Tres de las integrantes del grupo punk femenino Pussy Riot han sido condenadas a dos años de prisión por “gamberrismo motivado por odio religioso”. Esta condena podría ser un castigo ejemplarizante para acallar a voces disidentes.

Si muchos de los países que aspiran al título de “democracia” pasan por una fase de estatismo, cierto es también que algunos regímenes estatistas pueden deformarse durante este proceso hasta desembocar en un autoritarismo mal disimulado. Este parece ser, cada vez más, el caso ruso. Los países autoritarios contemporáneos suelen enmascararse bajo democracias con elecciones y todas las herramientas de legitimación democrática pertinentes y socialmente aceptadas e interiorizadas, pero nunca logran la legitimación real del pueblo – y parece que ni siquiera hacen el esfuerzo de aspirar a ella-. Tienden a controlar tanto los medios de comunicación como la esfera pública para, de este modo, contener a la oposición y todo tipo de manifestaciones incómodas. En el fondo, no importa nada lo que opine el pueblo, siempre y cuando no lo exprese públicamente.

En los últimos meses, en esta batalla de acoso y silenciamiento de toda oposición, el gobierno ruso ha presentado una nueva legislación que trata como “espías” a las ONG que se financien desde el extranjero, que restringe los mítines y establece condenas más duras –penas de cárcel, multas económicas- contra los que participen en protestas no autorizadas. El problema es que cada vez son más esos a los que hay que callar, y que cada vez es más fácil que, gracias a las nuevas tecnologías, pequeños actos tengan un alcance y significación mundial.

Un caso paradigmático en estos últimos meses ha sido el de varias integrantes del grupo ruso Pussy Riot, que lleva desde febrero apareciendo intermitentemente en los medios internacionales y frecuentemente en los rusos. A finales del mes de agosto se hacía público el veredicto que condenaba a dos años de cárcel a María Aliógina, Ekaterina Samutsévich y Nadia Tolokónnikova, miembros del grupo femenino de punk Pussy Riot. Su delito: montar una performance de cuestionable mérito musical, pero altísimo nivel reivindicativo en la catedral ortodoxa de Cristo Salvador de Moscú (que en tiempos soviéticos fue una piscina). Todo comenzó el pasado 21 de febrero, en plena campaña presidencial rusa, cuando cinco integrantes de Pussy Riot, ataviadas con sus reconocibles pasamontañas y vestidos de colores, entraron en la catedral de Cristo Salvador y, en el altar principal, intentaron (1) entonar una plegaria a la Virgen para pedirle que echase a Putin del poder. De este modo, el quinteto pretendía denunciar las cada vez más desvergonzadamente públicas conexiones entre iglesia y Estado, además de protestar por la falsificación de las elecciones parlamentarias de diciembre de 2011. El significado y, sobre todo, la intención política de la acción parecían más que evidentes, pero el fiscal se negó a reconocerlo y alegó que el grupo pretendía parodiar ritos sagrados de la iglesia ortodoxa. El motivo de la condena ha sido gamberrismo motivado por odio religioso. En el alegato final, las tres detenidas hablaron de las conexiones iglesia -Estado, las deficiencias en un sistema educativo en el que, cada vez más, se reprime lo individual, y del sistema político autocrático en el que opresión e intolerancia están a la orden del día. Lamentablemente, estas denuncias no suenan precisamente nuevas; lo único novedoso es el nombre del país y del que lleva el cetro. Hasta el momento, ni las manifestaciones en apoyo de las tres artistas en numerosas ciudades europeas, ni el apoyo explícito de artistas de talla internacional como Paul McCartney, Patty Smith, Madonna o Red Hot Chili Peppers, ni las iniciativas emprendidas por algunas ONGs para su liberación, ni tan siquiera las voces de algunos jerarcas ortodoxos que pedían clemencia para las condenadas, han servido para nada.

Pese a todo, es de suponer que alguien le habrá explicado ya al presidente de la Federación Rusa -y al resto de autoridades y lacayos adyacentes- que en los sistemas pretendidamente democráticos existe la libertad de expresión y el derecho a manifestarse. No sabemos si el apoyo internacional a las Pussy Riot hará reaccionar a las autoridades rusas ante una condena excesiva y ridícula, aunque la verdad es que en los últimos años en la Rusia de Putin hay una cierta tendencia a las condenas ejemplarizantes y a acallar voces “disonantes”, por lo que la esperanza no se ve en el horizonte. Quizá alguien debería acercarse a la oreja del líder y comentarle discretamente que cuando el río suena es que lleva agua, y que las protestas no son ningún vicio…

NOTAS

(1) Decimos “intentaron” porque fueron reducidas rápidamente, y el vídeo que circula por internet es un montaje del pequeño fragmento de apenas 40 segundos que lograron registrar en el que sí incluyen el tema completo

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