Boletín “Caucasus News”, nº 28 (octubre 2012) :::: Agosto ha sido un mes sangriento en el Cáucaso Norte: 106 personas perdieron la vida en distintos atentados en Chechenia, Ingushetia, Kabaldino- Balkaria y Daguestán.

Los incendios del subsuelo no se detectan tan fácilmente. No producen llamas ni mucho humo, se propagan lentamente y son más difíciles de sofocar. A veces, tras un gran incendio mal apagado, bajo la tierra continúan ardiendo raíces y materia orgánica. Este podría ser un buen símil para la actual situación en el Cáucaso con el islamismo: un largo y continuo fuego en el subsuelo que a veces se hace evidente por la presencia de humo, y otras veces sabemos de él porque prende vegetación en la superficie.

A finales de agosto, Said Afandi Al-Chirkawi, líder de una comunidad sufí (del islam “tradicional”), fue asesinado en Daguestán. Él es una más de las 70 muertes en atentado que se han producido en la república daguestaní sólo en el mes de agosto. En este mismo mes, 19 personas perdieron la vida en la república de Ingushetia. Para evitar esta feroz escalada de violencia mortal en la zona, el presidente ingushetio, Yunus-Bek Yevkorov, ha creado nuevos cuerpos burocráticos para combatir la ideología del terorismo y el extremismo.

De Ingushetia saltamos a la vecina Chechenia, donde a principios de agosto un supuesto ataque de dos terroristas suicidas cerca de una tienda militar acabó con la vida de cuatro personas pertenecientes a las tropas del Ministerio del Interior ruso. Y precisamente entre Igushetia y Daguestán se ha iniciado un pequeño conflicto entre sus líderes a vueltas con una supuesta “operación antiterrorista” llevada a cabo en territorio ingusetio por fuerzas policiales chechenas. Kadírov y Yevkorov discuten para ver a quién mataron y quién está verdaderamente comprometido con la lucha contra los terroristas.

Mientras, en Stavropol, del distrito Federal del Cáucaso Norte, han iniciado una campaña para separarse de esta zona, de este distrito “no-ruso” que los une con Daguestán, desde donde llegan inmigrantes daguestaníes que profesan una fe diferente, que tienen una cultura distinta y que vienen a trabajar “sus” tierras.

Este incendio del subsuelo también atraviesa los límites del Cáucaso y llega hasta las orillas del Volga, a Tatarstán. El muftí de la república, Ildus Faizov, y su segundo, Valiulla Yakupov, fueron objetivos en dos atentados que se produjeron en agosto en Kazán, el mismo día y con 15 minutos de diferencia. Faizov pudo sobrevivir.

Todos estos son ejemplos de humaredas que van provocando los incendios que están minando el subsuelo del Cáucaso y que, poco a poco, y si no se ponen medios, podrán propagarse y salir a la superficie de manera abrupta. Frente al islam tradicional moderado, un islam extremista radical pretende extenderse por el país. Hasta la fecha, el gobierno ruso no se ha atrevido (o no quiere, o no puede) enfrentarse al conflicto en busca de una solución. Tampoco parece saber (o no quiere, o no puede) cómo hacer una aproximación más tolerante e inteligente al mundo musulmán, y eso sí que podría ser problema grave en un país donde más de 20 millones personas profesan esta fe. Solucionar esta cuestión no es tarea fácil; su origen tiene raíces muy profundas: desempleo, falta de oportunidades, rechazo a la corrupción y el abuso de autoridad de los funcionarios rusos, servicios de seguridad y de los gobiernos dirigidos desde el Kremlin, un pasado de represión, pobreza endémica, etc. Las autoridades rusas harían bien en aplicar soluciones de bomberos para intentar sofocar sus fuegos “internos”, teniendo siempre en cuenta que los incendios del subsuelo no siempre se apagan sólo con agua. En ocasiones, hay que remover la superficie para sacar lo que arde en el fondo de la tierra

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