¿Por qué es el Cáucaso Norte, y especialmente sus tres repúblicas más orientales -Ingushetia, Chechenia y Daguestán- un lugar tan hostil para las mujeres? En este artículo de Open Democracy responden a ésta y otras cuestiones.

¿Por qué están tan limitadas las libertades de las mujeres en Chechenia, Ingushetia y Daguestán? ¿Hay que responsabilizar de ello al Islam? ¿Es una consecuencia de la guerra en la región o de la pobreza? ¿O las razones son otras?

Cuando se pronuncian las palabras “Cáucaso Norte” la gente tiende a pensar en terrorismo, en la sangrienta Chechenia o en una guerra apocalíptica. O, más trivialmente, la gente recuerda el arrepentimiento de Hilary Swank por haber participado en la fiesta de cumpleaños de Ramzan Kadírov, convertida en una celebración del “renacimiento” de la Chechenia post-bélica.

Este artículo pone su mirada en el Cáucaso Norte desde una perspectiva diferente, la de las mujeres. El tema es la brutal, sistemática y arraigada negación de los derechos de las niñas y mujeres en la región. No es coincidencia que la región en la que los derechos de las mujeres son violados con más frecuencia, donde su libertad está más limitada, su potencial más reprimido y su participación en el gobierno es casi inexistente, es también la más pobre, más violenta y más disfuncional de todas las regiones de Rusia.

¿Por qué es el Cáucaso Norte, y especialmente sus tres repúblicas más orientales -Ingushetia, Chechenia y Daguestán- un lugar tan hostil para las mujeres? ¿Por qué siguen existiendo, en la Rusia actual, prácticas tan preocupantes como el rapto de novias, el casamiento de niñas o los asesinatos de honor? ¿Cómo pueden estas prácticas tener lugar sin casi ninguna consecuencia para sus perpetradores y ninguna protección para las víctimas?

¿Es esto consecuencia de las guerras de los 90 y el inicio de la década posterior, que dejaron decenas de miles de muertos y causaron un sufrimiento incalculable, mayormente entre la población civil? Si la culpa de estos males es la guerra en Chechenia, ¿por qué la vida de las mujeres es casi igual en Ingushetia y Daguestán, en las cuales, aunque sufrieron las consecuencias del violento conflicto, no experimentaron las masivas campañas militares que devastaron la sociedad chechena?

¿Es el Islam la causa? Muchos de los habitantes de la región están convencidos de ello, quizás más que aquellos de nosotros que observamos el patriarcado en todo el mundo. Para los extranjeros, podría ser que el casus belli inicialmente independentista de Chechenia se hubiese fusionado en toda la región con la causa más amplia del Islam radical en el que no hay cabida para la emancipación de la mujer. Pero el Islam fundamentalista se hizo un hueco en la región por sí mismo, lejos de las guerras e incluso antes de que éstas estallasen. En estos días, el Islam fundamentalista está floreciendo en la región, quizás con más fuerza en Daguestán que en ningún otro sitio. Y esta concepción del Islam no está limitada a los guerrilleros que se esconden en los bosques, sino que está convirtiéndose en el modo de vida de una parte cada vez mayor de los habitantes del Cáucaso Norte.

Las reglas no escritas que rigen la vida de las mujeres en la región son, claramente, mucho más antiguas que el renacer islámico de las dos últimas décadas. Son posiblemente más antiguas incluso que la misma llegada del Islam, que en algunas partes de la región no hace tanto que ocurrió. De hecho, algunas mujeres locales, especialmente entre las jóvenes y educadas, sienten que el Islam, al menos en teoría, les debería garantizar más derechos y libertades que aquellas reglas por las que se rigen actualmente sus comunidades. La mayoría de los habitantes locales simplemente dirán que sus tradiciones y la “mentalidad”, son el principal factor represivo en la vida de las mujeres.

Si esto es así, ¿qué han hecho en estos lugares con la experiencia modernizadora y los frecuentes cambios revolucionarios para la mujer originados por siete décadas de poder soviético? Una respuesta es que en esta región el poder soviético fue un tanto diferente y fue una experiencia que duró menos tiempo que en la mayor parte de Rusia. En esta zona montañosa y rural de la frontera sur, los programas de educación e industrialización soviéticos empezaron a penetrar en la región sólo cuando ya había estallado la II Guerra Mundial.

En 1944, los pueblos checheno e ingush (junto a más grupos étnicos del Cáucaso Norte) fueron deportados en su totalidad por Stalin a Asia Central, acusados de colaborar con las tropas alemanas que se estaban aproximando ya a la zona. El exilio punitivo a Asia Central y Siberia fue brutal y traumático. No acabó hasta después de la muerte de Stalin. Para algunos, el exilio trajo consigo una mayor integración en el modo de vida soviético. Pero para la mayoría prevaleció el resentimiento y la alienación, que nunca se olvidó durante las tres últimas décadas del poder soviético, después de su retorno a casa.

Chechenia

Aun así, en un par de generaciones, la vida de las mujeres cambió radicalmente en Chechenia. El partido comunista prohibió prácticas como la poligamia, los asesinatos de honor y el secuestro de novias. Las infracciones a la ley se investigaban y sancionaban. Y así, durante un tiempo, estas costumbres prácticamente desaparecieron.

La alfabetización, la educación secundaria y superior estuvo por primera vez al abasto de todas las mujeres. También se esperaba que trabajasen. Muchas lo hicieron en granjas colectivas mientras que muchas jóvenes, hijas de mujeres analfabetas de áreas rurales, empezaron a abandonar sus hogares y aldeas para trabajar y estudiar en Grozny, o más allá de su región natal. A menudo, esto fue gracias a la presión ejercida por el partido comunista local, ya que de otro modo las familias podrían haberse resistido a que sus hijas vivieran lejos de la atenta mirada de sus parientes masculinos.

Algunos chechenos reportan que durante el periodo soviético, había discriminación contra los chechenos étnicos que querían ingresar en la universidad y otras escuelas de élite, especialmente fuera de Chechenia. La realidad es más compleja. Hubo cuotas para las minorías, como los chechenos, programas especiales que hicieron más fácil su ingreso en diversas carreras universitarias. El acceso a la universidad en Chechenia era mucho más sencillo que hoy en día, cuando se ha convertido en una cuestión de dinero.

Gracias al petróleo, Grozni se convirtió en una ciudad industrializada con un complejo de refinería de gran tamaño que ofrecía empleo en el sector energético. Algunas mujeres del Cáucaso Norte se forjaron impresionantes carreras, en diferentes campos: las hubo que se convirtieron en pilotos supersónicos, en atletas olímpicas y en cantes de ópera, así como en ingenieras, académicas, médicos y funcionarias del gobierno.

Sin embargo, en casa, la vida de las mujeres cambió poco. Podían trabajar en cadenas de montaje, y al mismo tiempo dar a luz a 12 hijos. No sólo debían cocinar para la familia numerosa, sino que también debían proveer de alimentos con el cuidado del huerto familiar. Podían tener un doctorado y el mismo tiempo estar esclavizadas de la mañana a la noche por sus suegros y cuñados, en el habitual papel de cenicienta de la nueva novia en la casa. La generación de mujeres que más se benefició de las oportunidades que la Unión Soviética ofreció son ahora abuelas de 60 años. Recuerdan que sus maridos no cambiaron tanto como las mujeres. Muchas fueron víctimas de violencia emocional y física en el hogar.

Justo cuando la primera o segunda generación de mujeres había conseguido estos avances, cuando estaban empezando a disfrutar de un mínimo de libertad, el régimen soviético terminó. Después de eso, las oportunidades de las mujeres y la protección del estado de sus derechos se descompuso a una velocidad asombrosa. Como un ex alto funcionario del gobierno de Chechenia separatista de Djokhar Dudaev recuerda, “un día llegué al trabajo, al Ministerio, donde supe que todas las mujeres jóvenes solteras de mi personal había sido despedido. Y el resto de nosotras, mujeres ya adultas, estábamos obligadas a llevar un pañuelo en la cabeza”. Esto fue sólo un par de años tras el fin de la era soviética. “¿No es extraño?” escribiría la difunta Natalia Estemírova en un artículo publicado en Novaya Gazeta el 2007: “Tan pronto como los hombres de Chechenia empiezan a hablar de independencia, obligan a sus mujeres a cubrirse con un pañuelo”.

Una vez que los funcionarios del partido comunista ya no estaban allí para perseguir a los padres que sacaban a sus hijas de la escuela para casarla a temprana edad, una vez que los policías del pueblo estaban dispuestos a hacer la vista gorda ante un crimen de honor; una vez que el secuestro de novias ya no era castigado con la cárcel, de nuevo volvieron a extenderse estas prácticas. Las actitudes negativas hacia la educación, la independencia económica y la libertad de la mujer habían estado hibernando durante un par de generaciones. Luego salieron de nuevo a la superficie y demostraron estar bien vivas. Mientras que las instituciones estatales iban cayendo a su alrededor, la gente comenzó a volver a los patrones del pasado. Esto fue más marcado en las comunidades que se vieron engullidas por un conflicto armado.

Mientras tanto, aquellos que realmente habían interiorizado los valores de la era soviética de modernidad, igualdad y educación abandonaron la región para dirigirse al sur de Rusia, Moscú o el extranjero. Y si bien su apego a su tierra natal sigue siendo fuerte, es exclusivamente sentimental. Saben que nunca van a “volver a casa”. No hay lugar en el Cáucaso Norte para sus hijas que llevan pantalones vaqueros, tienen novios y viven una vida independiente.

Los datos demográficos son otra razón que muestran por qué la experiencia soviética tiene poco peso en esta región. Mucho se ha escrito sobre el envejecimiento de la población de Rusia y la disminución de las tasas de natalidad, absolutamente catastróficas. En este sentido, también, el Cáucaso Norte es un caso aparte, con tasas globales de fecundidad de 4 hijos por mujer en Ingushetia y 3.4 en Chechenia. Como resultado, estas repúblicas presentan un cuadro demográfico completamente diferente al resto de Rusia. Con una edad media de de 22 o 23 años (en comparación con Rusia, de 38.8), la mitad de la población son niños y jóvenes cuyas vidas han sido post-soviéticas. ¿Y cuántos otros no eran más que niños cuando terminó la URSS desapareció? Para la mayoría de los residentes de la región, el modo de vida soviético, con todos sus sistemas de apoyo no son ni siquiera un recuerdo lejano.

Luego hubo la guerra en Chechenia. Las mujeres en Chechenia aseguran que les cambió radicalmente su rol. Cuentan que tuvieron que salir a trabajar para mantener a sus familias, ya que era demasiado peligroso para los hombres. En lugar de simplemente ir a la oficina o la fábrica, como lo hicieron en el período soviético, ahora tenían que crear ingresos de la nada, ingeniárselas como podían. Se convirtieron en el único responsable de la supervivencia de sus familias. Durante la guerra, ellas fueron las que buscaron beneficios y compensaciones del gobierno, y presionaron a las autoridades para que liberasen de la prisión a sus hijos y esposos detenidos, a través de protestas. La sociedad civil de base que surgió en respuesta a las violaciones de derechos humanos sistemáticas estuvo dominada por mujeres fuertes y valientes.

Cuando los combates y las despiadadas “operaciones de limpieza” se terminaron, los hombres pudieron de nuevo aparecer en público. Su primer instinto fue volver a la “normalidad”, hacer callar a las mujeres que armaban escándalo y ponerlas de nuevo en su lugar. En esto han tenido la ayuda entusiasta, si no obsesiva, del jefe de la República de Chechenia, Ramzan Kadírov. Ha hecho del “renacimiento cultural” de la república – centrado, como ocurren a menudo, en las mujeres – el buque insignia de su política. Su ascenso al poder puede ser fruto de una serie de accidentes, sobre todo el asesinato de su padre en 2004, Akhmed Kadírov. Sin embargo, hoy su permanencia en el poder no tiene parangón en toda Rusia, y sus políticas inconstitucionales en contra de las mujeres no son cuestionadas por nadie. El éxodo masivo de la población no-chechena de Grozny (rusos, armenios, judíos y azeríes) ha contribuido a la aplicación de esta vuelta a la “normalidad” tras la guerra.

Ingushetia

Ingushetia, la pequeña vecina de Chechenia, rural y étnicamente relacionada con ésta, se vio sumida en los efectos de la guerra. Los refugiados se volcaron en esta diminuta república, casi doblando su población autóctona. Con ellos trajeron el caos, los insurgentes y, con éstos, las semillas de una insurgencia extremista local. Ahora, las ciudades de tiendas de campañas con personas desplazadas han desaparecido. Pero durante un tiempo, a finales de la década del 2000, Ingushetia se convirtió en la región más peligrosa del Cáucaso Norte.

Sin embargo, Ingushetia es también un ejemplo modesto y discreto de cómo puede darse la vuelta a las cosas, un proceso al que quizá no se le haya dado suficiente crédito. Con el nuevo presidente, Yunus-Bek Yevkurov, los niveles de violencia han caído en picado. Las muertes entre los agentes de los cuerpos de seguridad y los insurgentes han disminuido con más rapidez que en cualquier otro lugar del Cáucaso Norte. Los funcionarios corruptos han comenzado a perder sus empleos y a ser sometidos a juicio. Aun así, la insurgencia yihadista continúa allí, y mantiene las vidas de las mujeres subyugadas. Una de las activistas más valientes de Ingushetia informa que el nombre que escogió para su organización no menciona la palabra “mujeres” por temor a que una placa con esta palabra en la puerta pudiera exponer a su equipo a las amenazas de los radicales.

Hubo un tiempo, antes de la llegada de Kadírov al poder, en el que existía un consenso entre chechenos e ingushes: las mujeres chechenas tenían más libertad que las de Ingushetia, y la sociedad de Ingushetia era la más conservadora y patriarcal de todo el Cáucaso del Norte. Eso ha cambiado. Así, además de la mentalidad, de la religión, de la miseria y de la guerra, ¿tal vez la política sea un factor tan decisivo como los mencionados a la hora de valorar el estado de las libertades y derechos de las mujeres en la región?

Kabardino-Balkaria

La hermosa república de Kabardino-Balkaria está prosperando en comparación con sus vecinos más disfuncionales del este. Hogar de la cumbre más alta de la cordillera del Cáucaso, el monte Elbrus, alberga diversos balnearios y centros turísticos. Su capital, Nalchik, posee varios manantiales de aguas minerales, históricos hoteles-spa y parques elegantes.

Sin embargo, no ha escapado por completo de la violencia y el abuso que retumba en el Cáucaso Norte. Hay un goteo persistente de la violencia extremista y una respuesta brutal por parte de la policía, aunque sus habitantes se niegan a dejar que el pánico cunda en sus vidas. Gran parte del problema se remonta a octubre de 2005, cuando uno de los peores ataques terroristas en el Cáucaso Norte destruyó la tranquilidad existente.

Aparentemente de la nada, el gobierno de la ciudad y las fuerzas de seguridad fueron atacados por cientos de miembros de una Jamaat local, dejando 142 muertos. Los subsiguientes arrestos y juicios estuvieron plagados de abusos, que iban de la tortura sistemática de los detenidos, a la imposibilidad de encontrar miembros locales para constituir un jurado, a acusados ​amenazando con más violencia ​en la sala del tribunal.
El juicio a 58 acusados ​​aún no ha concluido.

Estos eventos traumáticos han dejado muchas cicatrices en la región. Por un lado, la lucha contra los grupos extremistas violentos ha recurrido a métodos cada vez más sucios. Por otra parte, los extremistas han empezado a acosar a los ciudadanos de a pie, incluso a turistas, por su forma supuestamente anti-islámica de comportarse.

El nombre de Kabardino-Balkaria proviene de sus dos grupos étnicos integrantes, los kabardinos y los balkares. Los kabardinos son más conocidos como los circasianos, que aparecieron en la literatura rusa del siglo XIX y lograron capturar la imaginación romántica del lector occidental.

La región se siente menos “oriental” que Ingushetia, Chechenia o Daguestán, emplazadas a tan solo unas horas en coche. Esto es en parte debido a que la diversidad étnica de la república va más allá de los dos grupos étnicos dominantes: casi un tercio de la población es rusa y una mezcla de otras etnias del Cáucaso. Hasta el 40% de los matrimonios aquí son mixtos. La diferencia se extiende también a la vestimenta de las mujeres, la arquitectura tradicional, las costumbres sociales y el papel que juega la religión en la vida pública.

Cuando los lugareños hablan de las repúblicas más hacia el este, tienden a decir cosas como “tres horas en la carretera, trescientos años atrás en el tiempo”. Las personas procedentes de Chechenia o Ingushetia ven Nalchik como un patio de recreo, un lugar donde pueden soltarse el pelo, donde una mujer puede pasar una noche en un bar sin que nadie levante una ceja.

Las vidas de las mujeres aquí están muy lejos de las duras normas sociales y las restricciones agobiantes que prevalecen en las repúblicas conservadoras del este. Las mujeres de Kabardino-Balkaria trabajan y hacen carrera en todos los ámbitos, incluidos aquellos dominados por los hombres. Viajan por el mundo y disfrutan de los deportes físicos, como saltar en paracaídas en un fin de semana.

Por debajo de esta apariencia superficie relajada, persisten unos estrictos roles de género, a menudo reforzados por el sentimiento de pertenencia a un grupo étnico (“una buena chica kabardina hace esto”, o “una mujer balkaria adecuada hace aquello”).  Las mujeres en Kabardino-Balkaria pueden pasar años en el extranjero para estudiar un doctorado. Pero de vuelta a casa, tienen que vivir con sus padres hasta que se casan. El secuestro de la novia es común, y lo moderna o cosmopolita que sea la víctima no es ninguna protección. Y, por supuesto, el concepto de honor y de la virginidad antes del matrimonio, siguen siendo fundamentales.

Daguestán

Al no ser tan homogénea étnicamente como sus repúblicas vecinas, existe en Daguestán un auténtico crisol de grupos étnicos y lingüísticos que sustentan una prensa y una cultura muy vivas. Este hecho se observa con mayor profundidad en sus centros urbanos, los únicos de la región en los que se siente la sensación de ser auténticas ciudades. En el bullicioso Daguestán, si alguien se adentra en su capital, la ciudad costera de Majachkalá, puede ver cómo las mujeres jóvenes ataviadas en ajustados pantalones vaqueros y con el pelo suelto comparten las calles con compañeras que llevan faldas que llegan al suelo y envuelven sus cabezas en hijabs. Ninguna de ellas echa una mirada de extrañeza a las demás, lo que supone una imagen sorprendentemente diferente al rígido conformismo y las actitudes prejuiciosas que se dan en Chechenia e Ingushetia. Con toda su diversidad urbana, Daguestán, sin embargo, posee también las características de los más remotos pueblos de todo el Cáucaso Norte. Precariamente encaramados en las laderas en forma de terraza de los valles profundos y aislados del resto del mundo durante meses cada año, estos pueblos son el hogar de comunidades tan aisladas que hablan sus propios idiomas. La vida de las mujeres en estos pueblos se rige por conductas arcaicas, construidas alrededor de los roles de género más duros. Y cada año las adolescentes de estos lugares remotos van a la ciudad y acuden a la Universidad, encontrándose de esta manera cautivas entre dos mundos.

En Daguestán, además, la lucha entre los militantes fundamentalistas y las fuerzas de seguridad ha crecido hasta unos inquietantes niveles, con una espantosa violencia diaria y abusos de los derechos humanos. Los militantes no atacan solamente a la policía. Suelen atacar las banyas (o saunas rusas, un eufemismo utilizado para designar a los burdeles) y tiendas que venden alcohol. En el verano de 2011, plantaron minas bajo un zona de la playa utilizada por mujeres para practicar voleyball, y una mujer perdió una pierna tras una explosión.

No hay un lugar en toda la región donde el temor a esta invisible e impredecible violencia y donde la paranoia del tipo “se esconden entre nosotros” sea mayor que en Daguestán. Estas sensaciones son mayores entre la gente a la que se identifica como secular, un término que poca gente fuera de las ciudades de Daguestán, Chechenia e Ingushetia elegiría para describirse a sí mismo. Al igual que en Ingushetia, los activistas por los derechos de la mujer en Daguestán creen que los fundamentalistas son la mayor amenaza para su trabajo.

Este artículo fue publicado en inglés en Open Democracy.

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