse porque peligraba una improbable libertad condicional (sobre todo para las caucasianas; a ella se la denegaron una vez porque no había admitido el delito ni se había disculpado) y porque así evitaban “represalias”. Ahora ya puede denunciar las condiciones de vida en la cárcel y al propio sistema judicial ruso (“Creo que el 80% de las mujeres tienen una condena que no se corresponde con lo que hicieron” ).

Me gustaría despertarme por la mañana y decidir que todo lo que me ha pasado ha sido un sueño terrible. Pero creo que nunca lo podré olvidar. Cuando salí en libertad me parecía que no iba conmigo, que era como si estuviera soñando, pero sobre algún otro (…)”

En una publicación en su Facebook antes de partir hacia Chechenia escribía: “Hago la maleta y de Chechenia no paro de recibir llamadas: no olvides ponerte el pañuelo, evita las complicaciones, ni se te ocurra enfadarte, debes estar encantada con todo, eeeei…. quiero gritar, no puedo vivir así, protesto… pero, por lo visto, la hipocresía se ha convertido en una forma básica de relación en Chechenia, o a santo de qué tanto miedo… Voy a ir, veré cómo está todo y os lo contaré” .

Éste, sin embargo, es un final agridulce, con un poso tremendamente amargo y descorazonador: el del cumplimiento total de una larga condena (muy probablemente) injusta contra la que no se pudo hacer nada; el de la evidencia de un sistema judicial viciado, politizado y lleno de prejuicios, donde los inocentes son culpables hasta que se demuestre lo contrario. Y Zara Murtazalieva añade una apostilla más acibarada aún: “Mi historia no es la única”.

Anuncios